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La hoja en blanco: diez minutos para encontrar mi propia voz

No entendía una explicación y buscaba una solución rápida. No sabía organizar una respuesta y esperaba que alguien diera una pista. Era como caminar por un puente lleno de agujeros y aprender exactamente dónde colocar los pies para no caer.

Mirian Nuñez
19 de agosto de 2026
19 min de lectura
Para Jeremy Eran aproximadamente las ocho de la mañana cuando la profesora Ky terminó de escribir el tema en la pizarra. Yo estaba sentado en mi carpeta, con el lápiz entre los dedos y la mirada perdida entre las letras que acababan de aparecer frente a mí: “Identidad y políticas en el uso de las tecnologías”. La profesora nos indicó que debíamos elaborar un ensayo. No era la primera vez que escuchaba esa palabra, pero en ese momento “ensayo” me pareció una montaña demasiado alta para subirla. —Tienen que presentar su posición sobre el tema y argumentarla —explicó. Apenas terminó de hablar, ocurrió algo que todavía recuerdo con claridad. Mis compañeros comenzaron a escribir. Fue como si alguien hubiera dado el disparo de partida en una carrera. Las cabezas se inclinaron al mismo tiempo. Los lápices empezaron a moverse. Algunos escribían con tanta seguridad que parecía que llevaban el ensayo completo dentro de la cabeza desde hacía días. Yo levanté la mirada. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco compañeros escribían. Al fondo, otros dos ya habían empezado a llenar la segunda parte de la hoja. Miré mi papel. Nada. Volví a mirar la pizarra. Identidad y políticas en el uso de las tecnologías. Volví a mirar mi hoja. Seguía blanca. En ese instante tuve la sensación de que mi hoja se había convertido en un espejo. No reflejaba mi rostro, sino todo aquello que durante años había tratado de ocultar con astucia. Yo sabía sobrevivir en las clases. Eso era diferente a saber aprender. Durante mucho tiempo había sido bastante hábil para salir adelante. Si no entendía algo, observaba a los demás. Si no había hecho una tarea, buscaba una manera de justificarme. Si no recordaba una explicación, preguntaba estratégicamente. Si una actividad me parecía demasiado larga, encontraba el modo de dividirla, copiar una parte, pedir ayuda o hacerla a última hora. Era, de alguna manera, ladino. No necesariamente porque quisiera engañar a alguien. Era más bien una estrategia de supervivencia. Había aprendido a moverme alrededor de mis propias dificultades sin detenerme demasiado a preguntarme por qué estaban allí. A las ocho y cinco minutos seguía sin escribir. A las ocho y siete, uno de mis compañeros ya había llenado casi media página. A las ocho y diez, mi hoja continuaba igual. Entonces recordé algo que Vivi me había dicho unos minutos antes. Ella era la única que sabía de mis temas sobre aprender. —No te compliques. Un ensayo tiene cuatro partes importantes: introducción, desarrollo, argumentación y conclusión. Primero piensa qué quieres defender. Hazte una pregunta o plantea una tesis. Después busca la manera de demostrar tu punto de vista. Asentí como si hubiera entendido perfectamente, pero la verdad era otra. Entendía las palabras. Lo difícil era ordenar las ideas. Nunca presté atención a lo que era un “argumento”. Las ideas llegaban a mi cabeza como personas entrando a una habitación sin hacer fila. Todas querían hablar al mismo tiempo. Una aparecía y antes de poder desarrollarla surgía otra. Después una tercera. Y cuando intentaba atrapar la primera, ya no recordaba exactamente qué quería decir. Miré alrededor; por unos segundos sentí que todo sucedía lentamente. Como si alguien hubiera puesto la escena en cámara lenta. El movimiento de los lápices. El sonido de las hojas. El ruido de una carpeta al abrirse. Un compañero que borraba una palabra. Otro que levantaba la mano. La profesora caminando entre las filas. Yo, inmóvil. Entonces, casi como si estuviera pidiendo auxilio a alguien que no veía, miré hacia arriba. “Espíritu Santo, ayúdame”, pensé- como