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La furia de Pachacámac
Sientes un golpe en la nuca y sales despedido hacia adelante, intentas levantarte y entonces llega el siguiente puñete. Un dolor seco y agudo en la boca, sangre sale por la comisura de tus labios, una vez más, no puedes esquivar las consecuencias de sus actos —tus propias consecuencias—, luego otro y otro, el dolor empieza a sentirse como una repetición constante, armónica...
Luis Velito
02 de setiembre de 2026
23 min de lectura
片時雨
狐にしじま
川に沿う
Es de noche y te encuentras —¿te encontraste?— tocando el cemento de una pared mientras caminas, porque eso viste en una serie y te pareció lo más cool del mundo, tambalearte un poco a propósito, como si hubieras hecho un gran esfuerzo, hace frío y fumas esos cigarros negros con olor a canela, solo porque son negros, nada más.
El humo que repartes como señales que nadie lee crea formas en las sombras con que distraerte de otras cosas como la lujuria, los besos apagados. Pero es lo que tu cuerpo pide, llegado el momento, a peores cosas te ha rebajado. Quisieras pensar que es una posesión. Le coges la cara con una mano y te acercas, ¿qué haces pensando entonces? —siempre sobrepensaba— a milímetros de distancia ya solo queda seguir con el engaño.
—¿Por qué te me acercas tanto?
Cuando despertaste ella te estaba deteniendo. La miras y piensas en lo hermosa que es a pesar de todo, te sorprende no querer acostarte con ella, pero aún así querer comerle la boca.
—Porque quería ver tus ojos verdes de cerca, ¿no es evidente?
No lo es, a diferencia tuya no se apoya en nada, ni fuma por pose cigarros negros, pero se te pega, también por pose —solo que nunca acabé de entender cuál—, ¿es porque te crees escritor?, ¿es porque te queda bien el negro?, o quizá solo es un capricho. Quién sabe cómo nace la lealtad. La sola idea de no desearla es un grito en el bosque.
—¡Ah! ¡Estás gracioso, huevón!
Te mira y si bien no es ojiverde, sus ojos arden, conoces esos ojos desde que irrumpió en tu vida, parados los dos frente a una pila de basura y colchones quemándose, tú solo querías ver algo arder, ella estaba desabrigada en el frío y vino a cobijarse, te contó que se había escapado de casa, que no tenía dónde dormir.
Aún sigues queriendo ver algo arder, por eso ella sigue aquí.
—Bueno, siempre nos reímos juntos, ¿no?
—Ya casi no hay siempre entre nosotros, a veces creo que ya no hay nosotros entre nosotros, no sé si me entiendes.
—Imagino que sé a lo que te refieres, pero no va a funcar, tengo que dormir hoy, no es como que sea tu perro, ¿sabías?
—Lo sé, no eres mi gato, pero me querías besar hace un rato. Debes pagar peaje por eso. Quiero hacer algo distinto esta noche.
Identificas el mecanismo, una vez más quiere crear un recuerdo, no sabes por qué esa manía de construir cosas que recordar, cosas "épicas", no tienes ganas ahora mismo de sentarte a ser copiloto en una pista que intentas olvidar. Solo intentas conversar de cualquier cosa hasta escapar al centro.
—Dormir sería algo distinto, ¿sabes?
—¿Juntos?
—Ronco y pateo, además me resulta difícil compartir la cama, por cierto, hablando de gatos, ¿cómo está Smirnoff?
Ella tenía un gato gordo y gris, parecido a un ruso azul, llamado así, seguro si adoptaba otro le pondría Beefeater o Johnnie Walker —¿Json? ¿Ajax?—.
—Déjalo comiendo ratas tranquilo al gato. Y sí, te estoy viendo patalear desde hace rato porque no te besé.
—¡Ya estás hablando huevadas!
Caminan doblando a la derecha en cada esquina, Lima es uno de esos laberintos que se sortea doblando siempre a la izquierda, la garúa los esconde como siempre, sientes una mano en tu cabeza, te despeina, por un segundo el impulso de levantar la cabeza y pegarla a la mano.
Te sobrepones y te apoyas en la pared, ella se apoya a tu costado, huele a tabaco, una mujer no debería oler así, pero no te disgusta —¿realmente me gustaban las mujeres así entonces?—, igual te sentirías mejor no teniéndola tan cerca a veces.
