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El Taarab de Bea
Keza es la única mujer entre los canillitas. Ella los bautizó con ese nombre debido a las piernas enclenques que caracterizaban a los cuatro. Aunque rondaban la misma edad, ella era más alta y tenía las piernas más robustas que el común de niñas y niños de ocho años.
Jessica Barrantes
10 de agosto de 2026
14 min de lectura
Desde el domingo que los canillitas no saben nada de Keza.
Es martes, la segunda tarde que Benberdirá enciende su gran horno a la leña en un primer piso que da hacia la calle.
Benberdirá —o Bea, como le dicen los del grupo— está cantando taarab en la terraza de su casa. Moviendo las caderas, su cuerpo da un giro musical solemne, avienta dentro del horno un paquete del tamaño de una bolsa de arroz, envuelto en hojas de alocasia que tomó de su maceta. Al instante de entrar en contacto con la leña encendida, las hojas se tornan negras. El aroma a leña con eucalipto se evapora para convertirse en uno desagradable. Los visos nebulosos del humo negro y blanco empiezan a bailar con la noche, al ritmo de sus cánticos oriundos de Kenia.
—Ya son las 7:32, Marcos —le dijo Manuel, siempre responsable, a su hermano—. Tenemos que regresar ahora o mamá se molestará y no nos dejará salir mañana.
Así que los mellizos, junto a Carlo y Saúl empezaron a correr desde el árbol más ancho donde vigilaban a Bea escondidos, dispersándose hacia sus respectivas casas.
Keza es la única mujer entre los canillitas. Ella los bautizó con ese nombre debido a las piernas enclenques que caracterizaban a los cuatro. Aunque rondaban la misma edad, ella era más alta y tenía las piernas más robustas que el común de niñas y niños de ocho años.
A la abuela Bea no le gustaba que su nieta anduviera sola con hombres. A pesar de que habían conocido a Keza hace cuatro años, cuando llegó de África, siempre fueron los cinco quienes jugaban con la pelota en la quinta, compartían galletas hechas por la mamá de Marcos y Manuel, e incluso habían intercambiado inocentes y divertidas cartas como pretexto para ayudarla a mejorar el idioma. En una de ellas, Keza confesó a Marcos que le gustaba Saúl porque era sensible. Él tenía la habilidad para lograr que los demás confiesen sus secretos, y por alguna razón, siempre llevaba esa carta en su bolsillo. De las cartas que Saúl escribió a Keza, la mayoría contenían versos románticos transcritos de un viejo libro de la biblioteca de su casa. Saúl intentaba camuflar sus sentimientos hacia ella al entregarle las cartas y decirle que su mamá le dio la idea de que sería más fácil si ella practicaba el castellano leyendo poesía, pero lo cierto era que todos los poemas fueron selección suya a modo de indirectas sobre el gran cariño que le tenía.
En su última carta escribió unos versos de Federico Barreto:
"Con candoroso embeleso
y rebozando alegría,
me pides morena mía
que te diga... ¿Qué es un beso?
Un beso es el eco suave de un canto,
que más que canto es un himno sacrosanto
que imitar no puede el ave.
Un beso es el dulce idioma
con que hablan dos corazones,
que mezclan sus impresiones
como las flores su aroma.
Un beso es...no seas loca...
¿Por qué me preguntas eso?
¡Junta tu boca a mi boca
y sabrás lo que es un beso!"
Keza solía pedir permiso a la abuela para ir a casa de su amiga Annie. Iba, pero solo jugaba un momento; a los veinticinco minutos comenzaba a imitar estornudos, y sonidos extraños como si tuviera mocos. A veces se tumbaba de lado y fingía retortijones o ataques de tos con pinta de asma para tener excusa de irse apresuradamente y alcanzar a los canillitas.
El domingo por la tarde Bea fue a buscarla. Necesitaba que la acompañara a la farmacia a comprar un jarabe para la tos; Bea no hablaba bien castellano, así que no podía prescindir de la nieta. Al no encontrarla en la casa de Annie, fue a casa de la mamá de los mellizos. Allí estaban todos, comiendo galletas y jugando a ser soldados en una batalla con pistolas de agua y dardos de goma.
Bea gritó a Keza con voz quebrada y débil, mezclando algunas palabras en castellano con su dialecto, por lo que a los chicos les costaba entender lo que decía. Pero según Saúl, la abuela le dijo que la ahorcaría por desobediente.
—¿Por qué dices eso, Saúl? —preguntó Carlo.
—Porque mientras su abuela daba gritos ahogados, sacudía la cabeza y se agarraba el cuello con ambas manos. Entonces vi que a Keza se le cayó la galleta sin el mínimo esfuerzo por evitarlo.
Los canillitas vieron en silencio cómo Bea se llevaba de un jalón a su única mujer soldado, con lágrimas en los ojos, sin que ellos alcanzaran a despedirse. Excepto Saúl, que apenas levantó la mano.