cuando hice mi confirmación. No sabía exactamente qué esperaba. ¿Una idea? ¿una frase? ¿una inspiración? ¿un milagro? Quizá las tres cosas. Y fue entonces cuando apareció el pasado. No llegó como una película ordenada. Llegó a pedazos. Primero recordé la primaria. Yo era niño cuando tuve una profesora que parecía tener incorporado un megáfono en la garganta. Gritaba. Gritaba para pedir silencio. Gritaba para explicar. Gritaba para llamar la atención. Gritaba incluso cuando ya estábamos en silencio. * Yo aprendí rápidamente que con ella era mejor parecer atento que estar atento. Esa fue una de mis primeras estrategias. Miraba hacia adelante, como que estaba interesado en el tema, miraba la pizarra y soñaba despierto. Asentía. Movía el lápiz. Fruncía el ceño como si estuviera pensando profundamente. Si ella preguntaba: —¿Entendieron? Yo miraba a los demás. Si todos decían que sí, yo también. —Sí, profesora. Aunque, en realidad, no siempre había entendido. Había descubierto algo importante: parecer que comprendía era mucho más fácil que explicar lo que realmente había comprendido. A veces esa estrategia funcionaba. Y cuando funcionaba, yo la repetía. Ahí empezó, quizá, mi costumbre de salir adelante sin enfrentar directamente aquello que me costaba. Después apareció otro recuerdo. Era un profesor distinto. No gritaba. Ese era el problema. Hablaba despacio, muy despacio, tan despacio que mi mente se escapaba antes de que terminara la explicación. Comenzaba con una idea y luego se detenía. Explicaba. Volvía a explicar. Daba un ejemplo. Después otro. Y mientras él hablaba, yo miraba por la ventana, dibujaba algo en la esquina de la hoja o pensaba en cualquier cosa menos en lo que estaba diciendo. Recuerdo haber pensado muchas veces: “Después le brindaré atención”, pero ese “después” casi nunca llegaba. Cuando finalmente preguntaba qué debíamos hacer, mis compañeros ya estaban trabajando. Entonces miraba rápidamente sus cuadernos. Observaba… imitaba. Preguntaba lo indispensable y seguía adelante. Era sorprendente cómo podía avanzar sin haber comprendido completamente el camino. Hoy lo veo con mayor claridad. No era que no tuviera capacidad. Era que mi pensamiento necesitaba una organización que yo todavía no sabía construir. Pero eso no lo sabía entonces. Yo simplemente pensaba que había que arreglárselas. * Otro recuerdo apareció. Una docente nos entregaba hojas. Muchas hojas. Había que completar espacios, unir con flechas, marcar alternativas, responder preguntas. Yo podía trabajar así porque la hoja ya tenía el camino. Solo había que seguirlo; el problema aparecía cuando alguien me decía: —Ahora escribe lo que piensas. Ahí el camino desaparecía. No había casillas. No había líneas que indicaran dónde comenzar. No había alternativas. No había una flecha que me dijera cuál era el siguiente paso. Había solamente una hoja en blanco; como la que tenía delante de mí en ese momento. Y esa hoja en blanco me asustaba más de lo que quería admitir. * A las ocho y quince minutos volví al salón. El pasado desapareció. Mis compañeros continuaban escribiendo. Yo seguía igual, pero ahora entendía algo. Durante años había desarrollado pequeñas habilidades para sobrevivir a mis dificultades. Podía ser rápido para improvisar, encontrar excusas, observar, revisar estructuras, preguntar en el momento exacto. Finalmente, podía hacerme el distraído. Podía incluso convencerme a mí mismo de que no era importante aquello que no podía hacer. Era astuto. Sí, pero también frágil en algo que nadie parecía notar: organizar mi pensamiento. Podía tener una idea. Incluso, podía tener buenas ideas. Lo difícil era ponerlas en orden. Primero una, después otra, luego explicar por qué. Luego demostrarlo. Luego concluir. Aquello parecía sencillo cuando Vivi lo explicaba, pero para mí era como intentar ordenar un cuarto mientras alguien seguía arrojando cosas al suelo. Entonces pensé: “¿Y si escribo sobre mí?” La pregunta apareció de repente. Tal vez podía hablar de aquello que nadie había