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Josué
Va directo a las duchas. Se lava bajo el flujo de agua fría que desciende por su cuerpo; se siente vacío, tonto. Se refriega como intentando apagar un fuego interno intenso que no mengua con nada; es irrefrenable y le palpita desde el ano. Sale de la ducha y se seca. Va a su casillero, saca su mochila negra y se viste rápidamente.
Ricardo Flores
13 de abril de 2026
14 min de lectura
¿Cuántas veces más será necesario volver?, se preguntaba Josué mientras empujaba la puerta de entrada y subía la escalera roja de todos los fines de semana. Arriba, en el mostrador, el mismo joven de siempre viste un bividí rojo y lleva la misma sonrisa cómplice en su rostro. —¡Feliz aniversario! ¿Te registraste con el QR? Josué, ¿no? —Sí, Josué Rodríguez.
El joven del mostrador revisa en la tablet y le extiende la mano con las llaves del locker. Le roza la palma de la mano con las yemas de los dedos; un aroma cotidiano se percibe en el ambiente. —¿Trajiste tus toallas? Hoy no damos el servicio, lo recordaste. —Sí: mi toalla, mi ropa interior, mis sandalias y mis condones. Sonríe mirándolo a los ojos; el muchacho suelta una carcajada y le dice: —Eres un terrible.
Toma las llaves, se da media vuelta y camina unos pasos. Mira de arriba para abajo y murmura: «setenta y tres». Se agacha; las rodillas le crujen y apoya las manos en el piso para no caerse. Se mantiene de cuclillas y pone su mochila delante. Abre el casillero, saca una toalla azul marino y la deja colgada en la puerta. Se incorpora; le crujen las rodillas y frunce el ceño, vuelve a murmurar: «concha su madre». Se quita el short y, por primera vez, decide atreverse a usar un suspensor en público. Siente vergüenza, sí, pero la decisión pesa más. Nada que un gin-tonic no pueda corregir. Guarda su ropa en la mochila. Saca los condones del bolsillo delantero y los mete en la parte frontal del suspensor. Coge su vaporizador y le da un par de hits que lo llenan de alegría. Mete todo dentro del casillero, se coloca la llave como un brazalete en el brazo derecho y empieza su periplo arrastrando los pies con sus sayonaras marrones. No le incomoda mostrar sus rollos, ni las cicatrices en sus pies, ni la de su vientre; más bien intenta mantenerse erguido mostrando su espalda prominente.
Avanza en dirección al baño, llega al urinario y, mientras mea, mira hacia las duchas y observa el panorama. Dos jóvenes con abdómenes de campeonato bajo las duchas de la derecha se frotan el cuerpo, deslizando sus manos sobre sus miembros. En la ducha del frente, un tío grande y peludo, con gesto adusto, al que apenas se le pueden ver los testículos. Josué se acerca al lavatorio y se lava las manos. No deja de mirar el pene arqueado de uno de los muchachos y la panza del gordo. Ambas cosas lo excitan. Se lame los labios y se dirige a la cámara seca. Tras cinco pasos, empuja la puerta de madera, entra y deja que se cierre detrás de él. Se siente observado; usar el suspensor lo incomoda. Mueve la cabeza, mira a todos lados y se apoya en la pared, tapándose el culo, colorado de vergüenza. La primera vez siempre es dura.
Fija la mirada en un chico joven delante suyo, sin pestañear, como si quisiera poseer su esencia. Está sentado encima de su toalla con las bolas al aire mientras su mano agita con ternura su acalorada criatura. Su pecho es lampiño como sus piernas y tiene una pancita cervecera. Josué no deja de mirarlo, pero el chico sigue en lo suyo sin mirarlo, disfrutando de exhibirse mientras todos lo observan lujuriosos. Josué intenta tocarlo, pero el joven le quita la mano. Se retira derrotado, frustrado por ese primer intento fallido. «Esto siempre es prueba y error», se decía.
Ingresa a la cámara de vapor armado de valor; pareciera que la derrota lo empodera a lograr el propósito de la noche. Sabe que tiene recursos para conseguir lo que desea. Si no es un chico lindo, al menos una buena pieza. «Siempre hay un roto para un descosido», se repetía como un mantra. En el vapor, el olor a eucalipto se mezcla con el del sudor. Los distintos especímenes que pululan la fauna saunera se disuelven en imágenes desenfocadas de cuerpos desnudos. Un conglomerado de carne entre el vapor, buscando contacto, placer y ¿cariño?
Tras unos minutos, va a la cabina contigua y empuja la puerta. Allí el vapor es menos denso y produce menos calor. La sala es más pequeña. Hay una banca que termina donde comienza la ducha y un par de regaderas. Josué se mete debajo de una de las duchas, cuelga su toalla en la del costado y un chorro apretado de agua empieza a caer sobre su espalda. Dos individuos sentados en la banca al lado de las duchas se masturban delante de todos los que entran. Josué los observa desde las duchas; ninguno le resulta atractivo. Sale de la ducha y se coloca enfrente de los dos onanistas. Se queda mirando sus falos rectos y delgados; parecen como si quisieran decirle algo. Un muchacho ingresa a la sala. Los dos onanistas se tapan en el acto. El muchacho se coloca al costado de Josué. Los onanistas retoman sus actividades. El muchacho se descubre; lleva una erección luminosa. Mira a Josué fijando sus ojos sin pestañear. Josué le devuelve la mirada. Se arrodilla, le crujen las coyunturas y se precipita a iluminar su garganta.
Sale de la sala de vapor frotándose la boca con la mano derecha. Detrás suyo va el muchacho con una toalla tapando sus atributos. Josué avanza hacia las escaleras del segundo piso. Sube haciendo un movimiento raro con la cintura, como si estuviera bailando, moviendo con gracia el culo mientras avanza estirando las piernas velludas. Llegaron al descanso y, sobre la derecha, está la barra. Tres mesas altas, pequeñas y apiñadas junto a unas bancas altas, una al lado de la otra. Todo en blanco. Tres comensales desnudos, cubiertos con toallas perla, cada uno en una mesa diferente, toman algo mientras miran y escuchan el video de Daddy Yankee que suena: «...suavemente, un merenguito dulce para mí, tú me tocas, tú me tocas, tú me tocas, con un toque sobrenatural...».
Josué ojea la barra sin darle importancia, mira sobre el hombro a los tipos en las mesas y sigue su paso. El muchacho va detrás. Llegaron al final del pasadizo. Unas tiras de cuero negras descienden de la columna que divide en dos el ambiente. Detrás de las tiras hay un pasadizo horizontal con cubículos de dos por tres metros, uno al lado del otro; las puertas son negras con vidrios pintados de rojo para que no se pueda ver lo que pasa dentro. Hay dos puertas abiertas y las otras tres están cerradas. Josué entra en la primera que encuentra abierta; el muchacho lo sigue, mira para atrás como si estuviera buscando a alguien, se queda así unos segundos y cierra la puerta.
Dentro, sentado en la camilla, continúa iluminando su garganta con el muchacho de pie delante suyo. Sus manos suben como áspides que envuelven sus tetillas. El muchacho lo coge del cuello y lo levanta; él se incorpora y lo envuelve con su lengua en un beso que desfigura sus rostros. Josué lo mira a los ojos y le pide suplicante: «Métemela». —¿Tienes condón? —pregunta el muchacho. Josué saca uno de su suspensor y se lo entrega. Luego se escupe la mano y se lubrica el ano con su saliva. Se para en la esquina de la cabina contra la pared y se cuadra; el muchacho arremete sin piedad y se la mete toda. Josué intenta zafarse, pero el muchacho lo contiene, lo empuja contra la pared mientras se la sigue clavando y le dice al oído: «Aguanta, perra, tú puedes».
Veinte minutos después, Josué está sentado en la barra tomando un gin-tonic. Se encuentra solo. El muchacho se fue una vez que se vino dentro. Se despidió con un: «Buenazo, brother». Se enroscó la toalla mientras se limpiaba, le dio la espalda, abrió la puerta y desapareció para siempre, como una sombra blanca que nunca estuvo dentro, pero sí.
Josué tomó casi de golpe todo su gin-tonic, miró la copa llena de hielo y le pidió al barman que le preparara otro. —¿Tu número de casillero? —preguntó el barman. —Setenta y tres —respondió Josué. El barman anotó los datos en la tablet y se dispuso a preparar otro gin-tonic. Una vez listo, se lo sirvió con una sonrisa. Josué le guiñó el ojo y recordó nostálgico cuatro aniversarios atrás: el barman estaba solo en el cuarto oscuro, esperando. Josué ingresó de pronto tambaleándose, a tientas, estirando los brazos hasta que tocó su miembro y, antes de decirse una sola palabra, se enlazaron hasta chorrearse de placer entre las piernas. Josué suspiró recordándolo y tomó de golpe el segundo gin-tonic. Se dio la vuelta de espaldas a la barra y empezó a sonreírle a la gente. El barman preparaba su tercer gin-tonic. Empezaron a aparecer más personas; todos desfilaban mostrando sus atributos. Algunos, como Josué, llevan suspensores, otros llevan toallas y algunos andan con las bolas al aire.
Josué piensa que la mayoría que anda con suspensor tiene algún trauma con su pito: o lo tienen muy chiquito o son impotentes como él. Los problemas coronarios le impiden tomar Viagra. Rara vez consigue resucitar a su pene alicaído; para colmo, solo sucede cuando caga o cuando duerme. Nunca cuando lo desea. Toma su último gin-tonic con la misma velocidad que los anteriores. Se pone de pie y abandona la barra. Cruza entre el tumulto de hombres desnudos que están parados entre las mesas mientras suena un video de Pink: «Right, right, turn off the lights. We gonna lose our minds tonight».
Llega a las escaleras y desciende en dirección a las duchas. Se cruza con algunos que suben a la fiesta. Josué no se siente cómodo con la bulla ni con la gente que está arriba; se siente muy solo. Va en dirección a su casillero; ahí saca su vaporizador y da un par de caladas que harán su existencia más agradable el resto de la noche. Omite el tour por la cámara seca y se va directo a la sala de vapor. El vapor está menos denso, la temperatura ha disminuido un poco y se pueden ver los rostros de la gente. Se queda parado en el centro unos segundos, inhala profundo y tose fuerte un par de veces. Se vuelve en dirección a la cámara pequeña y encuentra a un grupo de gente divirtiéndose.
Se queda observando, intenta acercarse a uno y le quitan la mano de inmediato. Se incomoda y abandona la sala de vapor. Empieza a sentirse tonto, viejo y gordo. Ni su éxito temprano le devuelve la seguridad y empieza a cubrirse con la toalla; abandona de pronto su pose de autosuficiencia y vuelve al segundo piso a intentar confundirse con el tumulto. Se encuentra con un muchacho conocido con el que solía jugar, pero este ya no le da bola. —¿Cómo estás, bebé? —lo saludó tocándole el poto. Josué sonríe y se deja manosear. Se aburre rápido y entra al pasadizo de los encuentros, donde un muchacho parado en una de las puertas abiertas empieza a tocarse ni bien lo ve entrar. Josué se acerca, lo coge de la verga, se lo lleva dentro de la cabina y cierran la puerta. El muchacho abandona la cabina diez minutos después; Josué se queda sentado en la camilla. «Qué mal viaje», pensaba. Se paró con el rostro ensombrecido y caminó en dirección al bar. Allí se pide una cerveza y se la bebe de pie mirando al barman, tan rápido como los gin-tonics. Se le caen los hombros y su piel se pone pálida. Deja la botella sobre la barra, trastabilla al empezar a caminar y baja las escaleras.
Va directo a las duchas. Se lava bajo el flujo de agua fría que desciende por su cuerpo; se siente vacío, tonto. Se refriega como intentando apagar un fuego interno intenso que no mengua con nada; es irrefrenable y le palpita desde el ano. Sale de la ducha y se seca. Va a su casillero, saca su mochila negra y se viste rápidamente. Guarda su toalla envolviendo su suspensor en ella. Baja las escaleras rojas una vez afuera succiona cinco veces seguidas su vaporizador y tose asfixiándose unos instantes, agita la cabeza para todas partes y se sube al taxi.
Se demora en abrir la puerta de su apartamento, saca el llavero, elige la llave más larga, abre la puerta, su perro salta de emoción mientras él avanza y lo ignora, deja el llavero colgado solo en la barra de ganchos, toma un vaso de agua y desaparece en la oscuridad preguntándose ¿Cuántas veces más será necesario volver?
***
Su cerebro está tomado por un pene hermoso, venoso y duro. Ahí reside la fuente de su placer. A ciegas tantea en medio de las tinieblas y mueve los brazos en el vacío buscando encontrar la primera verga de la tarde. Escucha el suspiro de alguien sobre su derecha y voltea con la mano dispuesta a coger el primer falo que caiga en la trampa. Cabezón, cuerpo corto. Se agacha y lo lame despacio, posa sus labios lentamente y abre la boca hacia la profundidad de la noche en una mueca de placer en el rostro del navegante. Se incorpora lentamente, intenta besarlo y lo rechazan; él insiste y le dice al oído: —Méteme la pinga.
Lo coge de la verga y lo jala hacia la camilla. Se pone en cuatro y lo atraviesa. —Concha tu madre, más despacio, la tienes gruesa. El tipo sigue como si nada y le dice: —Tranquilo, ya va a pasar, aguanta papi —y lo coge de los hombros con fuerza mientras cabalga a la yegua.
Josué aguanta, siente cómo lo maltratan, pero no le importa; su culo ya no siente nada. Su verga está muerta, parece un trapo arrugado y sucio. Sin embargo, su espalda se retuerce de placer, vibra junto a sus caderas como un balancín que sacude la verga de su comensal como una lavadora gigante. Otro cuerpo nacido de la misma oscuridad se acerca y se coloca delante de Josué; a tientas encuentra instantáneamente una pichula curva, la abraza con toda la mano y se la mete hasta la garganta, atarantado de saliva y lástima. Mientras, el otro lo sigue montando con fuerza dando empeñones que remecen sus nalgas y resuenan como castañuelas. Otro cuerpo, hueso y pellejo, con su miembro tieso, largo y más grueso que sus huesos, reemplaza sin pedir permiso al sujeto cabezón. Josué, sin sacarse de la garganta el falo curvo, siente el impacto por dentro; le acaban de atravesar el colon.
Josué, confundido entre la masa de cuerpos que lo penetran, parece un espectro; sus ojos abiertos como dos sombras ciegas con resplandor de afuera. Ajusta el ano y lo abre; ajusta y abre. Un ir y venir perpetuo, insaciable, inagotable. Ajusta y abre. Uno a uno, los cuerpos se retuercen y explotan en blancas arenas. Josué, echado solo en la oscuridad de la camilla, se siente profundamente insatisfecho, abandonado a su exceso.
Bajo la regadera, frotándose el cuerpo, piensa en desollarse vivo; se conmueve con los movimientos violentos de sus brazos mientras frota su cuerpo en silencio. Tiene los ojos cerrados. Siente el agua en su rostro como gomitas de alivio para su cuerpo desestimulado. Se seca. Va al casillero; se cambia rápido sin mirar a nadie al rostro. Se siente inmundo, como si todo su exceso le produjera una vergüenza que solo él reconoce. Nadie lo mira, nadie está pendiente de él; no es más que un viejo loco, una perrita de sauna.
Afuera, mientras espera el taxi, coge su vaporizador, da cuatro caladas largas y tose con la fuerza de treinta. En su cabeza estalla una sonrisa que no llega a su rostro. Sube al taxi y se diluye en la noche entre las luces de la Vía Expresa.
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