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Muerte para piano (y otros lirios con valses de nieve)

El cielo ya pintaba los entrecolores de la noche cuando el Arroz llegó a la puerta de Patty. Hacia el horizonte se hacía un incendio de tonos anaranjados y violetas, mientras que, en la cima del cielo, las estrellas ya dejaban ver su brillo. Sintió un escalofrío extraño de explicar: algo que vibraba en el estómago y rasgaba como un azote hasta la parte de atrás del pecho, justo detrás del corazón.

Javier Rivera
07 de agosto de 2026
17 min de lectura
Y al final quiero verte de nuevo contenta, sigue dando vueltas si aguantas de pie. BUNBURY I HABíAN PASADO TRECE DíAS desde que el Arroz se enteró. Falaz se sentaba un asiento delante de él en clase. Arroz miraba su nuca; esa mañana sentía que ya había perdido toda la confianza en su pata. ¿Qué pata? Ya no era nada. Pero se había manejado esos trece días como si no se hubiera enterado de nada. Salvo esa mañana. Ese día se sentía diferente; las cosas eran de otro tacto y veía la punta de su compás incrustada en la base de aquella nuca, quitando su mano ensangrentada para no admitir la culpa. Pero su mano no se movía; el aire era distinto, más espeso. Los cuchicheos, los comentarios, el sonido de las carpetas, así como la voz del profesor de turno, habían pasado a ser parte de un eco insoluble en el aire. El fondo dentro de otro fondo, un viscoso retumbo escolar. Su pensamiento lo llevaba a elegir la venganza adecuada. En esos trece días había logrado confirmar lo que le había dicho Beto, el hermano menor de Patty: «Viene cada dos o tres días, temprano, apenas salen del colegio, y se la lleva a enseñarle a manejar el carro». El día anterior había sido la estocada final. Arroz dejó de asistir a uno de los entrenamientos de fútbol para pasar por su casa solo para cambiarse la ropa e ir de una a la casa de Patty. Esa mañana se había preocupado de enseñarle sus chimpunes nuevos al Falaz. «Hoy los bautizo en el entrenamiento», le dijo, y fue suficiente con que Falaz asintiera con la cabeza; Arroz sabía que Falaz sabía que esa tarde Patty estaría libre en su casa, y que estaría disponible para dorarle la píldora con la excusa de enseñarle a manejar para estar cerca de ella, mientras él entrenaba. Y esa tarde, la tarde anterior a esa mañana en la que corría sangre imaginaria por las manos del Arroz, pudo confirmar dos cosas: que Falaz quería serrucharlo y que Patty ya no lo quería para nada. Lo que son las cosas, Arroz había llegado a la relación con Patty por no hacerle un desaire y se llegó a enamorar hasta el tuétano. Patricia se había ilusionado perdidamente del Arroz y su ilusión se había ido devaluando como intis en el gobierno de Alan García. Lo que no admite discusión es que, en algún punto de esa relación cruzada, ambos se quisieron a medias, en el mismo momento mediocre. Cuando Arroz llegó a la puerta de casa de Patty, Beto estaba conversando con sus amigos, cada quien sobre sus bicicletas. —¿Qué pasó, Arrocito? —saludó Beto. —Ahí, mi hermano. Todo bien. ¿Dónde está Patty? —preguntó jadeante y apurado. —No sé, mano. Creo que salió con tu pata, ese que dice que le enseña a manejar. —Dice, dice, dice… —Sí, pues, dice… Ya van a ser dos semanas desde que te dije que ese cabrón está que le echa la manito a la espalda, le hace ojitos, le habla de cerquita y tú nada de nada. —Paciencia, Betito, paciencia. Las cosas ocurren mejor si les tenemos paciencia. —Bueno, pero no seas baboso. Mientras tú tienes paciencia hay otro que le está dando «paciencia» a tu enamorada, pues. Los amiguitos de Beto se fueron riendo de ese comentario. —Chau, Beto, ya pasamos por acá más tarzán. Alguno se fue insultando a la