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Los flores riojas

Luchito ya no era el mismo del que yo había conocido en la pre, se había vuelto esclavo de su deseo de veneración y respeto y sus ganas de sentirse de alguna manera poderoso, tal es así que con el tiempo nos dimos cuenta de que se había hecho amigo de los clientes de su padre, esos que eran traficantes o comercializadores intermedios, salía con ellos, tomaba con ellos...

Julio César Jerí
07 de agosto de 2026
18 min de lectura
El motor rugía. - ¡Dos mil quinientas revoluciones! ¡Tres mil revoluciones! ¡Cuatro mil revoluciones! - ¡Para! ¡Para! Es el estrangulador del carburador -Dijo Don Lucho en el taller de mecánica que llevaba su nombre. Yo había quedado fascinado de cómo podría lograr, este personaje, porque para mi era todo un personaje, determinar con una precisión casi mágica o como de curandero espiritual de autos, las fallas que se escondían dentro del mundo de los metales armados y de la combustión interna de cada máquina fallida que llegaba a su taller. Don Lucho era un hombre que bordeaba los cincuenta y que había nacido con un don insuperable, desde pequeño siempre se dedicó a armar y desarmar lo que encontrase; y aunque gran parte de su vida trabajó como asalariado en la única compañía de telefonía que había en el país en ese momento, una vez que lo despidieron se dedicó a aquello que le apasionaba. Tenía un taller en San Juan de Miraflores, lo había instalado frente a su casa, en un terreno vacío que alquiló con el dinero de la indemnización que obtuvo una vez lo despidieron y poco a poco se dedicó a implementarlo. Era tan bueno que con el tiempo todos en la zona sur o el cono sur, como se le suele llamar, conocían de su taller. A pesar de su éxito nunca fue tan bueno para los temas de administración y finanzas, por lo que nunca transformó sus habilidades en una empresa formal que emitiera comprobantes y rindiera cuentas a Sunat, eso lo aborrecía, todo lo recibía en la mano. Es por esta razón que con el tiempo lo comenzaron a buscar una serie de personas o grupos dedicados a ciertos crímenes, vamos a decir “intermedios”, traficantes de terrenos de la zona y comercializadores medianos de sustancias alucinógenas, botillerías de contrabando y similar, todos aquellos que no querían que quede registrado de alguna manera lo que pudieran poseer. Puedo decir que nunca se hizo amigo de ellos, solo convivía de manera alejada con la naturaleza de ese mundo, aun así, siempre lo trataban con respeto y cierto grado de lealtad. Don Lucho tenía su hermano, Don Alfredo, que vivía en la misma cuadra, era muy parecido físicamente a él y a veces los confundían. Este era comandante de la policía y había sido durante varios años comisario en San Juan de Miraflores, por lo que conocía bastante bien a los clientes de su hermano, además, como casi todo lo corrupto en la policía del Perú, estuvo un buen tiempo inmerso en la compra-venta de capturas, soplos, detenciones, liberaciones, ocultamiento o inadmisión de pruebas de estos criminales intermedios y seguramente muchas otras cosas que se le parecieran. Estas dos situaciones convertían, a los hermanos Flores Riojas, prácticamente intocables y respetados por quienes los conocieran, y por extensión al resto de su familia. Antes de conocer a esta familia, yo había coincidido con su hijo Luchito años atrás, en la pre de la UNI, él era un chiquillo en ese momento y hasta podría decir que era buena gente. Las matemáticas no se le daban para nada, la verdad no tenía nada que hacer allí, pero Don Lucho lo habría mandado con la esperanza de que algún día lograra algo en la vida. Luchito me solía hablar del taller de su padre, de su afición por los autos, de los trabajos que realizaba con él, siempre aprovechaba cualquier ocasión para demostrar sus conocimientos mecánicos, de marcas y modelos de autos, me contaba de los principales problemas que adolecía