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Fútbol
Puede decirse mucho de Maradona como persona, lo juzgan por todo. Por lo que piensa, por lo que dice, por lo que hace, pero hay que entender que fuera de la cancha tiene todo el derecho de ser quien quiera ser, para bien o para mal. Lo único por lo que debemos juzgarlo es por lo que hizo dentro de la cancha, lugar donde simplemente era un niño jugando al fútbol.
Rafael Rojas
10 de junio de 2026
9 min de lectura
El fútbol llegó a mi vida como a todos los niños de mi generación, a través de una pelota. Fue un amor a primera vista. Nunca fui muy bueno, tengo que aceptarlo, la pelota y yo no pudimos entendernos, diría yo, fue un caso de amor no correspondido. Tenía diez años cuando vi el mundial de México 86 —aquel mundial que hizo que ame al fútbol por sobre todas las cosas— y a partir de ese momento el fútbol se convirtió en una religión. Lo veía, lo estudiaba, lo jugaba, lo vivía. Siempre pensé que era algo que sólo me pasaba a mí —como una pasión que te avergüenza aceptar— pero luego, al ver a los hinchas argentinos, italianos o ingleses, me di cuenta que no estaba solo. Recuerdo una anécdota que me contó mi hermana cuando vivía en Manchester «¡Quien entiende a estos chicos acá! Se le mueren los padres, los deja la novia, los botan del trabajo y ni un solo gesto de tristeza, pero pierde su equipo el domingo y están llorando como niños que buscan a su mamá».
Ese mundial hizo que ame al fútbol básicamente por dos cosas: El partido de Brasil contra Francia —que hasta el día de hoy considero el mejor partido de fútbol que he visto en mi vida— y Diego Armando Maradona. Sobre ese partido podría hablar horas de horas, pero no quiero aburrir a nadie. Tengo una tradición de verlo religiosamente una vez por año, fuera de analizarlo y apreciar la belleza del juego, quizás simplemente lo haga para sentirme niño de nuevo y volver a ese tiempo donde fui tan feliz. Lo de Maradona, en ese mundial, empezó con el gol a los italianos, una pequeña obra de arte, pero el zenit fue ese domingo 22 de junio cuando se jugó el partido contra los ingleses. En ese partido Maradona anotó dos goles que pasarían a la historia. El primero con la mano al que posteriormente llamaron "La Mano de Dios" y el segundo que fue considerado como "El gol del siglo" ese que arrancó en mitad de la cancha y dejó a los ingleses perdidos y confundidos entre tanta gambeta.
«En el momento en el que Maradona hacía esa obra maestra, un niño colombiano de once años llamado Manuel Alba Olivares, tuvo la desgracia de perder la vista. Meses antes había tenido un accidente en una piscina e iba perdiendo paulatinamente la visión. Después de ver ese gol, los ojos se le apagaron para siempre. Ese gol fue la última imagen del mundo que tuvo, aún lo relata como el mejor de los locutores, se la sabe de memoria, 52 metros recorridos, 10.6 segundos, 44 pasos, 12 toques de pelota»
Personalmente, ese segundo gol cambió mi vida, en ese momento el fútbol paso a otro nivel. Todo lo que había visto antes tenía que volver a ser reconsiderado. Aquellas gambetas, lo había visto en las canchitas del barrio, cuando el más habilidoso de todos quería molestar a los otros, pero nunca en un mundial de fútbol. ¿Realmente se puede hacer eso en una cancha con jugadores profesionales? ¿Está permitido? ¿Se puede humillar a un rival de esa forma? Nunca antes había sentido esa emoción de ver algo maravilloso, puede sonar exagerado, pero para mí era como ver a Miguel Ángel pintando la "Capilla Sixtina" a Bernini esculpiendo "El Rapto de Proserpina" o a Albinoni componiendo el "Adagio".
Argentina de la mano de Maradona levantó la copa del mundo y todo cambió para él. Pasó de ser un gran jugador de fútbol, a ser una especie de Dios y volvió a llevar una vida normal. Esas carencias que sufrió durante su niñez se evaporaron y literalmente tenía al mundo a sus pies. Puede decirse mucho de Maradona como persona, lo juzgan por todo. Por lo que piensa, por lo que dice, por lo que hace, pero hay que entender que fuera de la cancha tiene todo el derecho de ser quien quiera ser, para bien o para mal. Lo único por lo que debemos juzgarlo es por lo que hizo dentro de la cancha, lugar donde simplemente era un niño jugando al fútbol. Recuerdo un graffiti que vi en una pared cerca del estadio de la Bombonera en Buenos Aires que decía "Maradona: No importa lo que hayas hecho con tu vida, lo que importa es lo que hiciste por las nuestras".
Maradona no solo fue ese pibe de Villa Fiorito que soñó con jugar un mundial y ganar la copa del mundo. Maradona fue Don Diego, su papá, quien se rompía la espalda trabajando como obrero por más de doce horas levantando bolsas en una molienda para mantener a su esposa y diez hijos y también Doña Tota, su mamá, quien cuando veía que la comida no iba a alcanzar fingía un dolor de estómago para que todos sus hijos pudieran comer.
*
Aún dormíamos aquella mañana del miércoles 25 de noviembre de 2020 cuando empezaron a sonar nuestros celulares.
—¿Quién molesta a esta hora? —pregunté mientras veía la hora en el reloj en la mesa de noche.
Era casi mediodía. «Vaya, es verdad que el tiempo vuela cuando uno está de vacaciones» pensé.
—¡No, no puede ser! —dijo mi esposa.
—¿Qué pasó?
Ella volteó a verme y con el rostro lívido la escuché decir.
—Falleció Maradona.
Segundos después un niño de diez años lloraba abrazado a su esposa.
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