visita. —¡Ahí te ves, cachudo! —Calla, mojón de mierda. Aprende a limpiarte los mocos primero. Los muchachos se fueron jugueteando y riendo en sus bicicletas, alguno le sacó el dedo medio al Arroz. —Ya, largo —gritó Beto. Dejó la bici apoyada en la pared y se sentó en la grada del pórtico de la casa para conversar con Arroz, mientras ambos esperaban el regreso de su hermana con el sapazo del Falaz. El Beto se había hecho gran amigo del Arroz. Empezaron a conversar de música hacía unos seis meses, cuando Arroz recién empezaba a frecuentar la casa y Patty lo dejaba en la sala del primer nivel escuchando Chicago mientras ella se arreglaba para salir al cine, o al teatro a ver alguna comedia o simplemente ir al Tropic a encontrarse con tutilimundi y comer unas salchipapas. Beto y Arroz conversaban de música y, antes de terminar de sonar la canción que romantizaba el ambiente, decidieron poner el Pump y luego el Big Ones de Aerosmith. Contra todo pronóstico, Beto leía. Arroz era un devorador de libros desde pequeño para evadir las dificultades de su casa, para «irse a otro lado» mientras sus papás se gritaban. «Un bicho raro», había dicho su mamá. Así, encontrados «el hambre y la necesidad», se pusieron a hablar de los autores del Boom: de Cortázar, Borges y Vargas Llosa. Aquellas conversaciones de «espera» cada vez se hicieron más enriquecedoras que las conversaciones que el Arroz sostenía con Patty, que apenas si leía bien los colores de sus labiales para no desentonar. No es que Patty fuera tonta. Era vivísima, pero en esa época ella solo quería ser reina de belleza. Esa tarde la conversación en la grada del pórtico de la casa se extendió hasta casi las seis, hora en que llegó el sedán blanco de Falaz con Patty de copiloto, ambos carcajeando. Se les acabó el jolgorio cuando vieron a aquel par en la puerta de casa. Arroz y Beto se pusieron de pie. Patricia no dejó la risa, como para pasar del espacio del auto al aire libre llevando la gracia como una cinta gimnástica que le diera levedad a la situación. Falaz hablaba, se explicaba y hablaba: y que Patty, y el brevete, y que tenía que practicar… y hablaba y nunca levantaba la vista. Parecía un ciego que apunta con los ojos abiertos a un punto cualquiera del suelo, sin saber de antemano dónde están sus interlocutores, y no paraba de hablar. En menos de lo que Patricia dejaba caer esa insostenible risita estúpida, Falaz huyó en su carro con la excusa de tareas escolares incompletas. Así terminaba julio de 1994, con la pena, la angustia y la venganza ocupando el corazón de los diablos que tenía guardados el Arroz y con la casa propia de sus padres prácticamente terminada. El sábado 13 de agosto terminaron con la mudanza. La casa propia: un sueño realizado. Aquel mismo sábado había un juergón en el Jardín de la Cerveza por la celebración de la ciudad. Todos habían ido, menos el Arroz, que estaba cargando cajas y muebles. Desde el lunes siguiente a ese día, Arroz sentía que sus amigos lo miraban diferente, que susurraban a sus espaldas, que algunos se sentían incómodos de hablar con él. Ese mismo lunes Patty lo llamó en la tarde a su casa. Le dijo que le urgía hablar con él, que lo esperaba. El cielo ya pintaba los entrecolores de la noche cuando el Arroz llegó a la puerta de Patty. Hacia el horizonte se hacía un incendio de tonos anaranjados y violetas, mientras que, en la cima del cielo, las estrellas ya dejaban ver su brillo. Sintió un escalofrío extraño de explicar: algo que vibraba en el estómago y rasgaba como un azote hasta la parte de atrás del pecho, justo detrás del corazón. Tocó el timbre como si no quisiera y esperó. Ella se hizo esperar. Cuando salió, traía la cara más larga que la culpa y le dijo