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Last Chance (2)
Salí de la cama hacía mi armario, tirando un montón de vestidos que había seleccionado la noche anterior. Cuando decidí que usaría un hermoso vestido rojo que le llegaba por encima de las rodillas. Los diferentes pliegues se entrelazan en la cintura, marcando mi silueta antes de abrirse en una cascada de volantes que danzaban con cada paso.
Majo Enciso Silvera
11 de marzo de 2026
17 min de lectura
Dicen que la primera interacción con el adulto durante la niñez es algo que quedará profundamente arraigado en la personalidad del niño. Supongo que soy así de positiva y puedo sacar el lado bueno de las cosas, aunque no las haya, por mi tía. Es una parte de mi personalidad que me agrada tener y me hace salir siempre bien de muchos de los problemas de la empresa. —Katy.
Me despierto completamente aturdida.
El sueño se disuelve lentamente, como azúcar en agua, pero las imágenes permanecen: estoy en el suelo mirando a otra chica sangrando. Hay una multitud de personas, mucha sangre y una sábana blanca. De pronto, el dolor en mi pecho se hacía cada vez más grande que me llevó a sentarme en la cama y respirar hasta que desapareciera.
Poco a poco, logro levantarme.
Prendo la terma. Mientras el agua se calienta, miro mi reflejo en el espejo. Tengo ojeras muy pesadas. Otra noche más sin poder dormir. Otra noche más muriendo de formas distintas.
Una vez el agua estaba tibia, ingresé a la ducha. Me relaja el chorro caliente de agua antes de ir a trabajar. Cierro los ojos y dejo que el agua lave también los recuerdos, al menos por un rato.
Cuando salgo me siento bien otra vez.
Tomé mis llaves y apagué las luces, dirigiéndome al estacionamiento. Una vez encendí mi auto, coloqué la canción “Big Boy” para que me acompañara durante todo el camino. El ritmo me lleva a cantarlo a todo pulmón como si gritara luego de todo lo que me pasó en la pesadilla. Como si nadie pudiera oírme, era sola yo y la música.
Llegué sin ningún impedimento a mi puesto de trabajo.
Estaciono, subo por el ascensor saludando al de seguridad. Todo normal.
Pero cuando entro a la oficina veo a los nuevos empleados. Ellos son tan inocentes en pensar que esto será un sueño, pero solo las personas más fuertes y resilientes logran quedar en pie ante turbulencias que podría afrontar Star Place.
Entonces me acerqué a uno de mis colegas, más bien, mi amigo desde hace casi cinco años dentro de la empresa. Estaba absorto en su celular.
—¡Oye, Dan! Deja el celular. Cuéntame acerca de los nuevos. ¿Trabajaremos con alguno o también les tengo que hacer un recorrido?
Levantó la vista, sonrió.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso alguno ya te llamó la atención? Deja de ser tan ojo alegre y continúa con el papeleo.
Le lance un codazo directo a las costillas, ante lo cual Dan se quejó por lo bajo, justo cuando el director salió de su oficina. Dan pone cara de inocente. Yo contengo la risa.
— A veces siento que deberían pagarme más por ayudarte y ser tu amigo — murmura, aun frotándose el costado.
Pero ya sin hacer otro comentario sobre los nuevos, porque no quería otro golpe.
—Debes medir tus palabras, estimado amigo. - Bajo la voz, cómplice -. Además, no lo decía por mí, sino por ti. Vi a un chico que era tu tipo. Pero si no quieres que te diga, entonces iré a servirme algo de café.
Dan abre los ojos como platos.
¿Mi tipo?, ¿Dónde?
Yo ya me aleje, riendo por lo bajo.
Me dirigí hacia la cafetera, algo apartada de los demás. Mientras termino de servir, mi celular vibra. Es un mensaje de mi mamá, “Hija, necesito hablar contigo. Es urgente”.
Suspiro pesadamente.
Conozco esa urgencia, otra vez ese tema. Una cita a ciegas, un “chico encantador”, “sólo conócelo, por favor”. Le respondí que, si era por el tema de las citas a ciegas, no insistiera. Pero insiste: “Es algo mucho más importante”.
Me quedo mirando la pantalla pensando en una respuesta adecuada. Mi mamá sabía qué artimañas usar conmigo para lograr su cometido. Pero no tenía ganas de lidiar con otro idiota que quisiera que lo mantenga y le dé hijos, como era la mentalidad de mi madre. Yo voy a cerrar ese círculo.
Escribo: Mamá, llámame a las 5; ahora me encuentro en el trabajo.
Ante mi mensaje, ella respondió con un “Okey”.