cada tipo de auto y cómo se reparaban, pero lo que más le gustaba antes que los autos, era que la gente lo mire con admiración, quería sentirse importante de alguna manera, tratando de convencerte que nadie sabía más que él en materia mecánica, hasta a veces pensaba que inventaba historias para que lo mirase hacia arriba. Una vez que ingresé a la universidad no supe nada de él hasta varios años después que nos reencontramos por estos mismos temas del mundo de los autos y la mecánica. Eran fines de los años dos mil y había logrado encontrar trabajo en una consultora de ingeniería transnacional y me estaba comenzando a ir muy bien. Tenía un amigo del colegio llamado Erick del cual no habíamos perdido el contacto, él había ido a estados unidos a estos programas de work and travel y había tenido dinero suficiente para comprar su primer auto, el cual revendió y logró sacar una ganancia considerable, considerable para nosotros que recién ganábamos nuestros primeros sueldos. Erick me propuso la idea de iniciar un hobby/negocio de comprar y vender autos de segunda y yo ilusionado con la idea me conseguí prestar unos dos mil dólares de mi madre para compramos un auto a medias, poco a poco nos fue yendo muy bien y ya no solo teníamos un sino dos autos a la vez. Así estuvimos un buen tiempo hasta el día que nos tocó ser estafados. Era una camioneta jeep cherokee del 89, hermosa, con gas natural, necesitaba algunos arreglos como decía el dueño, pero lo más importante era que ya le tocaba su bajada de motor. Nos pareció sincero el vendedor y el precio era baratísimo. Nos fuimos a conversar a un lado con Erick para hacer unos cálculos rápidos de lo que nos saldría las reparaciones y habíamos calculado que con la bajada de motor y demás, igual sería una ganga, aun así, le dije que sentía algo de duda, pero Erick me terminó convenciendo. Nos apresuramos en hacer una oferta y al medio día ya nos estábamos llevando la camioneta a la casa de Erick y habíamos decidido que el lunes la ingresaríamos al taller para que la revisen. Nos sentíamos tan bien de ese negocio que compramos unas Pilsen para celebrar, pero el lunes al medio día, Erick me llamó, preocupado. -Estoy en el taller con el mecánico y son malas noticias cholo. -¿Que fue? -Ya no se le puede bajar el motor al carro, ya se lo hicieron como 2 veces y los cilindros ya no se pueden rectificar, no hay pistones para esa nueva medida. -Puta la cagamos! ¡Te dije! -Ya nos cagaron -Hay que buscarle un nuevo motor, mañana iré a Nippon Auto Parts, ellos traen motores de importación. -Pero son japoneses, este es americano. -No sé, algo me dirán y ya veremos. Para nuestra mala suerte le dijeron a Erick que no tenían nada americano y que lo mejor era ir a San Jancito a buscar motores de una jeep que le calce, cosa que Erick hizo esa misma tarde, pero no encontró nada que le dé seguridad, todo parecía estafa y no teníamos idea en que otro problema nos podíamos meter. Pasaron algunos días con el carro tirado sin solución, tratando de ubicar algún taller que venda un motor similar pero no habíamos tenido suerte, en eso recordé a mi amigo Luchito, que si bien no había sabido nada de él en años lo tenía como amigo en el Facebook por lo que decidí escribirle para saber si él me podía dar una mano. Me dio su Nextel, teléfono que salió en los años dos mil que te permitía hablar con alguien directamente sin que contestes la llamada, era como si fuera un intercomunicador de radio de onda corta, similar a los que usaban en las películas de militares. Fui directo al grano con el problema de la jeep. -Lleva la jeep a mi casa el próximo sábado. –Me dijo. –Ahí lo resolvemos. –Con una seguridad que podía creerle todo lo que me dijera. Tal cual, fuimos con Erick el siguiente sábado en la mañana, dejamos el auto en manos de Don Lucho y mientras lo revisaba y hacía unas llamadas nos pusimos a tomar unas cervezas dentro de su casa con Luchito, así