directamente que quería terminar su relación, que se habían distanciado mucho y que ya no sentía lo mismo. Arroz no creyó que las cosas se arreglaran con algún «pero», así que se fue sin decir palabra, tal vez una mueca. Se fue para su casa, pero recordando cada paso del empedrado, la subidita, los altos muros, la gruta, la iglesia, los asientos de piedra y más piedras en el piso, redondas, lisas, turgentes, Patricia, curvadas, oscilantes, duras, las casas y los laberintos, Patricia, las rejas oxidadas, las tiendas pequeñas, las cosas sin profundidad, Patricia, la Plaza de Yanahuara. II Aquel sábado 13 de agosto de 1994, en el Jardín de la Cerveza, se presentaban los Vilma Palma, favoritos por mucho de todos los cantantes en la cartelera. La gente se congregaba para verlos a ellos, los que estuvieran antes no importaban. —Todas las chibolitas de los colegitos pitucos y no pitucos de Arequipa estarán ahí, Perro, pero a mí me interesa la Paticita…, ufff. ¡¡¡Esa chibolaaa!!! —Tranquilo, Mono, que está con flaco. Nos vamos a ganar otra bronca con algún otro hijito de coronel, como la vez pasada y la cagación. —¡¡¡Tranquilo, tranquilo!!! ¿Y tú quién chucha eres, pe, webón? ¿Un don nadie? ¿Tu viejo es turronero? ¿Pastelero? ¿Qué chucha? A mí con mariconadas. Le saco su mierda al chibolo, pues, ¿y qué? —Que mi viejo me va a volver a castigar, ¡¡¡pe, Mono!!! —¡¡¡Castigar, castigar!!! Como si tuvieras diez años, idiota. —Claro, ¡¡¡como si tu viejo, el gran jefe de la Villa Militar, no te castigara!!! —¿Qué has dicho, webón? —dijo sin dejar de presionarlo contra la pared—. ¡¡¡Habla, Perro!!! ¡¡¡Habla para que te pueda sacar tu mierda!!! —Yara, yara, webón. Ya tranqui, pe, tranqui. Tú haces nomás y todos terminamos pagando los platos rotos, pe. Al Archi lo han tenido que regresar a Lima y lo sacaron de la universidad por llevar tu merca, pe, ¿o no? —Cállate la boca, carajo. Vuelve a repetir eso y yo mismo te desaparezco. —Cállense los dos y vamos a buscar a las pollitas del Sophianum, par de inútiles —dijo con su gravísima voz el Oso, el único que podía cuadrar al Mono y a cualquiera en la Villa Militar. —Dale, Mono, tú manejas, —dijo sin pestañear. Le tiró las llaves y la camioneta con cinco gilipollas (hijos de cachacos brutos, les había dicho el Quillo en una bronca en el Club Alemán) se pusieron en marcha hacia el concierto. Llegaron temprano y se tomaron una trica y medio huachito más entre los cinco, mientras hacían hora para entrar. Fueron a la zona familiar y allí vieron harta muchachada. «Aquí es», dijo el Mono y se internó en esa selva hormonal que daba de brincos; en ese circo donde supervivía la mujer barbuda, el enano tonto y la bella que hace piruetas en sedas colgadas del aire hecho de cerveza y torres de vasos vacíos. III Era un individuo tan mentiroso a los dieciséis años que sus amigos le habían apodado Falaz. La verdad era para él una extraña coincidencia con su versión de las cosas. Una vez fue a una fiesta patronal con unos amigos y les pasaron varias cosas, entre graciosas y románticas. Cuando le preguntaron a él cómo les había ido, dijo que quería escuchar la versión de los demás para dar fe o negar lo que se dijera. Superlativo: un notario en toda regla a los dieciséis años; un superdotado. Pero estos superpoderes habían empezado a pasarle factura hace muy poco tiempo. Podía estar haciendo cualquier cosa: tarea de historia, lavando los trastes de la cena familiar, acostado en su cama listo para dormir, y sentía, en todos los casos, una oscuridad que le atraía, parecido a lo que sería un agujero negro en el espacio. La oscuridad era densa, pesaba, lo jalaba con fuerza, normalmente hacia atrás. El aire se ponía frío, denso, viscoso, lo