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Perro viejo

Rocky levantó la cabeza y enseguida se recostó junto a él. Coco estaba devastado, pues sabía lo que tenía que hacer, aunque no tenía valor para hacerlo. Su esposa había insistido durante mucho tiempo en que Rocky era un perro viejo y que deberían dormirlo o botarlo porque podría tener enfermedades que afectarían a los niños.

Anthony Espejo Gilapa
20 de agosto de 2026
17 min de lectura
—Radio Shulcahuanca informa. Son las seis y quince de la mañana. Se pronostican fuertes lluvias y bajas temperaturas durante toda la semana. En otras noticias, pobladores de las comunidades cercanas denuncian que los ríos continúan siendo contaminados por la minería ilegal, poniendo en riesgo la salud, la flora y la fauna de la provincia... —¡Apaga esa bendita radio! La voz de Lisa atravesó la cocina. Coco bajó un poco el volumen. —He dicho que la apagues, no que bajes el volumen. ¿En qué idioma te hablo? Coco sonrió. Le faltaban dos dientes adelante y algunos más atrás. Cada vez que alguien se lo hacía notar repetía lo mismo: “No importa si falta un diente o dos. Mientras pueda masticar, estamos bien.” Así era Coco. Un hombre bonachón, de tez cobriza, barriga pronunciada y camisas que parecían haber vivido más que algunos de sus vecinos. Nadie que lo viera caminando por la plaza imaginaría que era dueño de cabezas de ganado, de fundos, terrenos y algunos departamentos que alquilaba. A pesar de tener trabajadores, Coco acostumbraba ensuciarse las botas atendiendo personalmente a sus animales. Lisa se quejaba de eso también. —Tienes plata y te vistes como pobre, tienes empleados y haces las cosas que ellos deberían hacer, además no eres capaz de cuidar tu imagen. —Es que así pasamos desapercibidos y no vendría tu familia a pedir dinero prestado. Bromeaba siempre el señor Coco y volvió a subir el volumen. —¡Coco! Esta vez sí apagó la radio. En la casa de los Sandoval Jara las mañanas comenzaban casi siempre de la misma manera: Lisa renegando, Coco haciéndose el sordo y sus tres hijos peleándose por alguna cosa que antes de las siete parecía tener una importancia extraordinaria. Rebeca tenía trece años y cuidaba su ropa como si cada prenda fuera única en el mundo. Carlos hablaba poco, vestía casi siempre de negro y prefería la compañía del perro a la de muchas personas. Benjamín, el menor, todavía no había descubierto que existían cosas que podían romperse. Mucho menos perros. —¡Benjamín, bájate de ahí! El niño atravesó el patio montado sobre Rocky. —¡Arre, Rocky! ¡Arre! El perro avanzó tres pasos y se detuvo. Ya no estaba para esos trotes. Tenía catorce años, que en un perro son edad suficiente para la jubilación. Sus ojos grandes amanecían cubiertos de lagañas y sus pupilas habían adquirido un extraño tono rojizo. Le faltaban algunos dientes y en ese sentido se parecía mucho a su dueño. Coco decía que por eso se entendían tan bien. —Somos unos viejos sobreviviendo juntos —dijo en voz alta al ver que Rocky lo miraba como esperando que lo ayudara a escapar del pequeño Benjamín. —Tú también deberías dormir afuera —respondía Lisa. Rocky movía la cola. No sabía si lo estaban defendiendo o insultando, pero escuchar la voz de Coco siempre era motivo suficiente para moverla. Había llegado a la casa catorce años atrás, cuando todavía cabía debajo del brazo de su dueño. Nadie recordaba exactamente de dónde lo había sacado. Coco sostenía que lo encontró abandonado. Lisa aseguraba que seguramente el perro había estado perfectamente bien hasta que Coco decidió robarlo. Lo cierto era que Rocky se quedó. Y después hizo lo que hacen algunos perros cuando se quedan demasiado tiempo en una familia: dejó de ser una mascota. Se convirtió en parte de los muebles, de los horarios, de los sonidos de la casa. Sabía cuándo regresaban los niños del colegio. Reconocía el motor de la camioneta de Coco antes de que doblara la esquina. Sabía quién podía cruzar el portón y quién debía pensarlo dos veces. Con los de casa era paciente. Con los extraños, no. Y cuando los Sandoval Jara viajaban, Rocky se quedaba. Siempre se quedaba. Coco podía desaparecer una semana por negocios o Lisa convencerlo de pasar unos días fuera con los muchachos. Cerraban las ventanas, aseguraban las puertas, dejaban comida suficiente y entregaban una llave al vecino. Rocky hacía el resto. Siempre había cuidado la casa y nunca habían sufrido ningún robo. Quizá por eso Coco decía que aquella casa no era completamente suya. —La mitad es del perro. —Entonces que el perro pague los impuestos y limpie todo lo que ensucia —contestaba Lisa. Un fin de semana, durante el almuerzo, mientras terminaban de organizar el viaje del día siguiente, la bendita radio sonaba. —Radio Shulcahuanca informa. Debido a las fuertes lluvias habrá corte de agua durante dos días, se