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El niño y el horizonte
Un día dejó la casa, dejó el colegio, dejó atrás aquella movilidad en la que había sido líder, y terminó cruzando nuevamente las fronteras de su infancia.
Erik Vildoso
19 de agosto de 2026
13 min de lectura
Cuando aquel niño llegó al mundo, nadie le había preguntado si quería nacer pobre.
Su madre, había llegado a Lima desde el campo para trabajar en nuestra casa. Allí transcurría su vida, lejos de su tierra y de los paisajes abiertos de su infancia, aquí conoció al hombre con quien engendraría a su hijo.
Pero aquel hombre la abandonó.
Y fue entonces, ya embarazada, cuando decidió regresar a su tierra. Volvió al campo para terminar allí su gestación y dar a luz al niño que todavía no tenía nombre.
Yo no sabía que estaba embarazada.
La vida siguió su curso y ella regresó a su pueblo, llevando consigo una historia que todavía estaba por comenzar.
Fue allí, en medio del campo, donde nació aquel niño.
Un niño hermoso, carismático y lleno de luz.
Su madre decidió llamarlo Waldir, en honor al goleador histórico de su equipo de fútbol favorito.
El nombre, desde luego, era una declaración de principios.
Aunque quizá también fuera el primer error de su vida.
Porque, pudiendo haber escogido cualquier nombre del mundo, su madre decidió ponerle el nombre de un futbolista del club Alianza Lima.
Pero esa equivocación, seguramente, habrá de corregirse algún día.
Tal vez cuando Waldir sea cremado y sus cenizas terminen, por fin, formando parte de la hinchada crema.
Waldir nació en un lugar donde la pobreza podía haber marcado su historia.
Waldir no nació en la pobreza; nació en un lugar donde todavía no habían conseguido convencerle de que era pobre.
Pero hay muchas maneras de entender la pobreza.
Waldir tuvo la suerte de conocer una de las mejores.
No aprendió la pobreza como carencia.
La aprendió como ausencia, la aprendió como potencialidad,
Y descubrió que no tener, también podía significar no estar limitado.
No había grandes muros alrededor de su casa.
No había cercas que le dijeran hasta dónde podía llegar.
No había linderos que separaran con precisión aquello que era de uno, de aquello que pertenecía al otro.
Había campo.
Y el campo no terminaba donde comenzaba la propiedad de alguien.
Terminaba donde alcanzaba la vista.
Hasta la cima de aquella montaña.
Hasta la curva del río.
Hasta donde el horizonte desaparecía.
Era un paisaje que cambiaba con la luz. El amarillo intenso de la retama aparecía entre los verdes de la pampa, y los pastos parecían cambiar de color a cada hora, dependiendo de cómo los tocara el sol. Había olor a muña, a tierra húmeda y a flores de qantu y ñucchu; aromas que no necesitaban nombre para formar parte de la memoria. El aire llevaba consigo el frío de la mañana y, cuando avanzaba el día, el calor de la tierra.
Y en medio de todo aquello, un niño podía correr.
Correr sin que un muro le explicara hasta dónde podía mirar.
Waldir podía correr sin que nadie le gritara que estaba atravesando una propiedad privada.
Podía mirar el paisaje entero sin que un muro le explicara dónde terminaba lo suyo.
Y quizá allí aprendió, sin que nadie se lo enseñara, una de las cosas más difíciles de comprender:
Que a veces aquello que creemos poseer nos termina poseyendo a nosotros.
En el campo, la pobreza y la ausencia de cosas podían convivir con una riqueza enorme de espacio, de comunidad, de tiempo y de horizonte infinitos.
Y así como el Perú tiene más de cuatro mil variedades de papa —cada una distinta, cada una adaptada a su propio suelo, a su propio clima, a su propio tiempo— así también Waldir creció como una vida moldeada por su entorno: diversa, resistente y capaz de adaptarse sin perder su esencia.
La tierra no necesitaba documentos para ser reconocida.
La comunidad no necesitaba contratos para ayudarse.
Waldir no necesitaba un DNI para demostrarte que estaba parado frente a ti.
*
Y lo ancestral todavía sabía algo que la ciudad parecía haber olvidado:
Que juntos podemos tener mucho más de lo que cualquiera puede tener solo.
Un tiempo después, Waldir vino a la capital.
Llegó siendo apenas un niño.
Pequeño, sonriente y extraordinariamente carismático.
Cuando vino a vivir con nosotros, todavía tenía esa mirada de quien observa el mundo como si acabara de descubrirlo.
Me miraba desde abajo hacia arriba y me decía:
-Señor Erik.
Y yo le respondía:
-Señor Waldir.
Era nuestro pequeño protocolo.
Él, siempre respetuoso conmigo.
Yo, siempre respetuoso con él.
Y cada vez que le decía “señor Waldir”, aparecía aquella sonrisa.
Una sonrisa que con los años se convertiría en una de sus mayores virtudes.
Porque Waldir tenía una capacidad extraordinaria para sacarle la vuelta a sus carencias.