Guardo el celular. Me sirvo otro café tomándolo de golpe.
Pasé por los pasillos instalando algunas aplicaciones de citas para hacer pasar a alguien como mi pareja, pero nadie me parecía “el ideal”, hasta que choqué con alguien sin darme cuenta.
El café vuela por los aires y cae directamente sobre las hojas que acabo de imprimir. El líquido marrón empapa los documentos, las gráficas, los números que había estado revisando toda la mañana. Y lo más importante sobre otra persona.
¡Ay,no! - exclamo, y me puse a limpiar como loca, usando servilletas, mi manga, lo que sea- Lo siento, lo siento mucho, no lo hice a propósito, iba distraída por el estúpido celular y yo…
Una mano toma las mías, deteniendo el remolino de emociones que sentía en ese momento.
Tranquila - dice una voz masculina, cálida-. No hay problema. ¿Estás herida?
Levanto la vista.
Recomponiendo mi postura, lo miré: tenía aquellos ojos cafés, al igual que su cabello ruloso en las puntas y una tez clara como la nieve. Su camisa estaba ligeramente abierta en el cuello, pero le resté importancia.
No, no… estoy bien -logré pronunciar.
Le agradecí por ayudarme y me fui a mi asiento, algo avergonzada, encendiendo la computadora. El monitor demora en cargar, dándome tiempo para respirar hondo.
Aún estaba algo nerviosa por el incidente, ya que nunca antes lo había visto. ¿Y si era algún CEO? Mi carrera estaría arruinada, con todo lo que me costó estar aquí sentada.
Pero no me iba a rendir tan fácil.
Tomo mi celular y le escribí a Dan para que me diera información: “Oye, ¿Quién es el chico de la camisa azul? El que parece recién salido de un catálogo”.
Una hora después, recibo su respuesta. Solo por molestarme.
Dan: Es el CEO Leonardo según la descripción que me diste, dicen que no había salido de su oficina desde que empezaron la investigación dentro de la empresa, por culpa de la infidelidad del señor Byron.
Yo: Qué vergüenza, le mache su saco de café… por no responderme, nos despedirá a los dos.
Dan: Pero si yo no hice nada.
Yo: Dije los dos, si caigo te arrastro conmigo.
Dan: Cría cuervos… y te sacarán los ojos. 💔
Ahora sí estaba acabada.
Con la poca dignidad que me queda, compro un cupcake en la máquina expendedora y una botella de agua. Me bebo casi la mitad de un tirón. El líquido frío calmó mis nervios lo suficiente como para tomar una decisión: iría al despacho del CEO, me disculparé formalmente y ofreceré pagar una nueva camisa.
Toqué la puerta con los nudillos temblorosos.
—¿Puedo pasar, señor Leonardo? —temblé al escuchar su voz.
—Adelante.
Empujo la puerta.
El despacho es amplio, luminoso, con ventanales que dan a toda la ciudad. Leonardo está sentado detrás de un escritorio de madera oscura, con el ceño fruncido, apretando su celular mientras mira su ordenador.
Al estar dentro del despacho, dejé el dulce sobre el escritorio. Algunas palabras resonaron dentro de mi cabeza: despido, recorte salarial, sin bono, ¿cómo llegaré hasta fin de mes?
Un libro golpea la madera.
Parpadeo.
—Esto es por lo de hace un rato —dije, deslizando el cupcake hacia su mano—. Espero sea de su agrado.
Por fin levanta la vista. Me mira. Hay algo en sus ojos, un cansancio profundo, que me hace olvidar un momento mi propio nerviosismo.
—No te preocupes. Fue un accidente —murmuró sin mirarme, los dedos deslizándose distraídos sobre la pantalla del móvil.
Carraspeo. Suspiré hondo. La turbulencia que atravesaba la empresa se podía percibir en los ojos del CEO, en su ceño fruncido que lo delataba.
Solo espero que se arregle lo del escándalo - digo, con cuidado.
—¿Tú también lo sabes? ¡No puede ser...! —respondió.
Había algo extrañamente infantil en ese gesto, impropio del heredero del imperio Star Place. Resopló como un niño al que le quitan su caramelo favorito.
—No quiero sonar inoportuna… —titubeé— pero medio mundo lo sabe. Está en las redes. Creo que será difícil limpiar la imagen del CEO Byron.
Leonardo se frotó las sienes, como anticipando el dolor de cabeza que se avecinaba.
—Eso no es lo peor. Las otras empresas y marcas no van a querer colaborar con nosotros por la imagen. Tendremos que relegarlo… o despedirlo.