que hacía que no pudiera respirar correctamente, sentía calambres en el pecho y el brazo, podía parecer un infarto, pero ¿quién tiene un infarto a los dieciséis? «Se han dado casos», decía para sí. Normalmente, estos episodios coincidían con el hecho de haber armado una red de mentiras tan grande que él mismo se preocupaba de no poder memorizar correctamente qué le había dicho a cada uno sobre algo, alguien más o sobre sí mismo. Sentía terror a estos episodios; solo pensar en ellos le provocaba hiperventilación, palpitaciones desbocadas y calambres en la mandíbula, además de blefaroespasmos y sequedad anal y, por lo tanto, picazón de culo. Había querido acercarse a su buen amigo Gilary para así conquistar a su novia Sandra. De esa manera, coquetear con Angelita, la mejor amiga de esta, y, finalmente, lograr darle al menos un besito a Karla, que era su sueño en la tierra. Lo hizo con gran éxito, llegó a estar tres días con Karla; los tres días más largos de su vida porque si le preguntabas a él meses después de que ella lo hubiera terminado, él decía que seguían siendo enamorados, pero que tenían algunos problemitas. Por eso no la tomaba de la mano o le daba besos en público. Hasta ese momento no se había puesto como meta a la inalcanzable Patricia, hasta ese momento… Patty quería aprender a conducir y él era de los pocos que contaba con un auto a su entera disposición: el carro viejo de su mamá, un sedán blanco al que se le había caído o se había despintado la marca; un perro chusco, pero con cuatro ruedas y un timón, que era lo que importaba. Ofrecidos los servicios de profesor de manejo con vehículo incluido, Patty dijo que sí en tres idiomas que desconocía por completo. IV Era octubre y se venía la fiesta de promoción. Patty había terminado con Arroz porque ella se agarró al Mono de la Villa Militar en el concierto de Vilma Palma y no quería decirle eso; pero, después de unas semanas sin hablar, ella le llamó por teléfono y le dijo que era absurdo que dejaran de ser amigos porque su relación no funcionó. Él estuvo de acuerdo. Debía seguir cerca de ella, sobre todo porque, según sabía, las clases de manejo habían seguido con «su gran amigo» Falaz, y el pobre solo había conseguido que su vieja le requise el adicional de su tarjeta de crédito por exceso de consumo de gasolina. Pese a eso, Falaz estaba tan entusiasmado que ponía de sus propinas para continuar pagando la gasolina de las clases de Patty. Arroz no quería perderse el espectáculo de lo que se le había ocurrido. Arroz ya se había vuelto a hablar con Patty y nunca le había hecho ni medio reproche a Falaz por «las clases de manejo a su enamorada». «Mucha apertura mental», comentó alguna vez. Enamorar con Patty durante meses había llevado a Arroz a decenas de fiestas, reuniones familiares, salidas inopinadas, momentos a solas, etc.; situaciones en las que había conocido profundamente los hábitos y carácter de su flaca, lo normal en toda pareja. Pero ella tenía algo que Arroz había bautizado como Efecto McFly: si ella recibía un «¿A que no puedes…?» o «¿A que no te atreves a…?», era como invocar al diablo en ella y automáticamente respondía: «Apostemos lo que quieras». A sabiendas de esto, Arroz animó insistentemente a Falaz a invitar a Patty a la fiesta de promoción; todos los días le tocaba el tema una o dos veces. Arroz aprovechó el deseo de Falaz por Patty con la excusa de, al menos, verla en la fiesta. Arroz le decía que, mucho tiempo atrás, le había prometido a su mejor amiga, Claudia, que sería su pareja en el baile de promoción y que no podía faltar a su palabra. Antes de que terminara la semana, Falaz aceptó (dejó de fingir que no quería). Las fiestas, los amigos, las salidas, los