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Sobremesa

Estábamos en el albergue, preparando la cena, cuando se escuchó el grito de una de las niñas. Todas salimos a ver de qué se trataba y cuando nos acercamos a los botes de basura, escuchamos el llanto del bebé. Estaba dentro de una bolsa de plástico, aún tenía el cordón umbilical.

Rafael Rojas
07 de abril de 2026
9 min de lectura
No tenía muchas ganas de ir. Lo hice solo porque mi papá me lo pidió y a él nunca puedo decirle que no. Me sigue sorprendiendo que no sea capaz de ver, o quizás aceptar, que su familia complicada, disfuncional. Calculé que mi acto de presencia podría ser de una media hora, luego vería la forma de escabullirme. Saludé y tuve conversaciones con primos, tíos y gente a la que no había visto en años. Cada vez que sentía que perdía la paciencia, me disculpaba diciendo que necesitaba ir al baño o llenar mi copa. Fue ahí que la vi. Estaba sentada sola en la mesa de la cocina. Tardé unos minutos reconocerla. Era la tía favorita de mi papá. Estaba más viejita de lo que la recordaba, vi algo en ella que hizo que me acercara. Me saludó con cariño, me sorprendió que se acordara de mí y de mi familia. Después de hablar un par de minutos pregunté por su esposo. «Falleció hace un par de meses» dijo. Me sentí mal. Lo había olvidado. Después de darle el pésame nos quedamos en silencio. «¿Sabes qué fue lo último que dijo en vida?» me preguntó. «Hay que darles la comida a los caballos» dijo. Ambos nos reímos. No me sorprendió, él era la clase de hombre que se preocupaba por los demás. En eso recordé un artículo que acababa de leer en una revista en el avión, sobre las últimas palabras de gente famosa y se lo comenté. «Yo preferiría saber cuál fue la primera palabra que dijeron esas personas, sería más interesante» dijo. «Eso es fácil» dije «Debe ser Mamá o Papá». «No necesariamente» dijo y empezó su relato. Estábamos en el albergue, preparando la cena, cuando se escuchó el grito de una de las niñas. Todas salimos a ver de qué se trataba y cuando nos acercamos a los botes de basura, escuchamos el llanto del bebé. Estaba dentro de una bolsa de plástico, aún tenía el cordón umbilical. El llanto era uno de desesperación. En mi vida he escuchado a miles de bebés llorar, pero nunca escuché un llanto como ese. Aún ahora, cuando lo recuerdo, se me pone la piel de gallina. Entre todas lo llevamos al hospital más cercano. El pronóstico del doctor no era alentador: sin un sistema inmunológico desarrollado y habiendo estado expuesto a todas esas inmundicias, lo único que esperábamos era un milagro. El bebé se aferró a la vida como un guerrero. Fue Mónica —una de las más jóvenes del grupo— quien movió cielo y tierra para ayudarlo. En el hospital público, al no tener a nadie que pudiera garantizar los gastos, no le daban la prioridad necesaria. Ella pidió que lo transfirieran a una clínica privada. Todas les dijimos que era una locura, que iba a costar una fortuna, pero ella no dio su brazo a torcer. Cuando el bebé se recuperó, empezamos a buscarle un hogar adoptivo. Ella iba a verlo todos los días. Se quedaba a cuidarlo por horas, a veces con sus dos pequeños hijos, porque no tenía con quién dejarlos. Al cabo de unos meses, me llevé la sorpresa de que había empezado los trámites para adoptarlo. Cuando le pregunté si estaba segura me dijo que no podía dejarlo solo. «Es una locura, lo sé, pero no puedo abandonarlo. Ya lo hicieron una vez, no permitiré que lo hagan de nuevo» dijo. Después de dos años, cuando la adopción fue aprobada, organizó una fiesta en su casa. Fue un domingo por la tarde. Estábamos haciendo la sobremesa cuando Mónica trajo lo que aún considero el mejor pastel de manzana que he probado en mi vida. Se disponía a cortarlo cuando el mayor de sus hijos empezó a gritar desesperado que le sirvieran primero. Antes de entregárselo lo miró y dijo: «¿Qué se dice?». Llevaban meses enseñándole a que dijera por favor y gracias, repitiéndoselo hasta el cansancio, pero no aprendía. Mónica le advirtió que, si no lo decía, no le daría nada. Estábamos todos callados esperando a que él dijera por favor, cuando escuchamos la voz de alguien que, hasta ese momento, no había pronunciado palabra alguna. «Su primera palabra fue Gracias y se lo dijo mirando a su mamá. A aquella persona que le salvó la vida» dijo, mientras terminaba su copa de vino. «Nadie me lo cree cuando se lo cuento. Tú sí me crees, ¿no?» preguntó. Me quedé sin palabras. Alcé el vaso de whisky y lo vacié de un trago, sin apartar los ojos de ella.

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