Rodé los ojos, dejando ver mi fastidio.
—El CEO Byron fue muy descarado —continué—. Ir al concierto con la amante, sin ser cauteloso cuando todas las miradas estaban sobre ellos. Ahora Star Place paga las consecuencias. Porque ella… —mi voz se tensó— iba a ascender a CEO por él.
—Eso es cierto —admitió—, pero ahora me van a poner una sanción por su culpa.
Señalé el cupcake con un gesto.
—Cómaselo primero. Sino se va a estresar y se le va a caer el poco cabello que le queda.
Sonreí ante mi propio comentario. Luego recupero la compostura. Pero él ya ha levantado la vista, y por primera vez en toda la tarde, sus labios esbozan una sonrisa.
—¿Así tratas a tu jefe? —preguntó, y por primera vez sus labios esbozaron una sonrisa.
Mis mejillas se encendieron, pero al ver que él sonreía, decidí seguir el juego.
—Solo a los que sonríen poco.
—Me gusta tu actitud. ¿Cómo te llamas?
Muerde el cupcake. Por primera vez en toda la tarde, la tensión parecía abandonar sus hombros. Mastica con lentitud, saboreando, y por un instante, deja de ser el CEO para ser solo un tipo comiendo un dulce.
—Soy Katy. Para servirle.
Hago una reverencia exagerada, como una princesa de cuento... o una plebeya pidiendo clemencia.
—Es un gusto, Katy. Quizás cuando esto se arregle, podríamos ir al comedor con tu… —hizo un gesto con los dedos— amigo.
—¿Por qué el énfasis?
—Porque siempre estás con él en la oficina. Pensé que eran pareja.
—No, no, no. —Retrocedí un paso—. Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Es gay.
Leonardo se atoró con el cupcake. Le alcancé una servilleta y le di unas palmaditas en la espalda hasta que pudo respirar.
—Bueno… eso explica mucho.
—¿Cómo así? —me alejé un poco, cautelosa—. ¿Usted también lo ve mal?
Algo cambió en su mirada. Por un instante, pareció frágil. Vulnerable.
—No, Katy. No me malinterpretes. No estoy en contra de ellos. Los apoyos… después de todo… —hizo una pausa— soy parte.
No lo pensé. Simplemente lo abracé.
Porque en mi mente vi a Dan, el día que lo encontré llorando en el cuarto de limpieza, con los puños apretados y la camisa arrugada. "No entienden, Katy", me dijo. "Mi familia no quiere ni ver mi cara".
Y entendí que el miedo no entiende de apellidos ni herencias. Leonardo temía lo mismo: que el mundo le dijera que no era suficiente por ser quien era.
—Debería irme —susurré, soltándolo—. Mi mamá y unos papeles me esperan.
—Claro. —Su voz sonó más suave—. Quizás luego podamos hablar. Me gustó esta plática. Hace tiempo que no me reía tanto.
Sonreí desde la puerta.
—El cupcake ayuda. Y relájese… si no se le caerá el cabello, digo.
Su risa me acompañó hasta el pasillo.
Fui a mi escritorio y seguí modificando el tema para el nuevo comercial que mi equipo lanzaría, el cual ya se encontraba casi al final de su revisión. Mi equipo estaba ultimando detalles, y la presentación final era en dos días. Me sumergí en el trabajo, en los números, en las gráficas. El ruido del mundo se apagó.
Una vez terminé, eran casi las siete. Me dirigí rápido a mi casa.
Al llegar, vi en la puerta a mi madre al lado de un joven cercano a mi edad. Los hice entrar, aunque ya estaba algo molesta. Para ser honesta, no le conté a mi mamá que no tenía planeado casarme. Al menos no ahora. Con el problema de la empresa, con mis propias dudas y esas malditas pesadillas que no me dejan dormir.
Preparé infusiones y unos sándwiches. Al sentarme, mi madre me miró con esa sonrisa suya, la de “te tengo una sorpresa”.
Katy, te presento a Daniel, un chico de 27 años. Muy trabajador y con la ilusión de formar una familia.
Daniel me sonríe socarronamente. Yo le devuelvo una sonrisa totalmente falsa.
—No sé qué te habrá dicho mi mamá- digo, con tono de lástima-, pero yo soy infértil y no podría cumplir tu sueño de formar una familia.
Obviamente no lo era; sólo quería que el sujeto se fuera junto a mi madre.
Daniel palidece. Mi madre pone los ojos en blanco. La cena se vuelve incómoda, tensa, un campo de batalla de miradas y silencios.
Luego de una charla pesada, por fin pude tomar un respiro. Cierro la puerta y apoyo la frente contra la madera.
