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Una despedida
Mientras todos celebraban, yo observaba el patio de la escuela, pensando en lo mucho que iba a extrañar el patio, las risas y buenos momentos.
Thalía Correa
25 de junio de 2026
7 min de lectura
—¿Me quieres?
—Claro que te quiero, Carolina. Eres mi mejor amiga.
—Me estás friendzoneando, Miguel. Hace una semana te entregué la carta explicándote lo que siento por ti y no me has dicho nada; solo te has vuelto distante.
—Lo sé, pero no es fácil, Caro. Somos amigos desde primaria…
—Entiendo.
—No te pongas así, Caro. Dame tiempo, ¿sí?
—Pero tienes que darme una respuesta antes de que acabe el año escolar.
Me había esforzado en escribir aquella carta. Había sido sincera y valiente, y a él parecía no importarle. Ahora se hacía el loco y evitaba quedarse a solas conmigo.
Éramos mejores amigos desde muy pequeños y nunca había sentido nada más que amistad por él, hasta el momento en que vi a Priscila acercarse a Miguel de forma coqueta para preguntarle si tenía planes para el sábado. Mi corazón sintió una mezcla de vacío y mi cerebro no dejaba de hacerse preguntas. Lo saludé y le pregunté qué pasaba, pero me dijo que me fuera sola a casa porque ese día tenía práctica de fútbol.
Desde ese viernes empecé a escribir la carta en la que trataba de explicar mis sentimientos por Miguel, y cada vez me daba más cuenta de que no eran solo celos de amiga. Después de todo, él y yo habíamos compartido demasiados recreos, cumpleaños y castigos. Teníamos 16 años y no podía imaginar un solo día sin hablar con él.
Las semanas pasaron y Miguel se volvió cada vez más distante, sin darme ninguna respuesta. Ya no me esperaba a la salida de clases ni me enviaba mensajes por las noches. Cuando hablábamos, siempre encontraba una excusa para irse.
Entonces llegó octubre. Una tarde, mientras guardaba mis cuadernos, escuché a dos compañeros hablar.
—¿Supiste que Miguel está saliendo con Priscila?
Sentí un nudo en el estómago. Las lágrimas se empujaban como si estuvieran en una carrera, mientras yo hacía todo lo posible por retenerlas.
No esperé a escuchar más. Corrí hasta las canchas de fútbol. Necesitaba hablar con Miguel.
—¿Es verdad? —pregunté.
Él levantó la mirada y, por la expresión de su rostro, pude saberlo. Aun así, necesitaba escucharlo de él.
—Carolina…
—¿Es verdad o no?
Miguel soltó un largo suspiro.
—Sí.
El silencio fue tan largo que pude sentir cómo nos convertíamos en desconocidos.
—Entonces, esa es tu respuesta. No necesitas más tiempo.
—No quería lastimarte.
—Gracias por no querer.
Por primera vez en muchos años no supe qué decirle. Y tampoco él.
Esa noche lloré hasta quedarme dormida. No solo estaba perdiendo al chico que me gustaba, también estaba perdiendo a mi mejor amigo.
Los meses siguientes fueron difíciles. Dejamos de hablar casi por completo. Miguel y Priscila duraron poco, pero ni siquiera el fin de su fugaz relación fue suficiente para recuperar nuestra amistad.
Llegó diciembre y, con él, la ceremonia de graduación.
Mientras todos celebraban, yo observaba el patio de la escuela, pensando en lo mucho que iba a extrañar el patio, las risas y buenos momentos.
—¿Puedo sentarme? —escuché detrás de mí.
Era Miguel.
Asentí.
Nos quedamos en silencio durante unos segundos.
—Lo siento —dijo- Debí haberte respondido desde el principio.
—Sí, debiste hacerlo.
—Tenía miedo de perderte.
—Igual lo hiciste, pero no pasa nada.
Miguel bajó la mirada.
Cuando anunciaron nuestros nombres para recibir los diplomas, nos levantamos.
—Adiós, Miguel.
—Adiós, Caro. Te quiero.
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