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Vesícula

Yo no recordaba ni entendía nada. Cuando estuve en la habitación empezaron a llegar familiares y amistades, pero yo solo quería ver a mamá. Quería agradecerle, abrazarla, saludarla y decirle que estaba bien.

Thalía Correa
21 de mayo de 2026
6 min de lectura
Recuerdo permanecer en posición fetal para olvidar el terrible dolor que me estaba generando mi vesícula. Enrollarme como un gusano era lo único que me permitía dejar de pensar, y hasta de sentir. No lo sabía entonces, pero en un par de días me abrirían. Mi mamá se encargó de sacarme de casa al tercer día, mientras yo lloraba y gritaba que no aguantaba más el dolor. Ella fue valiente y, como siempre, se ocupó de todo lo importante. Nunca me gustó ningún centro de salud; desde muy pequeña me la pasaba en brazos de mamá mientras ella corría preocupada porque no me bajaba la fiebre. Lo mucho que tuve que haberle pesado… Lo mucho que le sigo pesando. Cuando era niña no encontraba alivio en ningún hospital, y los médicos tampoco tenían una respuesta correcta ni una solución para mi débil condición. Esta vez fue diferente, me hicieron algunos exámenes y me dijeron que tenían que operarme de urgencia. Sentí frío. Ya no había dolor, solo resignación. Me explicaron el procedimiento. Yo no presté mucha atención, solo quería salir de ahí. Aunque todos eran muy amables, yo quería irme. Mamá me ayudó a quitarme todos los piercings que tenía en la cara mientras le preguntaba: —¿Es necesario operarme? —Lo es. Deja de pensar en bobadas, todo va a salir bien. Este es el último piercing, te los guardaré en mi cartera. —Gracias, ma. Me abrazó y luego me besó en la frente. De repente me sentí como de cinco años otra vez. Quise llorar, pero ya venían por mí. La miré con ojos tristes y ella solo me sonrió. —Yo me encargo de todo aquí —fue lo último que le escuché decir. Mientras me llevaban en silla de ruedas, mi angustia crecía. Quería regresar a casa con mamá. Todas las enfermeras me sonreían y hablaban como si me conocieran de toda la vida. Para ese entonces, mi cara ya estaba inexpresiva; mis cejas descansaban y la comisura de mis labios se había relajado hasta convertirse en una gran línea recta. Me pasaron a una camilla y me llevaron al quirófano. Todos estaban tan bromistas que me hacían dudar de lo que estaban haciendo. Al ver que no me reía con ellos, me dijeron que contara hasta veinte. Empecé a hacerlo sin preguntar, y cuando desperté sentí mucho frío. No veía bien y no sabía dónde estaba. Escuché voces y quise llamar su atención, pero no pude. Después de un tiempo se acercaron a mí, me taparon y dijeron que todo había salido bien. Yo no recordaba ni entendía nada. Cuando estuve en la habitación empezaron a llegar familiares y amistades, pero yo solo quería ver a mamá. Quería agradecerle, abrazarla, saludarla y decirle que estaba bien. Pero cuando pregunté por ella, todos me dijeron que estaba trabajando y que volvería en cualquier momento. Les dije a todos que se fueran, que necesitaba estar sola. Empecé a llorar antes de que todos salieran y grité, les dije a todos lo lento e imprudentes que eran. No entendía por qué mamá no estaba a mi lado, desde cuándo dejé de ser su prioridad y en qué momento empecé a competir con su trabajo.

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