vacilones se llevaron el tiempo y de un soplido ya estaban en exámenes finales. A esas alturas, ya todo estaba dicho sobre la fiesta de promoción. Ya se sabía quién iría con quién, quién iría solo y quién no iría. Una de esas tardes, Arroz fue a visitar a Patty, llamando previamente para no cruzarse con su «profesor de manejo». Estuvieron conversando como buenos amigos con ella y el Beto por horas, hasta que, ya caída la noche, Beto se metió a la casa y ellos pudieron hablar más en privado. —Siempre has sido polla, no podrías aguantar ni siquiera la primera ronda sin bailar o tomar agua —le dijo el Arroz poniendo en tela de juicio la resistencia alcohólica de Patricia. Su carcajada rompió la intimidad que había ganado la conversación al quedar a solas. —Estás loco, ¿no? Como si no me conocieras. Tú sabes que a mí no me tumba ni el más pintao. —Te apuesto a que no aguantas ni cinco cocteles seguidos antes que empiece la ceremonia. ¡Estamos hablando de coctelitos, ah! Esos de fresita, piñitas coladas, esas idioteces. No aguantas cinco. —Una detrás de otra me las voy a tomar y para que seas testigo y no digas que no lo hice, cada vez que vaya a tomar una te voy a pasar la voz. Te echo un grito o levanto la mano para que me veas, pero antes de que empiece la pasarela yo me tomo tus cinco mugrosos coctelitos. —¿Cuánto va? —¿Cien? —Dale, cien soles, ve juntando tus propinas. —Jaaa, idiota. V El auditorio del San José era un mecanismo de relojería donde cada engranaje tenía un nombre y una función, pero solo uno de ellos sabía cómo detener el tiempo. Arroz estaba apoyado en una columna de sillar, su cuerpo era una línea recta en un mundo de curvas ebrias. Él no miraba a Patricia con amor, la miraba como un geómetra mira una falla en el plano. Sabía que la identidad no es una roca, sino un líquido que toma la forma del recipiente que lo contiene, y el recipiente de Patricia era el orgullo. Falaz estaba a su lado, sosteniéndole la mano a la reina, sintiéndose el dueño de una verdad que Arroz sabía que era puro humo. Pero Arroz conocía el código de acceso a la voluntad de Patricia: el Efecto McFly. Bastó una frase, una duda sembrada en el momento justo sobre su resistencia, para que el universo se contrajera hasta caber en cinco copas. —Cinco coctelitos antes de la pasarela, Patty —soltó Arroz, activando el mecanismo. Patricia no se rio; se transformó. El desafío era un rayo que atravesaba su conciencia, una orden que no podía desobedecer. Ella aceptó con un fino gesto de barbilla que ya era una sentencia. Empezó el desfile de los cristales. El primer cóctel fue una caricia dulce. Patricia levantó la copa, buscó la mirada de Arroz en la penumbra y bebió. Arroz, impasible, levantó un dedo. Uno. Falaz intentaba hablar, llenando el aire con sus mentiras sobre el sedán y el futuro, pero Patricia ya no estaba allí; ella era ahora un proceso químico. El segundo y el tercero cayeron como piedras en un pozo. El aire del auditorio empezó a espesarse, volviéndose una gelatina gris que dificultaba el paso del sonido. El cuarto cóctel para Patty, ya no sabía a fruta: sabía a derrota. Falaz sentía que el suelo se inclinaba, que una oscuridad negra empezaba a tirar de sus hombros hacia atrás; una premonición de que la realidad estaba a punto de cobrarle sus facturas. —Patty, ya va a empezar la ceremonia, ¡para! —rogó Falaz, pero ella solo veía la mano de Arroz. Faltaba el quinto. El golpe de gracia. El líquido rojo descendió por su garganta como una marea de olvido. Arroz extendió la mano completa. Cinco. Patricia había cumplido su parte, faltaba que la tierra no se le moviera de eje. Cuando la orquesta anunció el inicio de la pasarela, ella ya no caminaba, flotaba en una