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Perfume

Las amigas de ella lo adoraban. Físicamente, no era mal parecido, pero lo que más les gustaba era su forma de ser. No solo era educado e inteligente, sino que también cuidaba mucho su apariencia y todo el tiempo las hacía reír con algún comentario sarcástico.

Rafael Rojas
25 de junio de 2026
9 min de lectura
Se acercaba el cumpleaños de su enamorada —la primera relación formal que tuvo— y no sabía que regalarle. Quería darle algo especial, sin caer en esos lugares comunes como los ositos de peluche, las cajitas musicales o bisutería. Pensó en algo original, tipo onda retro: grabarle en un casete sus canciones favoritas y regalárselo junto a un walkman. Lamentablemente la logística, en la época digital, se lo impidió. Cuando estaba por tirar la toalla, pasó por el cuarto de su hermana. Le pareció una buena idea ver los regalos que le habían dado sus pretendientes —que no habían sido pocos—. Los guardaba en un baúl al borde de su cama. Había muchos y de todo tipo. Por un momento se olvidó que estaba invadiendo su privacidad. Evitó leer las cartas y las tarjetas de cumpleaños. Nada lo convenció. Estaba por cerrarlo cuando vio una caja de perfume. La botella estaba vacía. Le gustó el color, pero sobre todo el diseño. Le pareció a su vez elegante y moderno. No conocía la marca, ni sabía cuánto le costaría, pero supo que ese era el regalo. La había conocido en la fiesta de ingreso a la universidad, cuando ambos eran cachimbos. Él en ingeniería y ella en arquitectura. Al conversar se dieron cuenta que tenían varios amigos en común. Algunos del colegio, otros del barrio. A él le sorprendió no haberla visto antes. Ella —tiempo después, cuando ya estaban juntos— le confesó que si se habían conocido. «Fue en la fiesta de pre-prom, en la casa de Javier en Punta Hermosa. No creo que te acuerdes porque tú y todos tus amigos estaban babeando por Machi, la rubia de tetas grandes de mi colegio». Él fingió no acordarse, pero el sonrojarse lo delató. Empezaron a salir como jugando, sin muchas expectativas. El tiempo hizo que se enamoraran. Cuadraron sus horarios para llevar clases los mismos días y tener las mismas pausas para almorzar juntos. Caminaban tomados de la mano y, poco a poco, los fueron conociendo en todas las facultades. Eran, podría decirse, la parejita de la universidad. Las amigas de ella lo adoraban. Físicamente, no era mal parecido, pero lo que más les gustaba era su forma de ser. No solo era educado e inteligente, sino que también cuidaba mucho su apariencia y todo el tiempo las hacía reír con algún comentario sarcástico. Los amigos de él, por otro lado, la querían porque ella siempre estaba dispuesta a presentarles a sus amigas. La facultad de ingeniería se caracterizaba por tener un alumnado femenino casi inexistente. A ella, no le importaba, es más, le entusiasmaba hacerlo. Era una especie de celestina porque en el fondo deseaba que todos tengan una relación tan perfecta como la que ella tenía. A veces sus amigos lo molestaban con eso de: «la enamorada del estudiante no es la esposa del ingeniero» pero a él no parecía importarle. Incluso bromeaba diciendo que ya había empezado a ahorrar para comprar el anillo de compromiso. Ella fue la primera chica a la que él le dijo «te amo» sin esperar nada a cambio y a ella no le tomó mucho tiempo decidir que él sería el primero en su vida. Esa noche festejaron su cumpleaños en una fiesta en el balneario donde sus familias solían pasar el verano. En la casa no cabía un alfiler. Había mucha comida, pero sobre todo licor, a pesar de que la gran mayoría de los invitados recién acababan de cumplir la mayoría de edad. Ella, que no solía beber, aceptó probar el screwdriver —que eventualmente se volvió su trago preferido— y bebió más de uno esa noche. Cuando su papá la retaba ella le respondía «¡Es solo jugo de naranja papi, no seas espeso!» A la medianoche apagaron las luces y le cantaron el “Feliz cumpleaños”. Antes de soplar las velas, alguien gritó «No olvides de pedir un deseo» Ella sonrió y luego de verlo pensó: No hay necesidad, está aquí a mi lado. La caja del perfume leía Allure par Chanel. A ella le encantó su regalo, se lo puso en ese mismo instante. Sus amigas elogiaron su buen gusto y la suerte de tenerlo como enamorado. Sus amigos lo jodían diciéndole «te luciste campeón, espero que esta noche afloje». Cuando la fiesta estaba en todo su apogeo, ella le pidió que la acompañe a traer unas cosas para picar. Le extrañó que en lugar de dirigirse a la cocina fueran a una de las habitaciones para invitados. Pensó que como no había más espacio, habían guardado las cosas ahí. Después de entrar y, sin encender la luz, ella se abalanzó sobre él y empezó a besarlo. A él le sorprendió ese gesto tan espontáneo y alocado en alguien tan conservadora como ella. «¿Habrá sido el regalo?» se preguntó. Echados sobre la cama ella torpemente intentaba sacarle la camisa. Él le acariciaba partes del cuerpo que antes le eran negadas. «¿Es que vamos a hacerlo?» pensó. Él había soñado con ese momento por meses. Le incomodó que sea bajo esas circunstancias: escabulléndose entre la gente, en un cuarto poco iluminado, motivados por el alcohol —ambos habían bebido más de la cuenta—. Todo le resultaba poco romántico. Quería que su primera vez juntos sea algo especial, pero cuando acarició sus pechos sin ropa de por medio y ella lo tocó ahí abajo, se olvidó de todo lo que estaba pensando. «Toma, póntelo» dijo ella y le alcanzó un preservativo. «No podemos arriesgarnos». En ese momento él sintió el perfume que le había regalado. El olor había pasado desapercibido entre tanta gente, pero en la habitación estaban los dos solos. Por alguna razón se le vinieron a la cabeza imágenes de su hermana: Las mañanas cuando tomaba el desayuno con la familia antes de irse al trabajo, la fiesta de graduación de la universidad, el matrimonio de su mejor amiga. No entendía porque precisamente ahí, en esas circunstancias, pensaba en su hermana. «Apúrate» dijo ella. Él tenía el preservativo en la mano, pero ya había perdido rigidez. No podía ponérselo y lo peor de todo, no podía sacarse a su hermana de la cabeza. En ese momento se dio cuenta de todo. «Solo a mí se me ocurre regalarle a mi enamorada el perfume favorito de mi hermana» se dijo a si mismo y le pidió disculpas.

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