Leí algunos artículos para la próxima estrategia que tenía que desarrollar para una marca. Me despejé tomando un café caliente y escuchando algo de música. Algunos pensamientos venían a mi mente. ¿Cómo hace mi madre para conseguir a tipos tan malos? Daniel era un excompañero de mi equipo que no paraba de molestar a Dan y joderme a mí en el proceso.
—Ojalá poder tener paz... —susurré para mí.
El celular vibra. Es mi madre otra vez. "Hija, podrías haber hablado más". La ignoro. No quiero verla. Últimamente es muy insistente con el tema, y no entiendo por qué.
Decidí salir ante otro ring de mi celular. Opté por pasear un poco, llegando a un parque donde hay niños jugando, parejas sentadas en bancos, un atardecer de postal. Me siento en un banco vacío y cierro los ojos.
Entonces alguien se me acerca. Una señora mayor, con pañuelo en la cabeza y una sonrisa amable, me ofrece un panfleto.
“¿Te sientes perdido? ¿No sabes qué hacer con tu vida?".
Mediante la hipnosis podrás sanar tus heridas de la infancia, enfermedades... y de vidas pasadas.”
Lo leo dos veces. Tres.
Ya había escuchado de eso por mi tía, quien era tarotista y sabía de esas cosas. Una vez hizo una hipnosis, pero me dio miedo seguir. Aunque ahora no tenía nada que perder.
¿Dónde es? -pregunto.
Llegué al auditorio poco tiempo después. Era amplio como un auditorio, olor a incienso en todas partes, me senté al fondo, observando.
En el centro, una camilla. Sobre ella, un hombre. a un sujeto echado en una camilla pequeña mientras la psicóloga lo guiaba. Quedé intrigada, aunque no quería creerlo del todo.
El hombre respiraba profundamente, no podía apartar la mirada. Había algo en él. Algo familiar.
No lograba ver bien el rostro, pero su postura, su forma de moverse incluso en la inmovilidad, me removía algo en el pecho.
Quedé intrigada, veía la oportunidad para ser la próxima para saber si eso era real, pero solo había una sesión con un voluntario, y el hombre de la camilla ya había sido elegido.
Me fui con las ganas.
Durante los siguientes días tuve sueños raros; a veces no podía conciliar el sueño, porque en cada uno moría. Ahogada, apuñalada, quemada. Y siempre, al fondo, una figura masculina que intentaba salvarme y no podía.
Lo peor era que hoy tenía una presentación importante. Y después, la fiesta del compromiso de mi hermana. Era un buen sujeto su prometido, pero no quería ir. Las reuniones familiares siempre terminaban igual: preguntas incómodas, miradas de lástima, mi madre suspirando porque su hija mayor aún no le daba nietos.
Pero luego de las amenazas de mi hermana: "Si no vienes, te mato", accedí a ir a la fuerza.
Esa tarde al salir del trabajo con el Jesús en la boca si mi propuesta iba a ser acertada. Luego de varias noches de no dormir. Tomar mi laptop entre manos dirigiéndome al taxi que acababa de reservar en un aplicativo desde mi celular.
En el trayecto estaba pensando qué vestido ponerme. Hace tiempo no iba a una fiesta y quería dar una buena primera intención. No por los demás, sino por mí.
Como para confirmar mi asistencia, escuché una notificación proveniente de mi celular. Lo prendí y un mensaje de mi hermana se hizo visible en la pantalla: “No te vayas olvidar venir a la fiesta”.
Suspire exhausta. Le respondo con un OK.
Bajando del auto, como aún faltaban como cuatro horas decidí descansar un momento, al menos dormir media hora. Me tiro en la cama y cierro los ojos.
Hasta que me levanté abruptamente por la llamada de mi hermana.
—¡Katy! ¿Dónde estás? ¡La fiesta empieza en una hora!
Miro el reloj. Las ocho. ¡Mierda!
Salí de la cama hacía mi armario, tirando un montón de vestidos que había seleccionado la noche anterior. Cuando decidí que usaría un hermoso vestido rojo que le llegaba por encima de las rodillas. Los diferentes pliegues se entrelazan en la cintura, marcando mi silueta antes de abrirse en una cascada de volantes que danzaban con cada paso. Era el equilibrio perfecto entre la sofisticación y la rebeldía; un atuendo hecho para no pasar desapercibido.
Justo como a Katy le gustaba.
Me visto, me maquillo, me peino. Cuando salgo, soy otra. La Katy de las fiestas, la que sonríe y brilla y se olvida de las pesadillas.
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