melancolía loca, aferrada a la nada y se resistía al embate del mundo. Falaz la sostuvo, la obligó a desfilar como un títere de seda por la alfombra roja, mientras el auditorio era un eco insoluble de risas que ellos ya no entendían. Patty se pasó la noche entera entre vómitos y sueños. Dormía con su frente sobre el brazo en la mesa mientras Falaz miraba con rabia a los que bailaban. Así toda la noche. Arroz la vio pasar, viendo en su rostro esa grieta en el universo, una herida abierta que caminaba hacia la puerta. Fue a las 2:50 a. m. cuando Falaz logró sacarla al aire frío, huyendo de la ceremonia, buscando el refugio del sedán blanco. Pero afuera, el mapa de la noche tenía una coordenada que él no había previsto. Allí, bajo la luz mortecina de un farol, esperaba el Mono. Él no pertenecía al baile. Él era el exterior, la Villa Militar personificada en una casaca de cuero y un rencor que no necesitaba invitación. Se cruzó en su camino como un muro de carne. El encuentro fue instantáneo y explosivo. Patricia, al ver al guerrero, al animal que la reclamaba desde el instinto, sintió que el mundo de Arroz chocaba con el mundo del Mono dentro de su estómago. Falaz intentó esquivarlo, pero el Mono la tomó del brazo. El contacto físico fue el detonante. Patricia no gritó; simplemente se vació. El proyectil agrio de la bilis y los cinco cócteles estalló contra la cara y el pecho del Mono, arruinando el cuero, arruinando el honor, arruinando la noche. Falaz, preso de un pánico que le heló la mandíbula, la empujó dentro del sedán y arrancó. El Mono se quedó solo en la acera, una estatua de sillar humillada, mientras el auto blanco se perdía en el laberinto. Eran las 3:00 a. m. y, en la alfombra del copiloto, un zapato de tacón se soltó del pie de Patricia, listo para empezar su propio viaje hacia las 3:13. VI El sedán blanco surcaba el silencio de Arequipa como un insecto ciego huyendo de una luz que no existe. Eran las 3:08 a. m. Falaz sentía que el habitáculo del auto se reducía, que los asientos de terciopelo viejo se convertían en paredes que le oprimían los pulmones. A su lado, Patricia seguía siendo ese bulto de seda y alcohol, un cuerpo que ya no emitía señales humanas salvo el rítmico golpeteo de su cabeza contra el vidrio. En ese vacío neumático, la realidad empezó a rajarse. Desde la oscuridad de la alfombra del copiloto, el sonido emergió con una nitidez de cuchillo. Clac... Falaz bajó la vista, esperando encontrar una piedra, un desperfecto, algo que justificara la física del mundo. Pero no había nada; solo el zapato de tacón que Patricia había perdido frente al Mono. El objeto estaba allí, de pie, sobre el suelo metálico, desafiando la gravedad y la inercia. Clac..., clac..., clac... No era el movimiento del auto. El zapato vibraba a su propio ritmo. Tenía una intención, una cadencia fúnebre que recordaba a las procesiones de octubre en la Arequipa de los barrios de sombras; una sinfonía absurda que busca su otra mitad en el infierno. El zapato golpeaba el suelo del sedán con la fuerza de un verdugo que llama a la puerta. Falaz sintió que la oscuridad se sentaba entre él y Patricia, una presencia gélida que le susurraba al oído que la única forma de detener el sonido era deshacerse de la fuente. Eran las 3:10 a. m. La hiperventilación le quemaba la garganta. La mandíbula se le desencajaba y sus ojos chasqueaban sin tregua. El zapato ahora corría, golpeando el chasis con una furia metálica que resonaba en todo el cráneo de Falaz. «¡Fuera! ¡Lárgate de aquí!», aulló Falaz. Pero su voz era un hilo de agua en un incendio. Preso de un instinto animal, frenó en seco, estiró la mano derecha. En un solo movimiento frenético, le quitó el seguro a la puerta del