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Vicio

Me contó que, debido a que tanto ella como sus hermanas no les gustaba leer, su papá había ideado una curiosa forma para incentivar la lectura entre ellas. Por cada libro que leyesen, él les daría un regalo que ellas eligiesen. Al comienzo escogían libros con pocas páginas y de lectura sencilla, pero luego su papá empezó a exigirles más. Basado en la complejidad del libro, los regalos podían ser más costosos.

Rafael Rojas
06 de mayo de 2026
19 min de lectura
Todo fue por esa chica. El verano que cumplí quince años mis padres, como castigo por encontrar un par de cigarrillos en mi mesa de noche, me obligaron a llevar esas infames vacaciones útiles. «La ociosidad es la madre de todos los vicios» gritó mi mamá mientras cerraba la puerta de mi cuarto. Estuve castigado por días. Mis padres no decidían en qué cursos matricularme. Una tarde, escondido detrás de la puerta escuché su conversación. —El inglés le va a abrir muchas puertas —dijo mi papá. —Oratoria, así deja de ser tan tímido —dijo mi mamá. —Tiene que ir pensando en ingresar a la universidad, así que unos cursos de razonamiento matemático o verbal no le vendrían mal. —¿Teatro? —Eso es para maricas, tiene que hacer algún deporte. —No digas eso, mi primo Diego es actor y mira cómo le va. —¡Ay mujer! ¿es que aún no te has dado cuenta? —¿Guitarra? —Sí, siempre es bueno saber tocar un instrumento. —He escuchado decir que la natación es el deporte más completo. —Ya sé, karate, así aprende la disciplina y a defenderse como un hombre. De lunes a viernes y de mañana a la tarde la pasaba en clases. Odié muchas cosas ese verano: despertarme temprano, estudiar en vacaciones, no ir a la playa, pero lo que más me dolía era ver a mis amigos enamorando a las chicas. Renegaba camino a mis clases, pero no podía hacer nada. Entendí que como cualquier desahuciado frente a una enfermedad terminal, tenía que aceptar mi destino. Una tarde al conversar con un compañero de clase, nos dimos cuenta que en lugar de quejarnos debíamos sacarle provecho a la situación. —Nunca he tenido labia, pero esas técnicas del curso de oratoria me pueden ayudar a meterle floro a cualquier chica —dije. —Lucirte en las fogatas mientras cantas en un perfecto inglés y tocas “Hotel California” en la guitarra —dijo él. —Ya se me van notando los pectorales, esas horas de braceadas van dando sus frutos. Entusiasmado por mi descubrimiento decidí regresar caminando a casa para pensar en mi estrategia. No quería quedarme sin pareja para la fiesta de inicio de clases. Dos de las chicas que me gustaban le estaban haciendo ojitos a un par de chicos del otro colegio así que tenía que hacer algo al respecto. El trayecto me tomaría casi una hora. A mitad de camino, al llegar a una esquina, vi una casa frente a un parque que me resultaba familiar pero que no recordaba de quien era. Mientras trataba de hacer memoria escuché un silbido de esos que haces cuando quieres piropear a alguien. Me reí y seguí de largo, pero al instante escuché mi nombre. Al subir la mirada, la vi en el balcón riéndose. «Espérame que ahorita bajo» dijo. La había conocido años atrás porque su mejor amiga era mi vecina. Cruzamos una que otra palabra mientras jugábamos en el parque o en una que otra fiesta. Ellas estaban en otro colegio. Ese día la pasamos tan bien conversando que, todo ese verano, después de salir de clases iba a su casa. Recuerdo las tardes en su terraza, la música en la radio, los alfajores, los helados de lúcuma y las jarras de limonada que acabábamos en segundos por el calor que hacía. Al principio me ponía nervioso, casi siempre me recibía en el jardín, saliendo de la piscina o tomando sol en ropa de baño. Después de secarse, se ponía un polo que le quedaba muy grande. Siempre llevaba las uñas pintadas, tanto la de las manos como de los pies. Al pasar los días, me resultaba natural verla así, incluso los días más calurosos, nos metimos a la piscina juntos. Siempre estábamos solos en la casa. Sus padres trabajaban hasta muy tarde y su hermana mayor estaba pasando las vacaciones con unos tíos en el extranjero. Me gustó lo cómodo que me sentía con ella. Nos gustaban las mismas cosas: el hard rock, las películas de Woody Allen y el básquet: ambos seguíamos a los Bulls y a Jordan. Un día le pedí usar su teléfono porque se estaba haciendo tarde y no quería preocupar a nadie en mi casa. Me dijo que usara el teléfono del estudio de su papá. Después de colgar no pude dejar de apreciar lo que veía a mi alrededor. Las cuatro paredes tenían libreros que iban de pared a pared y del piso al techo, solo había espacio para la puerta y una pequeña ventana. Recordé a mi abuelo, sentado en su vieja silla de mimbre leyendo todo el día. Para mí él era la persona más culta del mundo. Me gustaba conversar con él. Siempre tenía algo interesante que decir. «Hay tres