retomamos nuestra amistad. A la hora Don Lucho entro en la casa y nos indicó que había conseguido un motor de una jeep cherokee del 90 y que le iba calzar exacto, nos dio instrucciones para gestionar la compra con su contacto y en una semana ya el carro andaba como nuevo. Desde ese día Luchito se sumó al grupo de los revendedores de autos y si bien no le interesaba participar de la ganancia de estos, le gustaba ir a ver autos, participar en la negociación, opinar si era una buena o mala compra, tan solo con escuchar el encendido del auto podría decir si un carro estaba bien o mal, en algunos casos solo se tomaba unos minutos mientras nosotros estábamos examinando el carro y nos decía: -Cómpralo! Esta bueno el carro. -Nos decía. -Cómo sabes? -Ya lo escuché ya. No había cambiado mucho, le gustaba sentirse el experto, el asesor, el dios de los autos, yo creo que con el tiempo era más fanfarronería que otra cosa, si bien era hábil, no lograba a tener la destreza del padre, lo que más le gustaba era sentirse así, admirado, respetado, venerado, esto se había vuelto su adicción y a la vez su perdición. A veces realizaba comentarios como para demostrar que era mejor mecánico de su padre, creo que no le gustaba vivir a la sombra de él. Luchito ya no era el mismo del que yo había conocido en la pre, se había vuelto esclavo de su deseo de veneración y respeto y sus ganas de sentirse de alguna manera poderoso, tal es así que con el tiempo nos dimos cuenta de que se había hecho amigo de los clientes de su padre, esos que eran traficantes o comercializadores intermedios, salía con ellos, tomaba con ellos, si bien nunca participó, hasta donde yo supe, de esos crímenes, le gustaba sentir que conocía a gente que tenía cierto poder, aunque sea en el ámbito del hampa, tenía claro que, entre su padre que le mantenía y arreglaba los autos a esos maleantes y su tío el comisario, quien les tenia registrada todas las fechorías a dichos maleantes, sería intocable y respetado. Siempre venían a pedirle favores. “Habla con tu tío para que ayude con mi causa que lo han denunciado” y cosas así, a lo que siempre respondía con aires de autoridad “yo me encargo”. Los favores que supuestamente les hacía, no los cobraba con dinero, los cobraba con demostraciones de admiración y respeto. Se sentía un poderoso de medio pelo en ese distrito del cono sur. Llegué a pasar mucho tiempo en casa de la Familia Flores Riojas, ya que siempre llevaba los autos que adquiríamos al taller para su afinamiento respectivo. Don Lucho siempre me explicaba los temas mecánicos con mucha paciencia y claridad, se tomaba su tiempo y quería que yo aprendiese todo lo que pudiese, creo que me agarró cariño, era como un padre cuando enseña a su hijo aquello que considera importante. En otras oportunidades cuando Don Lucho estaba muy ocupado, cruzábamos la calle y nos poníamos a tomar y fumar con Luchito en su casa, hablando de nuestros “grandes negocios”. Ahí conocí a su madre, Amalia Riojas, una mujer alta, guapa, cuerpona, que nunca salía sin maquillaje y dueña de una peluquería en la misma calle de su casa. Siempre supo del tipo de clientes que tenía su esposo, pero al parecer prefería hacerse la “loca” y no comentar ni cuestionar nada, después de todo, eso era lo que le permitía mantener a su familia. Había días en que Luchito demoraba en llegar a casa y me tocaba esperarlo un buen rato, la señora Amalia solía aparecerse y ofrecerme algo de comer o se ponía a conversar. A veces cuando me encontraba en la sala fumando me acompañaba, se sentaba en el mueble y cruzaba las piernas mientras se acomodaba el vestido, se inclinaba y estiraba su mano mostrando los dedos medios e índice como señal de que quería que le invitase uno de mis cigarros. –No me des uno nuevo, invítame del tuyo. –Me increpaba. Una que otra vez me ofrecía alguna cerveza como para “amenizar la mañana” como decía ella, tal vez hasta con algo de coquetería. Me