copiloto y la empujó con toda su rabia. Patricia, en su estado de ausencia total, se deslizó hacia afuera como un fetiche abandonado. Cayó sobre la berma de pasto, al costado de la vereda, medio despierta por toda la jaladera. Falaz no miró atrás. Solo vio por el retrovisor cómo la figura de seda se incorporaba milagrosamente, tambaleante, como una muñeca rota, para detener un taxi que aparecía entre el polvo y una breve garúa de madrugada de diciembre. Patricia se fue, pero la maldición no abandonó el vehículo. Al llegar al minuto 3:13 a. m., el zapato de tacón que se había quedado atrapado bajo el asiento dio un último golpe definitivo. ¡CLAC! En ese instante, el mundo de Falaz se encontró con su punto final. El poste de concreto apareció frente a él como el único pilar de verdad en un universo de mentiras, a tan solo una cuadra de llegar a casa. Falaz no intentó frenar; Arroz no quiso calcular el ángulo; el Mono no pudo reaccionar; simplemente se fundió con el volante. Todos eran parte de la oscuridad que había sentido que lo asfixiaba. El sedán blanco, su gran simulación, se arrugó contra el poste con un estruendo de vidrios que parecían cristales de nieve cayendo sobre el pavimento. VII Falaz caminó esa última cuadra como un astronauta que regresa a una tierra yerma. La sangre, tibia y espesa, le bajaba por la frente como una corona de espinas líquida, goteando sobre el suelo que parecía absorber su rastro con una sed antigua. Al entrar a la casa nueva, el silencio lo recibió con el peso de una catedral vacía. En ese momento se dio cuenta de que había llegado a la casa nueva del Arroz, no a la suya. No encendió la luz de la sala. Fue directo al baño, buscando la única confirmación de su existencia. Frente al espejo vio al fantasma, vio a Javier Rivera. El vapor de su propia respiración empañó el vidrio. Se limpió la cara con el dorso de la mano y entonces ocurrió la fractura. El reflejo no era un hombre, era un inventario. —Mírate —dijo Arroz, su voz emergía del espejo con la frialdad de una navaja—. Todo este diseño, toda esta geometría de la venganza, para terminar estrellado contra un poste de alumbrado público. La naturaleza humana no es más que un error de cálculo, Rivera. Somos arquitectos de nuestra propia caída, y lo único que nos diferencia de los animales es que nosotros disfrutamos trazando los planos del desastre. —Cállate —gruñó el Mono, cuya imagen se solapaba con la de Arroz, con la casaca de cuero todavía manchada por el vómito y del rechazo. La naturaleza humana es el asco. Es el hambre. Es el instinto de morder antes de que te muerdan. En el fondo, Rivera, lo único que querías era que ella te viera, pero te vio tanto que terminó vomitándote el alma. Somos bestias que visten traje, y la sangre que te corre ahora es la única verdad que has tenido en dieciséis años. —No les hagas caso —susurró Falaz. Aparecía entre las grietas de los otros dos, con la mandíbula todavía temblando. La naturaleza humana es la simulación. Existimos solo en lo que los demás creen de nosotros. Si mañana decimos que el poste se movió, el poste se habrá movido. Si decimos que Patricia nos amaba, nos amó. La verdad es una enfermedad, Rivera, y el zapato que caminaba solo era la única forma que tenía el universo de decirte que ya no quedaba nada dentro de ti. Javier Rivera cerró los ojos y apoyó la frente ensangrentada contra el vidrio frío. Sintió el flujo de la conciencia invadiéndole el pecho, esa melancolía fantástica donde ya no hay puntos ni comas porque… aquí estoy viéndome desaparecer en tres pedazos que no encajan en este espejo que no es un objeto sino un umbral hacia el vacío mientras el frío de afuera se burla de mi pequeña tragedia y eso es