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Niños

«Mi pintura es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente. Para mostrar lo que el hombre hace contra el hombre. He pintado como si gritara desesperadamente, y mi grito se ha sumado a todos los gritos que expresan la humillación, la angustia del tiempo que nos ha tocado vivir...»

Rafael Rojas
31 de marzo de 2026
14 min de lectura
Estaba tan dormido que no escuché la alarma. Una hora después, al ver la hora en el reloj, salí disparado de la cama. Me bañé y alisté en menos de cinco minutos. Llamé a mi jefe para decirle que había tenido un inconveniente pero que estaba en camino. Paré el primer taxi que pasó. «Maestro, métale turbo» le dije al subir. Tenía la radio encendida con las noticias del día: Sonoro renacer del Teatro Municipal, anoche a techo descubierto y con un lleno total, la orquesta sinfónica… Alberto Fujimori confirma sus intenciones reeleccionistas… El pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín falleció víctima de un paro cardíaco en la ciudad de Baltimore… En ese momento sentí una absurda tristeza y no pude evitar derramar un par de lágrimas. Bajé el vidrio del auto, el aire frío sobre el rostro me dio cierta calma. El taxi se detuvo en una luz roja. Un niño se acercó, llevaba una cesta de golosinas. Al verme no me pidió que le comprase algo, solo preguntó: «¿Por qué estás triste?» Años atrás mientras cambiaba los canales buscando algo que ver en la televisión vi, en un programa cultural, unos cuadros que llamaron mi atención. No conocía al artista y no estaba seguro si había anotado bien el nombre. Lo que sí supe fue que la exposición sería en el Museo de la Nación. Por curiosidad y como no tenía ningún plan esa tarde, decidí ir, pero no quería hacerlo solo. Recordé a la chica que conocí, días atrás, en una fiesta. Era guapa y bailaba muy bien. Sabía que vivía cerca del museo. Hablamos muy poco esa noche, la música estaba muy fuerte. Me quedé con las ganas de conocerla mejor. Pensé que sería la excusa perfecta para poder ir a su casa, invitarla a la exposición y, quién sabe, algo más. Después de casi una hora en su casa, no solo me di cuenta de que esta chica no paraba de hablar, sino que hablaba de cosas que no me interesaban en lo absoluto. Confirmé una vez más que, a esa edad, son las hormonas las que controlan nuestras decisiones. Yo buscaba el momento preciso para deslizar un comentario sobre la exposición del museo, pero ella seguía en su monólogo sin parar. Cuando lo hice, su rostro cambió «¿Museo?», preguntó asombrada. Minutos después estaba fuera de su casa. Inventé una tonta excusa para escaparme. Ya en la calle, al levantar la mirada vi a lo lejos el museo. Como estaban reparando el piso de la entrada principal, me pidieron que entre por la puerta de atrás. Al darle dos vueltas al museo me di por vencido. No encontraba la bendita puerta y la paciencia se me estaba acabando. Un tipo que cargaba una caja de herramientas, pasó a mi lado y —al verme medio perdido— me preguntó hacia donde iba. Me pidió que lo siguiera porque él iba al mismo lugar. Subí con él y después de salir del ascensor me indicó hacia donde ir. Había gente trabajando: desembalaban paquetes, colocaban luces, reparaban cosas. No estaba seguro si estaba en el lugar correcto. Fue solo cuando entré a la sala adyacente que finalmente vi los cuadros y me quedé sin palabras. * La obra de Guayasamín se puede concebir como una sinfonía en tres movimientos. El primero es “Huaycañan” (El camino del llanto) donde abarca temas relacionados con los indios, mestizos y negros de América Latina. El segundo movimiento sería “La edad de la ira” que nació después de un viaje intermitente de varios años por distintos lugares del mundo donde ocurrieron las peores tragedias, dictaduras y genocidios del mundo y el tercero es “La edad de la ternura” (Mientras vivo siempre te recuerdo) un homenaje a su madre. * Las piernas me temblaban. Ver cada cuadro era como recibir una bofetada tras otra. Me costaba avanzar, sentía que me faltaba el aire. Aquel dolor, aquellas manos, aquellas lágrimas, lo sentía como mío y no entendía por qué. Los ojos de esos niños en brazos de sus madres, terminaron por desarmarme. «¿Qué me está pasando?» me preguntaba «¿Acaso me estoy volviendo loco?». Mientras trataba de reponerme, una señora se percató de mi presencia y se acercó. Era de aquellas de buen apellido, color de ojos y piel bien aceptados en la sociedad. Me preguntó si me encontraba bien. Traté de disimular mi estado secándome las lágrimas. No le presté atención a todo lo que me dijo, solo me limitaba a asentir con la cabeza. Antes de despedirse me alcanzó un sobre que agradecí sin saber lo que era y que guardé en el bolsillo. * «De niño, nunca pude jugar a las canicas, las escondidas o al trompo. Yo no solo era indio, sino el hijo de la empleada, así que no podía jugar con los niños de la casa donde mi mamá trabajaba. Recién supe lo que eran estos juegos ya de adulto, cuando los jugué con mis hijos. Empecé a pintar a los siete años y nunca dejé de hacerlo. Cuando le dije a mi profesor que quería ser pintor se rio en mi cara. Yo era el mayor de diez hermanos y en mi casa, la pobreza no era extraña. Mi primer encuentro con la crueldad de la vida, el azote de la violencia y la injusticia de los asesinatos, se plasma en uno de mis primeros cuadros