formas de conquistar a una mujer: bailar es una de ellas, hacerlas reír es otra, pero la inteligencia es la más seductora». «Cualquiera te puede fallar, pero los libros no, ellos siempre serán tus mejores amigos». Trató de inculcarme el amor por la lectura, pero nunca fui constante, me aburría con facilidad. Al ver los libros me llamó la atención algunos títulos que no los había visto ni en la biblioteca del colegio ni en la casa de mi abuelo: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, Música de cañerías, El barco ebrio, Cuentos de amor de locura y de muerte. No escuché cuando a lo lejos me llamaba. —¿Por qué te demoras tanto?, tu helado ya se derritió —dijo. —Nunca he visto tantos libros en un lugar que no fuera una biblioteca o una librería —dije. —Son de mi papá. Si no está trabajando, está leyendo. No ve ni siquiera televisión. Por cierto ¿tú lees? —Sí, claro —mentí. —¿Has leído este libro? —preguntó, y sacó “La ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa. —Por supuesto, es un clásico — volví a mentir. —¡Perfecto! Entonces me vas a ayudar a que me compre esos zapatos que tanto quiero. Sonrió al ver mi cara de desconcierto. Me contó que, debido a que tanto ella como sus hermanas no les gustaba leer, su papá había ideado una curiosa forma para incentivar la lectura entre ellas. Por cada libro que leyesen, él les daría un regalo que ellas eligiesen. Al comienzo escogían libros con pocas páginas y de lectura sencilla, pero luego su papá empezó a exigirles más. Basado en la complejidad del libro, los regalos podían ser más costosos. —Tengo los ojos puestos en unos zapatos preciosos, pero por el precio mi papá me pidió que leyese este libro. Lo empecé, pero no puedo. Son más de trescientas páginas y no paso de dos por día, a ese paso no acabaré nunca y quiero los zapatos para ir a la fiesta de inicio de curso. ¿Tú vas a ir no? —preguntó. —Sí, claro, estoy ahí de cabeza. —Entonces, ¿me ayudas? vamos no seas malito —dijo y me quedó mirando con esos ojos preciosos que tenía. —La verdad que lo leí hace tiempo así que tendría que releerlo para acordarme. —Hagamos una cosa, llévate el libro y cada tarde que vienes me vas contando. Y así fue como leí ese libro. Al principio pensé que no lo terminaría, pero la historia me atrapó desde la primera línea: Cuatro —dijo el Jaguar. Aquel verano mientras estaba camino o de regreso de mis clases, pensaba en el Esclavo, el Poeta y el Jaguar; cuando mis amigos jugaban a la pelota en la calle, me imaginaba qué pasaría con el Serrano Cava, el Rulo, el Boa o que haría el teniente Gamboa. Mientras todos dormían en mi casa, iluminado por una precaria lámpara, me enternecía con Teresa y entraba a ese mundo sórdido de la Pies Dorados y Paulino. Sentía el frío del amanecer en el colegio Leoncio Prado y empecé a cuestionar a la sociedad en que vivía, a la corrupción, al autoritarismo, sentí la represión y las diferencias sociales. Esa novela hizo que me limpiara las legañas de los ojos y viese al mundo de una manera distinta. No lo sabía aún pero mi vida no sería la misma después de eso. Ese verano mis padres querían alejarme de los vicios, lo que no sabían es que me estaban metiendo en uno, uno que me acompaña hasta hoy. * Fui solo a la fiesta. Por fin me había armado de valor e iba a confesarle lo que sentía por ella. Un amigo me recibió en la puerta y me dijo que todos estaban en el jardín cerca de la piscina. Mientras cruzábamos la sala la iba buscando. Había rostros familiares, no solo de mi colegio sino también de los otros. Me llamó la atención ver que en tan solo tres meses muchas de las chicas habían cambiado mucho, estaban más altas, bonitas y desarrolladas. Aunque mi cabeza estaba solo en ella. Saludé a mis amigos, a muchos de ellos no los había visto en todo el verano. Me alcanzaron un cigarrillo y un vaso que en lugar de ser un Cuba Libre parecía ron apenas teñido de coca-cola. «Es para entonarnos» dijo uno de ellos. Mi ansiedad se acrecentaba, me sabía el discurso de memoria, me lo repetí varias veces camino a la fiesta. «¿Es que acaso no va a venir? la última vez que hablamos me juró que lo haría» pensé. Al preguntar por amigos y amigas en común que aún no habían llegado deslicé su nombre haciéndome el desentendido. Alguien dijo que la había visto por ahí y la señaló. Ella al verme levantó el brazo saludándome con una sonrisa de oreja a oreja. Vino corriendo hacia mí. Después de darme un fuerte abrazo y un largo beso en la mejilla, señaló con sus índices al suelo y me mostró los zapatos nuevos que tenía. —¡Me los compré! ¿te gustan? —Sí, están bonitos. —¡Todo gracias a ti, te adoro! —¿Crees que podamos hablar un rato a solas? —Sí, claro, pero antes te quiero presentar a alguien muy especial. En ese momento me di cuenta de que había un chico al lado de ella tomándole la mano.

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