recomienda a la población tomar sus precauciones. En otras noticias, el teatro Ciro Alegría juntará a los mejores exponentes de la provincia Sánchez Carrión, la entrada será gratui… —¡Coco! —Estoy escuchando. —Mañana tenemos que salir temprano. —Ya sé. —Entonces deja la radio y revisa los pasajes. Rebeca encontró pelos de Rocky en su ropa: —¡Mamá! ¡Otra vez este perro! Carlos, sin levantar la mirada: —No es este perro. Se llama Rocky. —¿Por qué defiendes a ese animal? ¿Acaso a ti te gusta que defeque todos los días en tu cuarto? No. De hecho, orina y caga en todos lados. —¡Esa boca, niña! Respeta la mesa. Alzó la voz Coco, con una mirada de advertencia. —Coco, ya estoy cansada de limpiar los desastres de tu perro, ya está viejo, deberías dormirlo para que no sufra. —¡No, mamá! Exclamó Carlos. —Viejos estamos nosotros. Déjalo tranquilo. ¿O sea que cuando sea más viejo también me vas a botar? Rocky no solo es una mascota, es un miembro más de este hogar, ha cuidado la casa y a nuestra familia. Así que no vuelvas a insinuar eso —dijo en voz alta Coco, mientras Rocky se sentaba a su lado porque sabía perfectamente quién dejaba caer carne accidentalmente. —Entonces haz algo con ese perro. Y apúrate comiendo, que tenemos que alistar las cosas para viajar mañana temprano a visitar a mi madre. Habían comprado cinco boletos para Santiago de Chuco. De allí era la familia de la señora Lisa. Las maletas quedaron preparadas esa noche. Rebeca había escogido demasiada ropa. Carlos llevaba apenas una mochila. Benjamín había escondido dos juguetes entre las cosas de su madre. Rocky olfateó las maletas. Conocía aquel ritual. Maletas significaban despedida. Rocky cuidaría la casa como siempre, esperaría en la puerta la llegada de su familia, mientras defendería la casa de todos. Caminó hasta Coco y se echó junto a sus pies. —Tú te quedas cuidando la casa, viejo. Coco le acarició la cabeza. Rocky cerró los ojos por cansancio o por sentirse seguro al lado de su amo. Lo que nadie supo explicar fue lo que pasó la mañana siguiente. En el patio se escuchó un grito muy fuerte. Era Benjamín, tendido en el suelo y cubierto de sangre. A un metro de él yacía Rocky, moviéndose de un lado a otro. —¡Coco! Lo que siguió ocurrió demasiado rápido. La carrera hasta el centro de salud, los gritos, el médico, la cara de Benjamín, las preguntas, la espera. El viaje dejó de existir. Nadie se acordó de las maletas. Aquella tarde regresaron a casa sin el niño. Debía permanecer bajo observación. Rocky estaba en la puerta como siempre, cuidando la casa y esperando a su familia. Cuando vio entrar la camioneta y bajar a su dueño, movió la cola. Lisa no quiso mirarlo. —Te dije muchas veces que ese perro es viejo, ya no puede ni reconocer a su dueño. Coco permaneció en silencio. —Pudo matarlo. Ahora nuestro hijo se quedó marcado de por vida por culpa de tu maldito perro. —Nunca había hecho algo así. —Lo hizo hoy. Coco miró al perro. Rocky lo miraba también mientras movía la cola. —Está viejo, Coco. Ya no reconoce. —Me reconoce a mí. —¿Y mañana? Coco no respondió. Rocky caminó hacia él. La cola seguía moviéndose. Al caer la tarde, Coco tomó una decisión que durante catorce años creyó que nunca tendría que tomar. Lo llamó desde el patio. —Ven, viejo. Rocky levantó la cabeza y enseguida se recostó junto a él. Coco estaba devastado, pues sabía lo que tenía que hacer, aunque no tenía valor para hacerlo. Su esposa había insistido durante mucho tiempo en que Rocky era un perro viejo y que deberían dormirlo o botarlo porque podría tener enfermedades que afectarían a los niños. Caminó hacia el carro y sacó una jeringa. Su corazón latía muy rápido. Mientras acariciaba a Rocky, pronunció: —Perdóname, viejo. Rocky movió la cola. Coco había inyectado animales cientos de veces. Había atendido vacas enfermas, curado heridas y ayudado a parir a más de una res en mitad de la madrugada. Coco tuvo que intentarlo dos veces antes de encontrar dónde pinchar. Las manos le temblaban. Rocky movió la cola. Rocky ni siquiera se apartó. Siguió mirando a Coco mientras él le acariciaba detrás de las orejas, como había hecho durante catorce años, y poco a poco dejó de mover la cola. Por la noche, Lisa recogió el plato vacío de Rocky. En la cocina estaban Coco y sus dos hijos. Nadie hablaba. Lisa dejó el plato sobre el lavadero. Miró a su esposo. Y encendió la radio. —Radio Shulcahuanca informa. El evento cultural fue todo un éxito, y se programa una nueva fecha. Coco sirvió las tazas de café. Lisa se sentó. —En otras noticias, lamentamos informar que el vehículo de pasajeros que partió esta mañana con dirección a Santiago de Chuco sufrió un grave accidente tras despistarse y caer por una pendiente. Las autoridades han confirmado que no se registran sobrevivientes.

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