Cuando se le empezaron a caer los dientes, por ejemplo, cualquier otro niño habría intentado
esconder la boca.
Waldir hizo exactamente lo contrario.
Inventó una nueva manera de sonreír, una graciosa metáfora más de su pobreza ya que
Requería menos pasta de dientes para mantenerla.
Abría la boca, mostraba las encías y soltaba una carcajada capaz de contagiar a cualquiera.
No escondía lo que le faltaba.
Lo convertía en parte de su alegría.
Y quizá allí estaba nuevamente aquella enseñanza del campo:
No siempre hay que ocultar lo que nos falta.
A veces basta con descubrir todo aquello que la ausencia todavía nos permite imaginar.
Cuando entró al colegio, Waldir tardó muy poco en convertirse en líder.
Primero fue el líder de su salón.
Después, casi sin darse cuenta, terminó siendo también el líder de su movilidad.
Tenía algo que no se aprende en los libros.
La gente quería seguirlo.
Y lo curioso era que Waldir nunca regresaba solo a casa.
Regresaba con regalos.
Pequeños obsequios que le daban personas que muchas veces tenían tan poco como él.
Un dulce.
Una fruta.
Alguna cosa sencilla.
No eran regalos de personas ricas.
Eran regalos de personas sencillas, que reconocían en aquel niño algo que también habitaba
dentro de ellas.
Una esperanza.
Porque quizá quienes carecen de muchas cosas reconocen más fácilmente a alguien que
Todavía conserva lo que ninguna pobreza puede quitar:
La dignidad de mirar hacia adelante.
La alegría de compartir.
La capacidad de reunir.
El deseo de pertenecer a algo más grande que uno mismo.
Los años pasaron.
Y Waldir creció.
Un día dejó la casa, dejó el colegio, dejó atrás aquella movilidad en la que había sido líder, y terminó cruzando nuevamente las fronteras de su infancia.
Esta vez se fue mucho más lejos.
Se fue a Argentina.
Allá, seguramente, los argentinos también terminaron descubriendo lo que nosotros ya sabíamos.
Que Waldir tiene esa rara virtud de hacer que la gente quiera tenerlo cerca.
Lo último que supe de él es que trabajaba en la industria textil.
No sé qué aventuras le esperan.
No sé qué ciudades conocerá.
No sé cuántas veces volverá a comenzar.
Ni siquiera sé dónde terminará su historia.
Pero hay algo que sí sé.
Cada vez que miro al Perú y trato de imaginarlo no como el país que somos, sino como el país que podríamos llegar a ser, pienso en Waldir.
Pienso en aquel niño que nació en el campo, donde no había muros suficientes para encerrar el horizonte.
Pienso en el niño que llegó a la ciudad y convirtió sus carencias en motivos para reír.
Pienso en el muchacho que descubrió que liderar no significa estar delante de los demás, sino conseguir que los demás quieran caminar contigo.
Y pienso que quizá el Perú necesita exactamente eso.
Alguien que no venga a decirnos lo que nos falta ni cuáles son nuestros límites.
Alguien que nos recuerde el tamaño de nuestros sueños.
Alguien que nos ayude a imaginar hasta dónde podemos llegar.
Alguien que haya aprendido que un país no se construye levantando más muros, sino derribando los que nos separan.
Alguien que entienda que nuestra propiedad real no termina en nuestros linderos.
Que el horizonte también nos pertenece.
Que la montaña puede ser nuestra.
Que el río puede ser nuestro.
Que la esperanza puede ser nuestra.
Y que cuando dejamos de preguntarnos, qué podemos conservar para nosotros y empezamos a preguntarnos, qué podemos construir juntos, descubrimos una riqueza que ningún banco puede guardar y ninguna escritura puede registrar.
Por eso, cuando imagino el futuro del Perú, a veces pienso en aquel pequeño Waldir que me miraba desde abajo y me decía:
-Señor Erik.
Y yo le respondía:
-Señor Waldir.
Quizá algún día, cuando sea viejo y yo esté en una silla de ruedas, volvamos a encontrarnos.
Él estará de pie frente a mí.
Me mirará desde arriba, como tantas veces lo hizo cuando era niño, aunque ahora será él quien esté del otro lado de aquella mirada.
Y entonces, quizá recordemos nuestro pequeño protocolo.
Él me dirá:
-Señor Erik.
Y yo, desde mi silla, mirándolo hacia arriba, le responderé:
-Señor Presidente.
Porque quién sabe.
Quizá algún día Waldir sea presidente del Perú.
Y quizá no sea una casualidad.
Quizá sea precisamente aquel niño que nació en el vacío de las cosas, pero con el horizonte lleno de sueños, quien nos ayude a soñar otra vez.
Y entonces comprenderemos que quizá nunca se trató de cuánto podía faltarle a Waldir.
Se trataba de cuánto podía llegar a imaginar.
Y eso, quizá, era suficiente para empezar a cambiar un país.
Sigue soñando Waldir hasta que la vida nos vuelva a juntar.
En quechua:
Musqhullaypuni Waldir Tupananchiscama.
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