había agarrado cariño también, siempre comentaba que admiraba que haya estudiado en la UNI, que sea un profesional. –Ojalá mi Luchito me hubiera salido estudioso como tú. –Me decía. Me hacía sentir como si fuera su hijo predilecto, creo que de alguna manera siempre tuvieron el sueño, ella con su esposo Don Lucho, de que alguno de sus hijos siguiera una carrera universitaria, cosa que nunca lograron con Luchito, ni con su hermano menor ni con la última que parecía estar más descarriada que todos ellos. Solo había visto al hermano de Luchito un par de veces, era un chiquillo de diecisiete que parecía pertenecer más alguna pandilla que otra cosa, tal vez por el corte de pelo, los tatuajes y la ropa suelta con colores extremos que contrastaban para hacerse notar, casi nunca paraba en la casa. Nunca escuche su nombre real, solo le decían “El Sabroso” nombre que le hace justicia a un pandillero iniciado. La hermana menor se llamaba Alexandra, tenía quince años y a punto de cumplir los dieciséis, estaba terminado el colegio. Recuerdo bien el día que la vi, salió descalza de la casa y cruzó la pista hacia el taller de en frente a gritarle algo a su padre que su mamá le habría pedido. Estaba con un short blanco y un polo gris desgastado que casi no le quedaba, lo que solo lograba mostrar su figura más ceñida, traía el pelo con una cola y los pies sucios de caminar sin zapatos por la casa y por la calle. Apenas divisó alguna amiga en la esquina de la cuadra comenzó gritarle con reclamos de porque no la habían invitado a alguna fiesta, reunión o algo parecido, luego siguió avanzando por la calle hacia la peluquería de su madre y comenzó reclamarle a alguna de las trabajadoras que llegaba tarde como si ella fuera la dueña, para finalmente terminar en la casa de su tío, el comandante Alfredo Flores. Acompañaba siempre sus palabras con una lisura o grosería, que no eran ni de una señorita, ni de alguien de su edad, era como una fierecita salvaje a mitad de la calle Olaya en los que la familia Flores Riojas se sentían dueños; y dueños a tal punto de que en alguna ocasión no tuvieron reparos de cerrar la calle para celebrar el quinceañero de Alexandra, con toldo a mitad de la pista, parlantes, cajas de chela apiladas y una patrulla que los cuidase. Era su chacra. Pero este ser femenino de actitudes altaneras y feroces era paradójicamente hermosa, era como un diamante en bruto que se necesitaba pulir. Era delgada, de mediana a baja estatura, con facciones finas, ojos grandes y redondos, seguramente heredados de la madre, la simetría en su rostro era casi perfecta, y tenía un cuerpo que parecía que alguien la hubiese dibujado, definitivamente no parecía tener quince años. Paso por mi delante de vuelta a su casa sin saludar y me dio una mirada fría y fugaz, como alguien que ve un obstáculo en su camino que tiene que sortear y que se le hace indiferente. Durante las semanas siguientes que terminaron sus clases la comencé a ver más seguido, yo nunca la saludaba, ni ella a mí, si bien me sentía atraído por este ser casi contradictorio por su forma de actuar y de verse, solo pensaba que no debería intentar si quiera hacer algún tipo de conversación con esta chiquilla, que seguramente me mandaría a la mierda y si no fuese el caso, alguno de los otros miembros de la familia Flores Riojas me mandaría un estate quieto; y seguramente me podría olvidar de todos los beneficios que tenía con los trabajos mecánicos que me hacía su padre casi sin costo por el cariño que la familia me había tomado. Pero tenía que reconocerlo, no podía dejar de pensar en ella, aun así, siempre me decía a mí mismo, ni te le acerques, no la mires, creo que hasta evitaba respirar cuando ella me cruzaba ignorando mi existencia. Una mañana que fui a buscar a Luchito, la encontré a ella sentada en la puerta de su casa, descalza como siempre, con una caja de gatos cachorros que alguien había dejado. Lo único que atiné a preguntar fue por su hermano de la manera más seria y neutra posible. -¿Está tu Luchito? -No está. -¿Y tu papá?, quiero saber si el auto que dejamos la semana pasada ya está listo. -No hay nadie. –Me dijo. -Ayer se fueron a una fiesta de mi tía en los Olivos y están todos allá borrachos o con resaca y a mí me dejaron encerrada en la casa, ¡son unos malditos! -Tranquila. –Le dije. –Seguro no pensaban quedarse hasta tarde. –Mientras por dentro pensaba que sería mi oportunidad para acercarme un poco más a ella, más aún si no había nadie en la casa, olvidándome por un instante de todas las repercusiones que podría conllevar. -Qué cosa creen que soy muy pequeña para salir, si siempre hago lo que se me da la gana. –Me dijo, con esa voz vociferante que la caracterizaba. Quise cambiar el ritmo de la conversación y comencé a preguntarle por aquellos gatos que acariciaba mientras me hablaba. –¿Te gustan los gatos? -Sí, creo que es la única cosa que me gusta en esta vida, me dan tranquilidad, me dan ternura, ¿a ti te gustan? -Claro. –Y aproveche para contarle sobre una gata que había tenido hace unos años con el mayor detalle posible, quizás así, de alguna manera podría calar en ella algún sentimiento de conexión o de afinidad, ya que definitivamente no teníamos ninguna. –Siempre me acuerdo de mi gata Cicuta. -Que gracioso nombre, me gusta cómo hablas de ella y como hablas conmigo. Comencé a hablarle de la manera más dulce y delicada posible, contarle alguna historia fascinante de como Cicuta casaba ratones y lo aguerrida que podía ser con su presa, pero lo tierna que era conmigo. -Entonces, creo que soy un gato. –Me dijo. -Seguro que sí, tal vez en otra vida lo fuiste y siento que eres una niña muy dulce atrapada en algo que no quieres ser. -Me gusta cómo me hablas. Nadie me había dicho algo así, ni mi familia. Solo ven en mi alguien a quien mandonear o joder. ¡Estoy harta! a veces solo quisiera largarme de acá. -Como te dije, así es como yo te veo, por lo menos en este momento. –Ella solo sonreía. Por un momento este ser vociferante y salvaje se había convertido en una niña tierna que necesitaba ser rescatada de su propia existencia, de esa vida de desorden, frustración y malas juntas, a la cual sin querer su familia la estaba arrastrando. -En ese momento se escuchó la voz de Luchito. –¡Compañero! ¡Compañero! Estoy llegando en unos cinco minutos. –Se me erizó la piel. Era el altavoz del Nextel. -Me tengo que despedir, viene tu hermano. -Mejor, no creo que le guste que hables conmigo. –Tomo la caja de gatos y se metió a la casa, yo solo me quedé esperando en la puerta con la imagen aun de Alexandra sentada y sonriendo. Pasaron varios días y me quede pensando en la tontería que había hecho, será posible que Alexandra le diga a su hermano que estuve hablando con ella, solo por joderlo, ya que su deporte favorito entre ellos era pelearse a gritos. Pensaba que si en algún momento llegaba a increparme le diría que no habíamos hablado nada de malo y aunque era verdad, entre hombres sabemos que ser amable y considerado con una mujer así de la nada es sinónimo de que quieres algo con ella, así que tendría que aceptar mi culpa. Tal vez ella no le dijera nada, solo esperaba que pasaran los días sin que nadie supiese que estuve hablando con Alexandra. Pensaba que aparte de faltar el respeto al susodicho amigo que le gustaba sentirse poderoso iba a quedar como un enfermo. ¿Qué podría querer en una niña de quince años?, aunque no lo pareciese. ¡Nos llevábamos casi 10 años! Habian transcurrido dos semanas luego de ese evento, estaba en el trabajo y recibí una alerta en el Nextel, era un número desconocido, pero como siempre atendía proveedores de distintas empresas no me parecía raro. -Adelante. –Dije con la voz firme que siempre utilizaba para atender las llamadas del trabajo. -Soy yo, Alexandra. Quiero volver a verte.

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