Hay algo en ella sin embargo, la miras y desaparece detrás del humo del cigarro que acabas de prender.
—Dame un cigarro, Dextre, estás fumando solo.
—Anda, cómprate, ¿quieres? No soy millonario.
Te quita el cigarro que tienes en la boca, se lo queda, te mira como retándote a recuperarlo, pero ahora debe tener labial barato en el filtro.
—Sé que te gusta el negro, pero, ¿debes fumar esta cosa con sabor a canela?, la mujer entre los dos soy yo.
—Si no te gustan deja de robármelos, me harías un favor.
—¿Sabías que hay un portal a otra dimensión en Canevaro? La gente se pierde y ve cosas extrañas, dicen que ahí no se sintió el terremoto.
—Sigues hablando huevadas.
Pero tú también tienes tus cosas, tu sistema de creencias —En ese entonces tenía metido todo eso de Pachacámac, ¿no?—, todas las tonterías que habías leído, que en el fondo te preocupaban de verdad.
—"Supuestamente Lima y toda la costa eran dominio de Pachacámac, los temblores son una muestra de su furia dormida, cuando se canse de nosotros su furia destruiría a los idólatras"—. Eso es lo que te habían dicho los tipos esos en el Centro Cultural, luego los habías vuelto a encontrar en otros lugares, pero habías evitado hablarles para no asustarte más con sus historias.
Incluso si eso no fuera cierto, sospechas que alguien anda demasiado fastidiado últimamente, el terremoto, nada es casual, de noche Lima camina en puntillas, este silencio es prueba.
¿Cuál es el límite de su paciencia? Hemos tenido una muestra, pero las cosas no volaron en pedazos, no crees que esté haciéndose el cojudo todo este tiempo, sospechas que la depravación de Lima no es suficiente. Está garuando de nuevo, y las casas son grises de noche, solo las luces naranjas de los postes iluminan el camino, como buen diseñador sabes que el naranja combina con el negro, te agrada.
—Me gustaría ir a ver esos portales, los de Canevaro.
—Buena suerte, me traes un recuerdo.
—¿De qué hablas? ¡Vamos! Una mujer delicada como yo no puede ir sola hasta allá.
Están parados en Quilca, deben ser más o menos las once, un gato —gris para variar— se cruza, ves cómo se distrae, tu manera de mirarla de reojo es una señal que ella no entiende, sabes que no debes esperar una reacción, pero te da flojera decir las cosas de frente.
—¡Mira! Ahí va Smirnoff, vamos a seguirlo en vez de ir a hacer esa otra tontería —le dijiste con la esperanza de distraerla persiguiendo un animal extraviado otra vez.
—Te voy a patear el cerebro como sigas haciéndote el huevón, ¡vas a ver!
Te sientes derrotado y responsable, cierras los ojos y por un segundo la ves temblando, con un polo pequeño y leggings pegados, también era de noche entonces, pero el fuego de la basura quemándose combinaba con Lima, vuelves a abrirlos y te das cuenta que nada ha cambiado demasiado.
—Si quieres ir, deberíamos empezar a caminar, ya es tarde.
—¿Qué pasa con esa voz? ¿Te molesta acompañarme?
—Me molesta existir hoy día, no es personal.
Se van internando en la noche, cada tantos pasos se atrasa y se coloca del otro lado de donde estaba, pareciera que orbitara en relación a ti, es gracioso pensar que tienes tu propio satélite, pero es peligroso, ya sabes qué significa una Luna para las mareas. Te confunde, nunca sabes por dónde va a decidirse a atacar. Arrastrado por la fuerza de esa marea, sales a una Wilson inundada de luces de neón.
Te ocultas el hecho de que hay hilos que te manejan sin que los puedas cortar —claro, tú siempre has sido la víctima, ¿no?—, ella sabe que estás pataleando en el agua.
—¿Te doy vergüenza? Seguro que sí, cuando piensas en cómo nos conocimos, ¿te acuerdas que nos acostamos ese día? —¿Siempre había sido así de insegura?— parecías más interesado entonces, pero igual no te vas.
—Tengo una vida fuera de tu cama, ¿sabías? ¿Quizá estoy fastidiado por otra cosa?
—¿Y cuáles son esas otras cosas? ¿No puedes decidir entre si rosado o melón?
Por primera vez te ríes, la miras, está descuidada, pero su belleza pasa por encima del descuido, ella no es la que te da vergüenza.
—Tu ropa no combina.
—Perdóname por no ser tan femenina como tú.
—¿No es ese mi polo? El que llevas puesto.
—¡Oh no! ¡Me descubriste! A veces me llevo tu ropa cuando me quedo en tu cuarto.
Todavía sabe qué botones tocar, pero ahora no estás tan convencido de que no la estés ayudando, sales a la calle con los botones expuestos.
—Eres una machona, ¿qué puedo hacer? —le dices para ver si se ofende en verdad.
—Entonces debería ir yo arriba.
—Sabes que con esa no es la frase ganadora que estás pensando, ¿no?
Esta vez se ríen los dos, pasan por una calle de una sola vía, casi no hay vereda, los carros vienen en sentido contrario al suyo, caminas por la pista, de vez en cuando las luces de un carro te obligan a pegarte a la pared, pero las cosas han cambiado, ya no te aprovechas de lo pequeña que es para arrinconarla, pero ella estira la cabeza y las palabras te llegan.
—¿Qué pasaría si fuera yo la que dice que no?
—Ni mierda, la verdad. —Pero lo dices demasiado enojado, te sigues vendiendo.
—Ya tengo mi respuesta. —Y sonríe.
Siguen caminando, enciendes otro cigarro, piensas que conoces el futuro, pero no sucede, en cambio encuentran una emolientera y se detienen a comprar. Obviamente sería más épico decir que van a tomar ron de a pico de la misma botella, pero no es así.
Pasan por Plaza España, alguna gente todavía está tomando en el parque, hay quienes escapan de ahí al centro, buscando los lugares de presión atmosférica baja, se cruzan con ustedes, nadie levanta la cara, se evitan, y es la única manera de relacionarse que tienen, en la ausencia.
En una esquina ellos, con sus insignias puestas, probablemente repitiendo como todos somos partícipes en la herejía, todos contribuimos a acumular la furia de Pachacámac. Muchos más de ellos desde el terremoto, felizmente no necesitas cruzarte con ellos.
—Creo que no he probado un emoliente tan decente en mucho tiempo.
—Más rico es cuando tú no pagas, ¿no? —le contestas, evitando su mirada.
—¿No puedes invitarme acaso?
—Teresa, Teresa, ¿qué voy a hacer contigo?
Llegan al cruce de Canevaro con Arenales, al final hacen lo que ella quiere, y ahí está la trampa, a fuerza de encontrar el camino de menor resistencia —es tonto cómo recuerdas esto con ternura—, terminas chocándote con las piedras.
Negocios cerrados, un carrito de pollo más allá, algunos perros, ninguno ladra, las luces naranjas también combinan aquí con la calle, sin embargo hay rincones oscuros —aún te asustan los espacios oscuros, desconocidos—, es lo primero que observas, el lugar de la emboscada, ella en cambio busca como si estuviera esperando encontrar un letrero.
—Bueno, aquí es, ¿no? —le dices, la miras moviendo su cabeza como un cachorrito perdido.
—Claro que sí, aquí es supuestamente, pero no sé, ¿sientes algo?
—Sí, siento que haberme ido a dormir hubiera sido más emocionante. ¿Cómo se supone que funciona esta huevada?
—Supongo que tenemos que pasar por aquí, como que distraídos, ¿no? —Te mira con la cara torcida, haciendo una mueca que ella considera es la representación de alguien distraído.
—¿Cómo te distraes si estás esperando algo?
—Bueno, pasemos nada más entonces.
Dan unos pasos en la intersección y sientes como si la gravedad entre ustedes cambiara, algo como sentirla desaparecer, ser reemplazada por aire, los perros empiezan a ladrar, la luz no ha cambiado pero ahora es más insoportable, como si hubiera dejado de combinar con el negro de Lima de noche, es una luz que no deja lugar a esconderse.
—Vives pensando en el fin, ¿no? —comienza a decir con una voz automática, ausente, aburrida de decir cualquier cosa antes de pronunciarla— en una incertidumbre que, la verdad, es inútil. Esforzando tu pequeño cerebro en descifrar algo que ni siquiera puedes leer.
—¿Cómo? —le contestas confundido.
Ella está parada en medio de las luces naranjas que se cruzan como si ese fuera un centro, mirando hacia arriba, al centro del círculo, sus palabras son lentas, espaciadas, como si estuviera entonando.
—Todo puede ser, menos lo que estás pensando ahora mismo, tus minúsculas rebeliones, tus mezquinos deseos, incluso lo que haces a oscuras cuando piensas que no te ven, nada de ese infantil comportamiento le molesta.
Un escalofrío recorre tu espalda, no esperabas escuchar nada de eso, lo que tienes delante no es la que juras que quieres dejar atrás —¿entonces por qué me molestaba?—, tu respiración deja de ser profunda, una gota de sudor frío cae, se te queda en el zapato.
—No sé qué estás planeando con esto.
Levanta sus manos y baja la cabeza, te mira, y en esa mirada no ves los colchones quemándose, ves hielo más bien.
—Estás esperando que todo estalle, pero eso no va a suceder, Lima es algo más grande de lo que puedes manejar, estás confiado porque puedes orinar en sus heridas, atraer las moscas, pero...
Decides empujarla fuera del centro antes de que termine, sientes cómo su peso cambia, algo ha dejado de estar vacío ahí dentro —¿Todo esto realmente pasó así?—, es una sensación física.
—¡Carajo! ¿Qué chucha tienes? ¡Casi me matas, huevón!
—Sorry, te quedaste parada como si estuvieras en trance. ¿En qué estabas pensando?
Ella está hablando, pero no registras lo que está diciendo, existe una justificación para ello, pero es una que no tienes clara, aún estás temblando, quizá solo evitas que te digan lo que ya sabes.
—La verdad en nada, siento que entramos y me empujaste. Si quieres contacto físico conmigo, a unas cuadras de aquí hay hoteles.
—No, ahora no.
—Aburrido...
Empiezas a caminar para que te siga, sabes que no se va a quedar sola, pero ella empieza a caminar en sentido contrario, das unos pasos más pero ella sigue caminando, no te queda otra que correr y alcanzarla, sigue de camino a Salaverry, a esta hora es más peligroso por ahí, pero el bloque de hielo a tu costado no va a atenerse a razones.
—Deberíamos ir por el otro lado, el Campo de Marte es más peligroso a esta hora.
Nada, no te contesta, tampoco te mira, como si no hubieras dicho nada. Cada esquina es más sospechosa por aquí, demasiados ángulos muertos, lugares donde esconderse a esperar.
Intentas agarrarla por el brazo pero se suelta, hay una sensación indescriptible que te causa ese gesto, está decidida a seguir por ahí, justamente porque tú te esfuerzas en ir por otro lado. Sabes que la respuesta es irte nada más, pero ¿la dejarías sola? —nunca me ha gustado la idea de quedarme solo tampoco— ¿es deber hacia su seguridad? ¿o es algo totalmente distinto? Recuerdas las palabras en Canevaro "tus minúsculas rebeliones", ahora supuestamente eres un hombre pequeño y mezquino, aún así tratas de evitar el desastre de la única manera que sabes, pensando en ello para que no puedan igualarse la alucinación y la realidad.
—¿Ves a ese tipo sentado allá?
Por primera vez te das cuenta de que hay gente andando, pero están borrachos, es evidente, tambalean como si hubieran visto contigo la serie, hay uno que está sentado en el letrero de la calle, a ese se refiere.
—¿El borracho?
—Sí, es más guapo que tú... me gusta.
Ya estás cansado de estas niñerías, además es una excusa tan buena como cualquier otra para huir.
—Qué bien, buena suerte. —Es lo único que alcanzas a decir.
—¿Ni siquiera te vas a poner celoso?
Ella no entiende, espera que estalles, tus manos endurecen, pero no quieres demostrarle sin lugar a dudas que sus jueguitos te molestan. Pone cara de ofendida, pero te quedas callado, es solo otra de sus estupideces. La certeza de que esto es un juego para ella te molesta —todas las cosas fáciles siempre me han sido sospechosas—. Ella parece no entender que sus palabras tienen peso.