visto…mi problema con la atención, mi manera de distraerme. Las veces que me había quedado dormido. Las veces que había jugado. Las veces que había pedido permiso para salir al baño. Las veces que había logrado escapar de una actividad simplemente porque encontraba una forma de hacerlo. Y recordé algo todavía más importante: nadie se había dado cuenta. Durante años había conseguido esconderlo detrás de mis estrategias. Dormía en clase y luego preguntaba qué había que hacer. Me distraía y después observaba a un compañero. No entendía una explicación y buscaba una solución rápida. No sabía organizar una respuesta y esperaba que alguien diera una pista. Era como caminar por un puente lleno de agujeros y aprender exactamente dónde colocar los pies para no caer. A las ocho y veinte tomé el lápiz. Escribí una pregunta. ¿Las políticas sobre el uso de la tecnología en la escuela deberían considerar las dificultades particulares de los estudiantes? La miré. No era perfecta, pero era mía. Después escribí mi primera idea, la taché. Escribí otra, la volví a tachar. Respiré. Recordé las cuatro partes que Vi me había explicado. Introducción, desarrollo, argumentación y conclusión: cuatro partes. Solo cuatro. Por primera vez la hoja dejó de parecerme un enemigo. Comencé a escribir. En la introducción expliqué que la tecnología podía ayudar al aprendizaje, pero que su uso también podía convertirse en una fuente de distracción. Después relacioné el tema con mi propia experiencia. En el segundo párrafo conté que durante mucho tiempo había tenido dificultades para mantener la atención y organizar mis ideas, aunque nadie lo hubiera notado. En el tercero expliqué mis estrategias: dormir, jugar, salir al baño, observar a los demás y buscar maneras rápidas de resolver las actividades. Reconocí que muchas veces había sido taimado para evitar enfrentar mis dificultades, pero también reconocí que esa astucia no solucionaba el problema. Solo lo escondía. Finalmente, en el cuarto párrafo escribí que las políticas sobre tecnología no deberían limitarse a prohibir o permitir dispositivos. También deberían considerar que los estudiantes somos diferentes y que algunos necesitamos estrategias distintas para aprender y organizar nuestras ideas. Cuando terminé, levanté el lápiz. Miré la hoja. Habían pasado varios minutos. No era un ensayo brillante. No tenía palabras complicadas. No parecía escrito por uno de esos compañeros que habían comenzado como corredores olímpicos apenas escucharon la indicación, pero era mío. Completamente mío. Entregué la hoja. Esperé. La profesora Ky la leyó. Yo permanecí en silencio. Levanté mi mirada para ver las hojas de mis compañeros y todos tenían más de dos carillas con seis o siete párrafos extensos… Por dentro estaba preparado para escuchar que faltaba algo. Quizá que mis argumentos eran débiles. Quizá que debía mejorar la redacción. Quizá que no había desarrollado suficientemente la tesis, pero la profesora levantó la mirada y me dijo que valoraba la honestidad y la precisión de mi texto. Me sorprendió. No porque hubiera recibido una felicitación. Me sorprendió porque, por primera vez, sentí que alguien había entendido algo de mí que yo mismo había tardado mucho tiempo en comprender. Yo había pasado años encontrando caminos para salir adelante. Había aprendido a ser rápido, observador, astuto y hasta un poco ladino. Había aprendido a escapar de muchas situaciones. Pero ese día descubrí que escapar no era lo mismo que comprender. Y también descubrí algo más. Tal vez aquella fragilidad para organizar mis pensamientos no significaba que no tuviera nada que decir. Al contrario, tenía mucho que decir. Solo necesitaba aprender a ordenar las palabras. Miré nuevamente la hoja. Ya no estaba en blanco. Y pensé que quizá eso era precisamente lo que significaba escribir sobre identidad. No describir quién creíamos ser; sino, atrevernos, aunque fuera por cuatro párrafos, a descubrir quiénes éramos realmente.

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