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Una segunda oportunidad

No estaba en la habitación del asilo, reconocí casi de inmediato el lugar. Era mi propio cuarto hace casi 40 años atrás. Miré mis manos, no tenían arrugas ni lunares por la edad. Me levanté rápido, el cuerpo no me pesaba ni los huesos me dolían. Me miré al espejo, mi rostro estaba casi impoluto de rasgos de vejez, mi cara se veía como cuando tenía 35 años.

Nicole Ayala
16 de setiembre de 2026
9 min de lectura
Desperté, era una mañana soleada. No estaba en la habitación del asilo, reconocí casi de inmediato el lugar. Era mi propio cuarto hace casi 40 años atrás. Miré mis manos, no tenían arrugas ni lunares por la edad. Me levanté rápido, el cuerpo no me pesaba ni los huesos me dolían. Me miré al espejo, mi rostro estaba casi impoluto de rasgos de vejez, mi cara se veía como cuando tenía 35 años. He escuchado muchas veces que “uno siempre vuelve a donde fue feliz” ¿Pero así? ¿Era posible volver al pasado? Parecía un sueño, aunque se sentía tan real; y si es que lo era, no quería despertar. Escuché abrirse una puerta, mi esposo salió del baño. Joven y guapo. La última imagen que tenía de él se veía tan diferente, fue en el hospital hace 10 años, moribundo por esa maldita enfermedad que no quiero ni nombrar, viejo y triste. Sus ojitos reflejaban culpa por sentir que me abandonaba. Nunca los pude olvidar. Volví a mi extraño y precioso presente e inevitablemente, me abalancé a sus brazos. En 70 años, nunca había abrazado tan fuerte. Se quedó un poco absorto. Le dije que había tenido una pesadilla. Fui rápidamente al cuarto de mi hijo, caí de rodillas al verlo dormido, tan pequeño y tan mío. Me quedé viéndolo unos pocos minutos hasta que empecé a acariciarle los cabellos. Se despertó casi de inmediato. -Mamá, ¿tan temprano iremos a ver a los abuelos? Pensé “mis padres, ellos aún están vivos”. Mis ojos ya llorosos, derramaron 2 lágrimas de la felicidad que me producía la idea de volver a verlos. -Sí, mi amor. Alístate ya. Le di un beso en la frente y fui a preparar el desayuno para los 2 hombres de mi vida. Yo sabía lo que tenía que hacer para que la historia no se repita. Solo eran 2 cosas: 1.Que mi esposo se haga exámenes completos cada año para detectar la enfermedad en estado inicial y combatirla. 2.Cambiar de colegio a mi hijo, salvarlo de aquellas malas amistades que, años más tarde, lo condujeron a las drogas. Yo no sabía si mañana despertaría en mi antigua y preciosa realidad o en el asilo. Conversé con mi esposo y le encargué ambas cosas. Se le hicieron extrañas mis peticiones, además notó la preocupación en mi tono. Le dije que algún día le explicaría pero que debía prometerme que lo haría. Y así lo hizo. Fuimos a casa de mis padres, mi esposo conducía, yo era su copiloto y mi hijo iba atrás. Hablé y pregunté mucho esta mañana, quería saberlo todo, porque mi mente de anciana ya no recordaba esos detalles. En el camino, paramos a comprar flores para mi madre y el postre favorito de mi padre. Llegamos al destino. Mi mamá salió a recibirnos con un abrazo y casi como un pequeño reclamo dijo: los hemos extrañado. Me quedé pensando por breves segundos en que pasaba poco tiempo con ellos ya que priorizaba mi trabajo y mi familia. Le respondí, sintiendo un nudo en la garganta, que también los había extrañado mucho. Esa mañana mi mamá y yo preparamos el almuerzo. Ella tuvo la gran idea de deleitarnos con un lomo saltado, uno de sus mejores platillos y, definitivamente, mi favorito desde que era niña. Conversábamos de todo y nos reíamos. Por otro lado, mi esposo ayudaba a mi padre a arreglar unas cosas de la casa. Serví el almuerzo y mi mamá llamó a todos a la mesa. Mientras comíamos, papá contaba de manera graciosa todas las veces que mi mamá, en su juventud, lo hacía sufrir con sus rechazos. Mi mamá se defendía dándole palmadas en el brazo pidiendo que no le haga quedar tan mal en sus historias. Nos reíamos todos, miré cada rostro como buscando grabar una foto de memoria. Tenía a las personas que más amaba en la misma mesa. No recordaba hace cuántos años había sido la última vez. Me sentí inmensamente feliz. Al despedirnos por la tarde, le di largos abrazos a mis padres. Llegamos a casa, junto con mi esposo preparamos la cena. Vimos una película en familia. Le conté un cuento a mi hijo antes de dormir. Después, me dirigí a mi habitación para buscar los labios y los fuertes brazos de mi esposo, hicimos el amor con pasión y más de un “te amo” durante el acto. Se quedó dormido abrazándome. Sentí pavor, no quería dormir y perder esto. Pero sabía que, inevitablemente, lo que tenga que pasar, pasaría. Al despertar al día siguiente, no estaba en el asilo, estaba en mi casa, mi esposo durmiendo a mi lado. Tenía 10 años más que cuando lo vi en el hospital, pero ahora se veía menos viejo. Recorrí mi casa, vi en el calendario que había marcado que este día recibiríamos visita de mis nietos. Me embargó una enorme felicidad saber que, en esta vida, mi hijo había formado una familia y no estaba preso. Por fin, en esta realidad, era feliz.

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