todo nacer es una falta de tacto y el hombre es un animal que ha perdido su jerarquía entre los seres y yo soy el mejor ejemplo de cómo el vacío puede aprender a usar corbata y chocar un sedán blanco de la forma más barata he perdido mi lugar en mi propio cuerpo que ahora es un campo donde batallan los fantasmas de estos jóvenes que se disputan un par de manos suaves y heladas y me hundo en esta prosa de nostalgias que caminan por las calles que ya no existen con esa resistencia de la loca que se sabe perdida pero se maquilla para el naufragio total y siento que mi mente es un mecanismo infinito de pasillos y bibliotecas donde en cada habitación hay una versión de mi fracaso y siento que el punto seguido es una tregua que no me merezco porque si me detengo me alcanza el eco del poste de luz que me está esperando en cada esquina de la memoria y es que el choque no fue un accidente sino una necesidad metafísica el momento en que el mentiroso tuvo que morir para que yo pudiera ver la estructura de mi propia nada y qué asco me doy cuando el mono ruge dentro de mi pecho con el olor del vómito de Patricia pegado a la idea de que soy un animal nauseabundo con uniforme que soñó con ser amado y despertó siendo una mancha maloliente en la casaca de una historia ser la tercera parte vomitada de un esquizofrénico qué horror y me veo desde arriba como en un sueño donde mi casa nueva es un laberinto y yo soy ese minotauro ciego que cuenta sus propios pasos para no volverse loco clac clac clac un minotauro ciego recorriendo los laberintos oscurísimos de una casa desconocida por nueva desconocida por desconocida un minotauro ciego corriendo por un laberinto con tacones clac clac clac el ruidito en el sótano de mi cráneo recordándome que la consciencia es una enfermedad para los lisiados del alma mientras Patty baila sola en el petricor de la madrugada de un vestido enfermo y hecho jirones de mentiras y vidrios rotos sobreviviendo a la lucidez de saber que no somos nada más que un inventario de ausencias un desfile de sombras que se creen personas mientras el agua fría de este grifo no puede limpiarme de las tres existencias de los tres hablantes en mí de la falta de decoro mañana mañana mañana seré de nuevo ese simulacro perfecto que saluda y sonríe mientras por dentro soy un incendio silencioso una explosión de sillar y olvido sin comas ni puntos porque la muerte no tiene gramática Cuando volvió a abrir los ojos, el espejo solo le devolvió un rostro cansado, vacío, una cáscara rota en una casa que ya olía a olvido. VIII A la mañana siguiente, el sol de Arequipa brillaba con una insolencia radiante, como si la noche anterior hubiera sido solo un mal sueño. En casa de los padres de Patricia, el aroma a café y pan de tres puntas llenaba el comedor de diario. Patricia estaba sentada a la mesa, ocultando su palidez tras una taza de leche. El cuerpo le dolía como si hubiera pasado por una prensa hidráulica, pero milagrosamente, el taxi la había dejado entera frente a su puerta. Su padre dobló el diario El Pueblo con una parsimonia marcial. Miró a su esposa, a su hijo Beto y luego a su hija, con una expresión que navegaba entre la decepción y una ironía casi cómica. —¿Vieron la noticia? —preguntó, sorbiendo su café—. Un sedán blanco, hecho un acordeón contra un poste. Dicen que el chofer se bajó y se fue caminando como si nada, todo ensangrentado. La madre de Patricia, que terminaba de untar mantequilla en un pan, soltó una risita seca mientras negaba con la cabeza. —Ay, Paticita —dijo la madre, mirando a su hija con una ternura burlona—. Y pensar que ese era el imbécil que supuestamente te estaba enseñando a manejar.

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