Ya es jueves, se mantienen vigilantes de la rutina de Bea, aún con la esperanza de si quiera ver la cara de Keza asomarse por la ventana. La abuela baila en la terraza con su típica música extraña y enciende el horno a la misma hora. Esta vez lleva una túnica con figuras de animales estampados en tonos tierra sobre un fondo verde encendido. Se dirige al interior de su casa y sale enseguida con un paquete más grande que el de ayer, envuelto en hojas, amarrado y deforme. Con esfuerzo lo lanza hacia el horno. Empuja una silla al frente del fuego y se desploma en ella para contemplar las brasas, mientras come guindones, arrojando las pepas al fuego como si fueran ofrendas que alimentan su calor. Su rostro es un laberinto de surcos profundos, tan intrincado como la piel de esos frutos secos. Su tez tiene el color oscuro de quien ha sido tostado lentamente por el sol. Aunque canta y baila a diario, no transmite la música como un festejo, sino como una ceremonia misteriosa y oscura.
Los canillitas miran desde lejos, pero lo suficientemente cerca para distinguir que solo quedan cenizas. Siguen atentos a cualquier pista de Keza. El olor a plástico quemado mezclado con algo parecido a palo santo se dispersa por toda la quinta, les molesta al punto que Marcos prefiere dejar de comer. Regresa sus galletas al bolsillo y, al deslizar la mano, se le cae un papel semiarrugado y doblado que Saúl recoge inmediatamente. Mientras lo abre, Marcos se percata de lo que tiene e intenta arrebatárselo con una risa nerviosa, pero Saúl le da la espalda, moviendo su cuerpo de un lado a otro, esquivando sus dedos cazadores para leer con rapidez lo que había en lo que parece una carta con la letra de Keza. Ambos terminan revolcándose en el pasto. Saúl no abría el puño por nada del mundo, cubriéndolo con su cuerpo encima como refuerzo hasta que le pareció más seguro metérsela a la boca. Carlo y Manuel no paraban de reír.
De pronto, un canto de Bea en tono varonil los paraliza a todos. Ven pasmados cómo sopla las cenizas, luego baila dando brincos en un solo pie y, en simultáneo, desenrosca de su muñeca derecha un collar de dientes colgantes —una especie de amuleto prehistórico—. Se lo cuelga en el cuello sin cesar su canto estruendoso, ingresa a su casa y sale cargando un paquete con dimensiones de una almohada extragrande. Cada paso toma su propio tiempo, aunque se le ve cansada, canta tan fuerte como el papá de Carlo que es soprano; su rostro no puede arrugarse más por el esfuerzo que le genera el trayecto hacia el horno, la fatiga no interrumpe su taarab. Recuesta cuidadosamente el gran bulto sobre la cama de cenizas.
Saúl susurra: —¡Keza!
Y, agachando la cabeza sin decir nada, empieza a caminar. El resto de los canillitas se unen a ese silencio absoluto y, con resignación, se va cada uno a su casa.
—¿Iremos al parque hoy? —preguntó Carlo al día siguiente. El que siempre necesita hacer algo para no pensar.
Los hermanos desanimados le dijeron que no, pero Saúl quiso ir.
Sentados en el pasto, quebrando con inercia pequeñas ramas caídas, miraban a pocos kilómetros la casa de Keza. Hoy no hay horno ni taarab. Tampoco está Keza.
—Me gustaba Keza. Sus piernas, sus ojos... todo —dijo Saúl con la voz quebrada.
¿Será que en Kenia se deshacen de sus familiares por desobedecer? —preguntó Carlo.
—No lo sé. Pero ¿por qué guardar los dientes? —replicó Saúl.
—Vi en un documental que era una forma de sentirse protegidos por ellos —respondió Carlo.
—Los dientes de Keza parecían más pequeños, ¿verdad, Carlo? —preguntó Saúl.
—Somos hombres buenos, Saúl. ¿Por qué Bea no quería que estuviéramos cerca de ella?
De pronto, la puerta de la casa se abre.
—¡Keza! —gritan ambos con emoción, levantándose de un salto.
Corren hacia ella. Ella corre hacia ellos.
—Pero ¿qué te pasó, Keza? —pregunta Saúl, jadeante.
Se reprime de abrazarla.
—Mi abuela quedó afónica. Me contagió la tos y tuve fiebre durante dos días. Por lo que me explicó, el ritual debía hacerse por 4 días durante los cuales debía deshacerse de todo lo antiguo que teníamos en casa porque si conservas objetos que te recuerdan cosas del pasado, se convierten en ataduras que te hacen perder la voz. La abuela me ordenó reposo, aunque me dio de comer mis platos favoritos durante esos días, no los pude disfrutar, por ratos me asfixiaba en mi cuarto con los olores pestilentes de todo lo que quemaba en el horno. Solo quería salir a jugar con ustedes.
Keza sonríe prestando especial atención a Saúl; hay algo diferente en ella. Sus ojos llevan consigo un brillo que no tenían antes. Saúl le sonríe con un gesto de alivio por volver a verla.
—Saúl, ¿me invitas una galleta? —preguntó Keza. Algo nerviosa.
Él hurga en sus bolsillos, y solo logra sacar pequeños trocitos desmenuzados y la carta arrugada que le quitó a Marcos el otro día. La mira y con una sonrisa explosiva le dice:
—Perdóname, Keza, solo tengo migajas y esta bola de papel arrugado y babeado.
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