Volver al blogTallerista - Grupo online
Las sonrisas del pasillo
Valeria sintió que el mundo se dividía en dos. Por un lado, Leo, su historia, su verdad. Por otro, Clara, su pedestal, su brillo. Si saludaba a Leo, se arriesgaba a perderlo todo.
Sofía Meza
19 de abril de 2026
14 min de lectura
Para Valeria, el instituto nunca había sido un bosque; era un océano vasto y silencioso donde ella era un ser que vivía en el abismo. Vivía en el fondo, cómoda en su oscuridad, protegida por la presión de pasar desapercibida. No era infeliz, simplemente era invisible. O al menos lo fue hasta el día en que Clara llego como un sol hacia las profundidades.
Ocurrió un martes de noviembre. La cafetería estaba ruidosa. Valeria estaba en una esquina, leyendo "Dune" y desmenuzando un sándwich, cuando una sombra —o mejor dicho, un resplandor— se acerco a donde ella estaba.
—Es un buen libro. Aunque un poco… agotador para leer, ¿no?
Valeria levantó la vista y el corazón se le detuvo. Era Clara. Clara, cuyo cabello parecía tener su propio equipo de iluminación personal. A su lado, como lunas satélites, estaban las gemelas; Pierina y Martina.
—Sí, supongo —logró decir Valeria, sintiendo que su voz sonaba extraña, como si no la hubiera usado en años.
Clara no pidió permiso; simplemente apartó el sándwich de Valeria y se sentó enfrente, cruzando las piernas. Paula y Martina ocuparon los lados, cerrando el círculo. El resto de la cafetería pareció congelarse. Las miradas de las otras mesas giraron hacia ellas como polillas hacia la luz.
—Te hemos estado observando, Val —dijo Clara, inclinándose hacia delante. Su perfume de vainilla, inundó el espacio personal de Valeria—. Tienes algo. Una especie de misterio. Pero lo tienes escondido bajo… bueno, bajo esto. —Hizo un gesto vago hacia la sudadera tres tallas más grande de Valeria.
—¿Tengo algo? —repitió Valeria, sin poder creer lo que estaba pasando en ese momento.
—Potencial —sentenció Clara con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos fríos y afilados—. Mucho potencial. Pero necesitas cambiar muchas cosas. Y nosotras somos expertas en eso y te podemos ayudar. Si quieres, claro.
Esa fue su trampa. No fue una orden, fue una invitación que ella no podía rechazar. Y Valeria, que había pasado toda su vida sintiéndose alguien invisible, aceptó con un nudo de emoción y miedo en la garganta. ¿Quién no querría ser la amiga de la chica más brillante del instituto?
*
El proceso fue bastante complicado, el fin de semana comenzó en el centro comercial.
—Ese color te apaga, Val. Eres invierno, no otoño —dijo Paula, arrebatándole una camiseta verde de las manos y lanzándola al montón de "descartados".
—Y ese corte de pelo… es muy de niña pequeña —añadió Martina, toqueteando las puntas abiertas de Valeria con desdén.
Valeria se sentía como una muñeca de trapo en manos de costureras exigentes. Manos ajenas ajustaban su postura "Hombros atrás, Val, que parezca que te importa estar viva", retocaban su maquillaje "Menos sombra, más delineado, que tus ojos son bonitos" y juzgando la textura de su ropa "Nada de poliéster, Val, por favor, ten dignidad".
Lo más difícil no fue cambiar el vestuario, sino cambiar su vocabulario.
—No digas "espectacular", suena muy… intenso —le dijo Clara una tarde mientras le hacían las uñas a Valeria. El olor a acetona la estaba mareando completamente—. Di "está bien" o "me gusta". Y no te rías tan fuerte, Val. Una risa suave, contenida. Como un secreto, no como un cañonazo.
Valeria empezó a brillar, sí. Pero era el brillo de la porcelana: una superficie fría, endurecida al horno tras haber sido lijada hasta perder su textura original. No era su luz, era el reflejo de Clara sobre ella.
*
El primer día que entró al instituto con su "nuevo look", la sensación fue embriagadora. No eran solo las miradas de los chicos, que por primera vez la veían; era el poder de caminar al lado de Clara. La gente se apartaba a su paso. Era como si el aire alrededor de ellas fuera más puro.
Pero el momento más crudo de esta fase de "brillo" ocurrió una semana después. Cuando Valeria caminaba por el pasillo central, riendo la risa contenida que le habían enseñado ante un chiste de Paula, cuando vio a Leo.
Leo, su mejor amigo desde los seis años, el que conocía el final de todos sus libros y cómo le gustaba el café. Él estaba en su taquilla, con una camiseta vieja de Star Wars y el pelo desordenado. Cuando la vio, su cara se iluminó y levantó la mano para saludarla.
—¡Val! ¡Wow, qué…! —empezó a decir, acercándose.
Clara se detuvo. Giró la cabeza lentamente hacia Leo, luego hacia Valeria, con una cara que lo decía todo. Paula y Martina soltaron una risita sofocada.
—¿Quién es ese, Val? —preguntó Clara, con una voz peligrosamente suave.
Valeria sintió que el mundo se dividía en dos. Por un lado, Leo, su historia, su verdad. Por otro, Clara, su pedestal, su brillo. Si saludaba a Leo, se arriesgaba a perderlo todo. A volver a la oscuridad.
El silencio se prolongó un segundo que pareció una eternidad. Valeria miró a Leo, vio la confusión en sus ojos. Vio cómo la mano que había levantado para saludar empezaba a bajar lentamente.
Valeria tragó saliva. Y luego, hizo lo que la porcelana hace cuando es perfecta: se mantuvo fría y estática.
—Nadie —dijo Valeria, girando la cabeza y siguiendo el paso de Clara—. Solo un chico de mi antigua clase de historia.
No miró atrás. Pero sintió cómo una pequeña grieta, invisible a simple vista, acababa de formarse en su superficie pulida. Seguía brillando, sí, pero por dentro, el vacío se había vuelto un poco más profundo.
¿Te gustó este artículo?
Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil