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Humo

Ella se quedó mirándolo a los ojos y rompió en llanto. Él permaneció inmóvil. Mientras la miraba también tuvo ganas de llorar, pero no lo hizo. La abrazó y ella se aferró a él lo más que pudo.

Rafael Rojas
13 de enero de 2026
14 min de lectura
Llegó una hora antes de lo acordado. Escogió una mesa en la terraza. Después de sentarse abrió un paquete de cigarrillos, encendió uno y pidió un café. Se frotó las manos mientras bostezaba. Presintió que ese invierno iba a ser muy frío. Miró el reloj, tenía tiempo. Sacó un pequeño cuaderno del bolsillo del abrigo y empezó a escribir. Al cabo de unos minutos la vio entrar. Estaba de pie en la entrada, tratando de localizarlo. Él quiso levantarse, pero se detuvo, quería mirarla sin que ella se diera cuenta. Cuando finalmente lo vio, él levantó el brazo y ella se dirigió a su mesa. —¿Hace rato que has llegado? —preguntó ella. —Apenas unos minutos —respondió él—. ¿Quieres tomar algo? —Un chocolate caliente. Llamó al mozo e hizo la orden. Él se pidió otro café. —Me alegra que hayas venido. —Dude en hacerlo. Habíamos decidido no vernos más, pero dijiste que era urgente. —Para mí nunca será lo mejor dejar de verte. —No empieces otra vez por favor ¿para eso me has llamado? —Lo sé, lo siento. —¿Qué pasó? —Me voy de viaje. —... —Me aprobaron la beca. —¿En serio? —Sí, parto en tres semanas. —¿Cuándo te enteraste? —Hace un par de meses, pero recién ayer por la tarde me confirmaron la fecha de salida. Quería que fueras tú la primera en saberlo. —No sé qué decirte. —Ven conmigo. —¡Qué! ¿Te has vuelto loco? —Siempre que me imaginaba en Paris paseando por sus calles, bebiendo en sus bares o leyendo en sus cafés, tú estabas a mi lado. Fuiste la única que creyó en mí, que sabía que lo lograría. Cuando pensaba que ya no podía más, me dabas ese aliento que me ayudaba a recuperar las fuerzas. Este logro, en parte, también es tuyo. —No digas eso. —¿Te acuerdas de nuestros planes? Viajar en auto por Europa, perdernos en pueblitos desconocidos, disfrutar de su gastronomía, beber todos los vinos posibles. Y más adelante, cuando tú ya seas una famosa fotógrafa y yo tenga una respetable cartera de clientes, compraríamos una casita en el sur de Francia donde criaríamos a nuestros hijos y... —¡Basta, no sigas! —Todo esto lo hice por nosotros. ¿No lo ves? Es nuestra oportunidad para empezar una vida juntos. —¿Por qué me haces esto? —dijo ella llevándose ambas manos a la cabeza— Sabes muy bien que no puedo irme contigo. Se miraron a los ojos y por un momento ambos parecían perdidos en sus recuerdos. Él cogió sus manos, acarició su rostro y le dio un beso en la mejilla. Ella recostó su cabeza sobre su hombro y cerró los ojos. Una canción sonaba a lo lejos. —¿Te acuerdas? —preguntó él. —La fiesta de fin de año en la casa de la playa —dijo ella esbozando una tímida sonrisa. —Bailamos toda la noche. —¡Bailabas tan mal! —La gente ya se había ido a dormir. La fogata aún ardía, nos sentamos a hablar. La mañana nos sorprendió amándonos sobre la arena y ambos juramos que nunca nos separaríamos. En ese momento él empezó a darle besos en la mejilla. Con sus dedos marcaba surcos sobre sus cejas y su frente. Luego le besó la punta de la nariz y finalmente la boca. Ella tenía los ojos cerrados. Por un instante se olvidaron dónde estaban. —¡Como pudiste hacerme eso! —dijo ella. —¿A qué te refieres? —preguntó él. —¡No te hagas al idiota, sabes perfectamente de lo que hablo! —Tranquila amor. —¡No me llames amor! —¿Quieres que hablemos de eso? —No hay nada de qué hablar. No entiendo como pudiste destruir lo que teníamos. —Por favor cálmate y escúchame. —¡No quiero volver a verte más! —No digas eso ¡Quiero estar contigo, que viajes conmigo, que te cases conmigo! —¡Deja de decir tonterías! —¿Es que no te acuerdas? Hablábamos de eso todo el tiempo. —Las cosas ya no son como antes. Todo cambió a partir de ese maldito día. —Nada ha cambiado y aunque quieras negarlo sé que aún me amas. Mírame a los ojos. ¡Vamos, hazlo! Dime que ya no me amas. Dímelo y te juro que desaparezco de tu vida, que nunca más me vuelves a ver. Sólo quiero escuchártelo decir. Que salga de tus labios. —... —Sabes que no puedes decírmelo. No puedes, nunca podrás. Ella se quedó mirándolo a los ojos y rompió en llanto. Él permaneció inmóvil. Mientras la miraba también tuvo ganas de llorar, pero no lo hizo. La abrazó y ella se aferró a él lo más que pudo. Se besaron y dijeron cosas que sólo se dicen las personas que están enamoradas. El aún puede oler su perfume. Veía como el cigarrillo se consumía. El humo parecía hipnotizarlo. Vio la hora en su reloj. Había pasado mucho tiempo, sabía que ella no llegaría. Guardó el cuaderno en el bolsillo del abrigo. Pidió otro café y encendió un cigarrillo. Prometió que ese sería el último.

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