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Me muero por verte
Hace tiempo que dejó de dolerle la indiferencia. Al comienzo, le resultó muy difícil. Lloraba en silencio. No entendía como aquella misma gente que lo trataba como a un rey ahora lo menospreciaba. Aprendió a no hundirse en pensamientos negativos, cuando sentía que la melancolía venía a envolverlo, cerraba los ojos y trataba de recordar los momentos felices.
Rafael Rojas
11 de marzo de 2026
9 min de lectura
En el suelo, cerca de la entrada a la ciudad, ve a la gente pasar. Tiene hambre y sed. El cuerpo no le responde como antes. Le cuesta levantarse para pedir alguna caridad. Se siente más cansado que de costumbre. Esa zona, al ser la más transitada de la ciudad, está llena de gente. Mucho comercio, sobre todo de aquellos que vienen a vender sus mercancías. A pesar de eso, pocos reparan en él y aquellos que lo hacen prefieren ignorarlo, lo evitan como si fuese un montículo de basura que interrumpe el paso. «¿Está muerto?» le preguntó un niño a su padre mientras trata de hincarlo con un palo de madera. «No te acerques. No vaya a tener alguna enfermedad» dijo el padre alejándolo.
Hace tiempo que dejó de dolerle la indiferencia. Al comienzo, le resultó muy difícil. Lloraba en silencio. No entendía como aquella misma gente que lo trataba como a un rey ahora lo menospreciaba. Aprendió a no hundirse en pensamientos negativos, cuando sentía que la melancolía venía a envolverlo, cerraba los ojos y trataba de recordar los momentos felices. Pensaba en su casa —que era tan grande, que más que una casa parecía un palacio—, en su mamá que era la más bella del mundo, que lo engreía dándole a escondidas su comida favorita. En su hermanito, con el que jugaba todo el día tramando una que otra travesura y con quien sentía —por ser el mayor— el deber de cuidarlo. En su papá, que era su mundo entero, a quien adoraba y de quien no quería separarse jamás. Recordaba sus tardes juntos, cuando lo llevaba a cazar o salían a pasear y veía a la gente saludarlos con tal veneración que no terminaba de sorprenderlo. Sabía que su familia era una de las más importantes de la ciudad, pero, aun así, el papá siempre les inculcó el respeto por todos, sobre todo por los más humildes.
Recordando esas cosas, se olvida por un instante de todo, vuelve a ser feliz y prefiere mantener los ojos cerrados para evitar ver la realidad. «¿Cómo llegue hasta aquí?» se pregunta. Y en ese momento recuerda la tarde cuando vio a su papá partir a la guerra. Lo que debía de ser no más de un par de años se alargó tanto que ahora ya perdió la cuenta, cinco, diez, veinte años, quien sabe, a él le parece una eternidad. A pesar del tiempo él siempre alberga la esperanza de verlo. Escuchó repetidas veces que estaba muerto, pero se rehusó a creerlo. Muy en el fondo sentía que iba a regresar, solo esperaba tener las fuerzas suficientes para recibirlo. Decide no pensar en eso y regresa a los recuerdos felices, porque a veces envuelto en los recuerdos puede engañar al hambre y quedarse dormido.
En ese momento un olor familiar lo despertó. Por un momento pensó que estaba soñando. A lo lejos vio a dos hombres acercarse. Tenían el aspecto de ser dos mendigos. Aunque a esta altura no se podía fiar de su vista, por su naturaleza, se guiaba más por su olfato. Cerró los ojos y respiró repetidas veces. Cada inhalada le produjo un dolor en el pecho y la espalda, pero valía la pena porque ese olor era especial. Lo llevaba a su casa, pero, sobre todo, a su papá. «Pueda que este equivocado. No importa, este dolor lo vale» pensó. Cuando los hombres estuvieron cerca, sintió que el corazón se le salía del pecho. Era él, no tenía dudas y a duras penas se levantó.
Al papá le tomó un par de minutos reconocerlo. Tenía que cuidarse de no mostrar ninguna emoción. Iba disfrazado de mendigo. Era parte del plan para retomar las riendas de la ciudad, que por más de veinte años había caído en manos de gente inescrupulosa.
Se levantó del suelo sacando fuerzas de donde no tenía. Movió la cola y las orejas. «¿Eres tú Odiseo?» se preguntó «¡Regresaste! ¡Sabía que lo harías! Mírame, ya no soy el de antes, lo sé. No te dejes engañar por el estiércol, las pulgas o las garrapatas. Soy yo. A pesar de estar viejo y enfermo, sigo siendo el mismo». En ese momento las piernas le empezaron a temblar y tuvo que recostarse.
Al ver al perro, dijo para sí mismo: Argos, hijo, fiel compañero. Quiso acariciarlo, pero se detuvo. Derramó una lágrima que seco rápidamente. No quiso mostrar ningún signo de afecto para no verse descubierto.
«Sabía que volverías» pensó Argos y por última vez se imaginó a Penélope, a Telémaco y dio su último suspiro.
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