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Patito feo

A partir de ese momento el fútbol se convirtió en su obsesión. Vivía con la pelota pegada a sus pies. Incluso dormía abrazado a ella. Jugaba todos los días después del colegio y tenían que obligarlo a entrar a la casa para que coma y haga sus tareas.

Rafael Rojas
10 de junio de 2026
12 min de lectura
No le gustaba cuando su papá, cada mes, medía a él y a sus hermanos en el marco de la puerta, anotando con lápiz, el nombre, la fecha y el tamaño de cada uno. Le desesperaba ver como sus hermanos crecían y él no. Sentía que su papá los hacía competir entre ellos. No le gustaba porque era algo que no podía controlar. «¿Cómo puedo hacer para crecer?» se preguntaba. Su papá siempre quiso ser un jugador de fútbol profesional. Se formó en las ligas menores del equipo de su pueblo. Cuando el equipo fue promovido a la primera división, él junto a otros de sus compañeros, fueron convocados al primer equipo. Al comienzo, les fue muy bien. Ganaron muchos partidos. El objetivo era clasificar a la liguilla para así poder disputar la copa nacional. Cuando finalmente lo hicieron, fue reemplazado por otro jugador. La explicación que le dieron fue que, a pesar de ser bueno en su posición —jugaba de defensa central— querían a alguien más alto. Enojado intentó jugar para otros equipos de la liga, pero la respuesta que le daban era la misma. Frustrado, abandonó el fútbol, empezó a trabajar con su padre en la metalúrgica, luego de unos años se casó y tuvo hijos. A ellos siempre les inculcó el deporte, sobre todo el fútbol y soñaba con que alguno de ellos llegase a ser profesional y así —como él alguna vez quiso— sacar a la familia de la pobreza. Sentía que sus hermanos crecían cada día. Cuando jugaban en el patio trasero de la casa, ellos se divertían pasándole el balón entre las piernas y sobre todo hacer que la pelota se eleve por encima de su cabeza a lo que comúnmente llaman “sombrerito”. Eso era lo que más detestaba, solía saltar lo más alto que podía, pero era imposible llegar y terminaba por tragarse las risas burlonas de sus hermanos. Su abuela era la que siempre lo defendía. «¡Vamos, dejen a su hermanito en paz!» solía gritarles, pero ellos no dejaban de molestarlo. A partir de ese momento el fútbol se convirtió en su obsesión. Vivía con la pelota pegada a sus pies. Incluso dormía abrazado a ella. Jugaba todos los días después del colegio y tenían que obligarlo a entrar a la casa para que coma y haga sus tareas. Cada vez que cometía alguna travesura lo único que tenían que hacer era quitarle la pelota, ese era el peor castigo que podía recibir. Su papá solía llevarlo a ver a sus hermanos entrenar con el equipo del barrio. Le gustaba porque todo el camino lo llevaba cargado en la espalda, lo que llamamos “caballito”, era la única vez que no le importaba separarse de la pelota. Tiempo después, vinieron unos veedores de las inferiores del club de la ciudad a probar jugadores. Sus hermanos estaban entre los posibles candidatos. Él también quiso ir, pero el club no podía aceptarlo. No solo porque aún no tenían una categoría abierta para los niños nacidos en su año, pero sobre todo porque era de muy baja estatura. —Es muy chiquito el nene— le dijo el entrenador a su papá. —Vamos hazme esa gauchada. Que patee la pelota, juegue un rato y luego yo mismo le digo que no puedes aceptarlo— dijo el papá guiñándole un ojo. Así fue que el niño entró a la cancha, corrió tras el balón y dejó a todos con la boca abierta, incluyendo a sus hermanos y a su papá. El entrenador lo incluyó en el equipo y cada día no dejaba de asombrarse de las habilidades que demostraba el niño. «Si sigue así podría convertirse en el próximo Pelé o Maradona» decía a quién lo quiera escuchar. «No he visto otro zurdo como este niño ¡es un genio!». Cuando el equipo donde jugaba ganó el campeonato nacional siendo él la estrella, todos los diarios lo llenaron de elogios, lo llamaban “La pequeña estrella”. Su papá lo llevó a la capital para probarlo en los equipos más importantes del país. Muchos de ellos estaban interesados. Nadie dudaba de su habilidad, pero el temor era su estatura, era muy pequeño incluso para su edad. Después de hacerle los exámenes físicos se confirmó lo que muchos sospechaban. Lo diagnosticaron una deficiencia con las hormonas de crecimiento. El tratamiento que debía de