titulado “Los Niños muertos” (1941), que recoge la brutal escena de un grupo de cadáveres amontonados en una calle de Quito, entre los cuales se encontraba un compañero del colegio, cuya vida se apagó debido a una bala perdida. Ese hecho me cambió la vida. Desde entonces asumí una posición frente a las crueldades e injusticias de una sociedad que discrimina a los pobres, a los indios, a los negros, a los débiles. Desde aquel momento empecé a dibujar lo que me dolía» * Días más tarde —al terminar una clase en la universidad—, encontré entre mis cuadernos, aquél sobre que la señora me había dado. Al leerlo me di cuenta de que era una invitación para la inauguración de la exposición y que era ese mismo día. Vi mi reloj y calculé que aún estaba a tiempo para ir. Al llegar a la entrada principal, me llamó la atención ver una alfombra roja, periodistas y muchos agentes de seguridad. Cuando me acerqué a preguntar por donde era la entrada, el de seguridad después de verme de pies a cabeza, me dijo que yo debía entrar por la puerta posterior. Asumí que se refería a la misma que usé el sábado anterior y le hice caso. Al llegar vi a mucha gente yendo y viniendo, no estaba muy seguro a dónde dirigirme. Había un tipo que parecía ser uno de los coordinadores, pensé que él podía ayudarme. Apenas me vio acercarme, sin tiempo de decirle nada, lo escuché preguntarme. —¿En qué grupo estás? —No entiendo —respondí confundido. —¿Estás con los del catering o los de limpieza? —Vengo a la exposición —dije y le mostré la invitación. La miró con asombro. —La entrada de invitados esta adelante —dijo y me devolvió el sobre sin quitarme la mirada de encima. * «Mi pintura es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente. Para mostrar lo que el hombre hace contra el hombre. He pintado como si gritara desesperadamente, y mi grito se ha sumado a todos los gritos que expresan la humillación, la angustia del tiempo que nos ha tocado vivir. Con la esperanza de llegar un día a construir un mundo en el que las culturas trabajadas por los pueblos —como el alfarero hace su cántaro—, sean cuidadas como el campesino cuida con amor la tierra y su semilla» * En la entrada principal me di cuenta de todo. Los automóviles se estacionaban a la orilla de las escaleras mientras los invitados, todos muy elegantes, desfilaban por la alfombra roja. Había mucha gente de prensa. Reconocí a personajes de la política y a los mismos sospechosos comunes que pululan en las secciones de espectáculos de los diarios y revistas locales. Dudé en entrar. Ese ambiente me causaba repulsión, pero la simple idea de poder conocer al maestro, hacía que me quedara a pesar de sentirme así. Me mantuve en la cola, pero a los pocos minutos vi cómo la gente a mi alrededor me miraba con recelo. Alguien alertó a los de seguridad y me llamaron hacia un lado. Revisaron lo que llevaba en la mochila y me preguntaron cómo había obtenido esa invitación. Les conté la historia, pero no me creían. En ese momento experimenté el dolor de sentirse diferente, no por ser de otro lado, sino por la condición que nos hacen sentir. A lo lejos, vi a la señora que me había dado la invitación. Levanté el brazo para pasarle la voz, ella podía corroborar mi historia. Traté de acercarme, los de seguridad iban detrás de mí. Cuando estuve a menos de dos metros de ella, vi que de su brazo iba un político del gobierno de turno que se destacaba por su feroz autoritarismo y que años después —al caer la dictadura— se escaparía del país. Me quedé inmóvil. La señora me observó por unos segundos, parecía algo confundida o quizás asustada. Al dar media vuelta los de seguridad me volvieron a preguntar: —¿Dónde te encontraste esta invitación? —Por ahí —respondí sin ganas. —No puede ingresar, tiene que retirarse. Sin decir una sola palabra, di un paso al costado y me alejé del lugar. * Guayasamín vivió un año en Lima, solía juntarse con el artista Víctor Delfín y el escritor José María Arguedas, con quien compartió interminables tertulias —muchas de ellas en quechua—. Cuenta la leyenda que, años después, en una visita al Perú, durante el primer gobierno del presidente Alan García, éste lo invita a una cena en su honor en el Palacio de Gobierno. Después del festín y cuando la bebida ya había cumplido su objetivo. Un bastante alegre García, en un arranque de locura (que eran muy comunes) manda traer la banda presidencial y en una improvisada ceremonia renuncia a su cargo de presidente y le cede el mando al maestro Guayasamín. Este llevado por la emoción, se subió a la mesa y con un vaso de pisco en la mano, dio su primer y único discurso: «Ningún pobre se iría a dormir con hambre, todos los niños tendrían derecho a la mejor educación y que no existiría la desigualdad». Todos los presentes aplaudieron. * Pensé en esa anécdota, mientras caminaba hacia el paradero. Sonaba más a un mito urbano, pero en el fondo quería creer que había sucedido. Una caravana de carros se acercaba. Los flashes de las cámaras fotográficas se intensificaron. El maestro saludó tímidamente al público y se dirigió a la entrada del museo. Lo vi alejarse. Absorto en lo irónico de la situación, sentí que alguien me jaló del brazo. Era un niño con una cesta llena de golosinas. Al pagarle le pedí que se quedara con el vuelto. Me regaló una sonrisa. Su mirada se parecía a la mía.

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