—Eres libre de hacer lo que gustes, nada de lo que haya pasado entre nosotros ha sido porque yo sea posesivo.
No te contesta, se va corriendo donde el borracho que estaba sentado. No quieres acostumbrarte a su silencio, podría acostumbrarse ella a usarlo, si no obtiene lo que quiere de ti, no lo usará más. La ves tocarle la cabeza, con la garúa cayendo, bautizo, crees que ya encontró una nueva víctima por esa noche —¿me molestó ese cambio?—, una terrible sensación de alivio te recorre el cuerpo, estiras la mano como haciendo adiós y te volteas para irte, solo.
Sientes un golpe en la nuca y sales despedido hacia adelante, intentas levantarte y entonces llega el siguiente puñete. Un dolor seco y agudo en la boca, sangre sale por la comisura de tus labios, una vez más, no puedes esquivar las consecuencias de sus actos —tus propias consecuencias—, luego otro y otro, el dolor empieza a sentirse como una repetición constante, armónica, te golpea con una furia que sientes ya haber presenciado antes, pero no ahora, algo que has imaginado para el futuro —¿era esa la furia de Pachacámac?—, sientes una rabia que solo se calma con la idea de que al fin el camino de menor resistencia es viable, no contestar, darle la contra a la voz que te repite desde que empezó la noche todo aquello que no quieres ver —me estaban sacando la mierda, ¿seguro que no hice nada?—, levantas la cabeza solo para recibir otro golpe, ves su cara decepcionada, sabes que de este modo puedes escurrir el bulto.
—Bueno, ya le saqué la mierda, ni siquiera intentó defenderse —lo escuchas decir.
—¡Eres un imbécil!
—¡Fuera! ¡Provocadora de mierda, solo hice lo que me pediste!
—Tú no, pobre idiota...
Ves cómo lo empuja y se te acerca, tiene una botella en la mano, no es nuestra, como todo lo que te ofrece, como todo lo que puede ofrecer, es robado —pero el robo mayor es el que hacía yo de su vida, ya ni sé qué es de ella, no importaba lo poco que me exigía, lo que importaba es que yo no tenía nada que darle—, te la acerca a la boca.
—¡Toma! Para que se te pase el dolor.
—Saca eso, ¿qué más ganas con esto? Ya obtuviste lo que querías, siempre te voy a dar lo que quieres según parece.
—¡Nunca me das lo que quiero, huevón! Lo peor es que piensas que me das la contra así, ¿quién te ha dicho lo que tengo en mente? Nunca quieres reaccionar, ¡cojudo, esa también es una reacción!
Desnudo ante esa verdad te congelas, asumes lo que no sabes y actúas en consecuencia, sin ninguna guía, el terror de no entender realmente lo que estás haciendo, de haberte equivocado desde un principio —¿Desde la fogata? ¿realmente escapó? ¿No tenía dónde quedarse?—, ¿desde cuándo estás enredado en estos hilos? Nada sabes.
En este momento, lo único que sabes que es realmente tuyo, es la sangre que aún sale por la comisura de tu boca.
—¿Sabes? Me gustaría ser dulce contigo —te dice mientras te hace piojito, enredando tu pelo, casi acariciándote el rostro.
—¡Déjame! —y mueves la cabeza, interpones el brazo entre ustedes.
Ella se queda muda, te mira como un perro al que le has tirado una piedra pero aún quiere seguirte, aún sientes responsabilidad.
—No vuelvo a acompañarte a ningún lado de noche —te ríes, la miras de costado y encuentras una respuesta—, demasiado violento andar contigo.
En vez de limpiarte la sangre la embarras en tus labios, te le acercas y la besas —esta imagen es tan buena que temo no estarla recordando de verdad—, esto es algo difícil de olvidar, además, ya va siendo hora de que nos demos lo que queremos.
—¡Oye, Dextre! —en sus ojos una dulzura que le sienta bien—. ¿Sabes que hago todo esto porque te quiero? ¿No?
No se imagina las ganas de mandarla a la mierda que tienes, no lo haces, porque sabes que dirá que eso es lo que quería todo el tiempo.
—Llámame por mi nombre, ¿quieres?
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