seguir era muy costoso y ningún club quiso asumir ese riesgo. Por un tiempo, el seguro médico del trabajo de su papá y el seguro nacional, cubrieron el tratamiento, pero al no ser una prioridad dentro de la política de la salud pública, dejaron de hacerlo. Aquella tarde que, escondido detrás de una cortina, vio a sus padres discutir sobre cómo iban a hacer para poder costear el tratamiento y notar su cara de preocupación. «Yo solo quiero jugar al fútbol» dijo entre sollozos. «Diosito, por favor hazme crecer, para que mis papas no gasten tanta plata». Una tarde su papá lo llamó y pidió que lo acompañase a su habitación. Su rostro le preocupó porque no lo había visto tan serio como aquel día. Lo que le dijo no lo entendió del todo, las frases lo confundieron, lo único que rescató y que lo llenó de ilusión fue cuando escuchó que esa era la mejor oportunidad de poder jugar fútbol tal como él siempre lo había deseado. Días después se subía a un avión, el primero de tantos en su vida, y sintió mucho miedo. ¿A dónde es que vamos? se preguntaba ¿Por qué no vinieron mamá y mis hermanos? ¿Quién le va a dar la medicina a la abuela? ¿Por qué no me dejaron tener la pelota aquí adentro? ¿Cómo hago para no sentir esta presión en el pecho? Nunca le prestó atención a las agujas hasta que tuvo que usarlas todos los días. El mismo aprendió a inyectarse la medicina. Al principio lo hacía con mucho cuidado, pero luego paso a ser algo tan normal como cambiarse las medias. El primer día de entrenamiento los otros chicos lo miraban de reojo preguntándose como un niño de una categoría tan inferior podía estar entre ellos. La camiseta y el short que le habían dado le quedaban muy grande, pero no le importó, él solo quería jugar. Salió a la cancha y escuchó atentamente al entrenador dar las indicaciones. Cerraba los ojos para poder entenderlo mejor, el acento lo confundía. «Porque no pueden hablar claro como nosotros» pensaba. El tratamiento empezó a dar los efectos esperados. Creció unos treinta centímetros. Alcanzó a medir cerca de un metro setenta, desafiando el diagnóstico que lo máximo que llegaría a medir sería un metro y medio. Correr por el césped, con la pelota pegada a los pies lo hacían olvidar de todos sus problemas. Podía respirar tranquilo y no extrañar tanto a su familia, a sus amigos, a la comida, a la cancha del barrio, a su abuelita de la que no pudo despedirse cuando una neumonía se la llevó y, porque no, también a esa chica, la prima del cabezón, que le quitó el aliento apenas la vio y con quien a veces sueña. Sus compañeros de equipo lo apodaron el “Pulga” muchos de ellos se lo decían con cariño, pero otros lo hacían de forma despectiva. A él no le importaba. El solo quería correr detrás de la pelota, meter goles y hacer ganar a su equipo. Una tarde lo llamaron de urgencia de la oficina central del club. Uno de los jugadores del equipo titular se había lesionado y necesitaban un reemplazo. Él había jugado muchas veces en ese mismo estadio, pero con el equipo de reserva. Esa noche le temblaron las piernas cuando ingresó en el segundo tiempo. Apenas vio un espacio libre por la izquierda se perfiló, la estrella del equipo —que lo habían traído de Brasil años atrás por una suma exorbitante de dinero— lo vio correr y le dio un pase perfecto que él resolvió haciendo un sombrerito. Cuando vio que la pelota se metía al arco, levantó la vista al cielo, levantó los índices y se lo dedicó a su abuelita, que sabía lo miraba desde el cielo. En ese momento la estrella del equipo lo carga en su espalda, simulando un caballito, y mientras el estadio entero gritaba su gol. Y ahí empezó todo. ¿Qué pasó después? Pues el niño que no podía crecer es considerado al lado de Pelé y Maradona como uno de los mejores jugadores de fútbol de la historia. Ha ganado cuanto premio existe y es muy querido por todos, sobre todo por los niños. Lleva una vida muy tranquila, se casó con esa chica que le quitó el aliento y tiene tres hijos. Pero esta noche esta inquieto, extraña a su familia porque no los ha visto hace más de un mes. Sentado en el avión que lo llevará a casa cuenta las horas que faltan. A su lado, sobre el asiento hay una pelota —aún hoy no se puede separar de ella— pero esta vez también lo acompaña la copa del mundo que acaba de ganarla junto con la selección de su país.

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