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El Grito
Esa mañana, antes de encontrarse con su director de tesis, no pudo tomar desayuno, la migraña le provocó náuseas. Buscó sus pastillas y maldijo cuando vio el pomo vacío. Se acordó que Jean-François tomaba unas parecidas, le tocó la puerta de su cuarto, él aún dormía. «Busca en el primer cajón, deben de estar por ahí» dijo señalando el mueble con un ojo medio abierto y el otro cerrado. El cajón estaba repleto de frascos, revisó entre todos y vio uno que tenía la misma composición de sus pastillas.
Rafael Rojas
03 de febrero de 2026
17 min de lectura
Esa mañana apenas abrió los ojos, sintió una punzada en la cabeza. Después de levantarse, el dolor de cabeza se intensificó. Pensó que se debía a la falta de sueño. Vio la hora en el reloj de su mesa de noche, calculó que tenía al menos un par de horas antes de encontrarse con su director de tesis y darle su respuesta. Aún no lo tenía muy claro. Realmente no sabía qué hacer. La propuesta era bastante simple: un puesto de trabajo, bien remunerado, con excelentes condiciones, en uno de los laboratorios más prestigiosos de Suiza. Si hubiera recibido esa misma oferta un par de años atrás, ni siquiera hubiera dudado en aceptar, pero ahora las cosas eran distintas.
*
Pedro llegó a Montreal, años atrás —con un par de maletas llenas de ilusiones y miedos— a estudiar Química en la universidad McGill. Se instaló en el centro de la ciudad, en la residencia estudiantil que estaba sobre la calle Sherbrooke, a media cuadra de la facultad. A pesar de hablar los dos idiomas (inglés y francés) a la perfección, le resultaba difícil socializar, era muy introvertido. Al principio le incomodó la situación, pero después pensó que quizás era mejor así. Sin distracciones, solo tenía que enfocarse en los estudios, graduarse con honores y así poder conseguir un buen empleo.
Al cabo de unos años, después de terminar la carrera y antes de empezar la especialización, le informaron que tenía que dejar la residencia estudiantil —que estaba solo destinado a los alumnos de pre grado— por lo que tuvo que buscar un apartamento. Quería uno cerca de la facultad, pero debido al alto monto del alquiler, no tenía otra opción que buscar un roommate. La simple idea de compartir el apartamento lo angustiaba, nunca antes había vivido con alguien que no sea su familia.
Encontró uno que le pareció ideal. Por la descripción y las fotos del anuncio, era un dúplex que en el primer piso tenía sala, cocina, baño de invitados y en el segundo piso dos amplias habitaciones con sus respectivos baños. El lugar había sido recientemente remodelado y no podía estar mejor ubicado. Estaba sobre la calle Prince Arthur esquina con Hutchinson. Conocía bien esa calle. Le gustaba mucho porque le hacía recordar el barrio de Brooklyn Heights en New York donde vivía su papá.
Cuando fue a verlo, el chico que le mostró el apartamento le resultaba familiar. Le dijo que su nombre era Jean-François y también era estudiante de McGill. Les tomó tiempo reconocerse. Al hacer memoria, recordaron que habían llevado algunos cursos juntos, bromearon sobre algunos profesores y comentaron sobre las tesis que tenían pensado hacer. Días después se mudaba al apartamento y poco a poco se fue adaptando a esta nueva forma de vida. La convivencia fue cordial, cada uno respetaba el espacio del otro y ambos seguían al pie de la letra las labores domésticas que se habían repartido.
A pesar de lo bien que se llevaban entre ellos, no podía dejar de notar lo opuestos que eran en cuanto a personalidad se refiere. Mientras que Pedro era tímido, disfrutaba de leer, ver películas y prefería mil veces quedarse en casa un sábado por la noche a salir a un ruidoso pub lleno de gente, Jean-François era todo lo contrario, vivía en las discotecas, rodeados de amigos, amando ser el centro de atención y corriendo tras cada chica se le cruce por su camino.
Una tarde saliendo de clases Jean-François le pidió a Pedro que lo ayudase con un par de cursos en los que estaba teniendo problemas. Luego, como agradecimiento, lo invitó a su pub favorito “Ye Olde Orchard”, que estaba sobre la misma calle en la que vivían, entre Clark y St. Laurent. La noche se hizo larga y la conversación parecía no acabarse. Pedro, por el efecto del alcohol —al cual no estaba acostumbrado—, le contó que sus padres se separaron cuando era muy chico y que cada uno formó otra familia. Le molestaba estar una semana con uno y el siguiente con el otro, por lo que les pidió a sus abuelos vivir con ellos. Vivió buena parte de su niñez y adolescencia con ellos hasta que ambos fallecieron de cáncer. Él estuvo a cargo de sus cuidados y notaba los efectos que los diferentes medicamentos producían en ellos. En ese momento fue que le empezó a interesar la carrera que terminaría estudiando. Le confesó que le molestaba su timidez, que nunca había tenido una novia formal, que solo se había enamorado una vez y que su primera experiencia sexual había sido tan traumática —su papá lo había llevado a un prostíbulo— que aún ahora tiene pesadillas ambientadas en ese cuarto iluminado con una tenue luz roja. Jean-François por su parte, le contó que él era lo que se podía llamar un “enfant gâté”. Nacido en cuna de oro, hacía todo lo que se le venía en gana. Hasta que un día, después de una noche de excesos, fue a dar al hospital por una sobredosis. Estuvo en coma unos días y luego mientras se recuperaba en un centro de rehabilitación, reevaluó su vida y supo que tenía que cambiar. «Las drogas no son el problema. El problema lo tenemos nosotros. Las drogas las usamos como anestesia, para calmar ese dolor que tenemos dentro. Créeme, las drogas no son malas, es más, te diría que son deliciosas, pero hay que saber cómo usarlas y fue por eso que estudié esta carrera. No volveré a cometer el mismo error. Te cuento un secreto, las drogas que ahora consumo, las hago yo mismo. Soy el mejor alquimista que hay en la zona, el Walther White de Milton Park» le dijo y ambos soltaron la carcajada.
En ese momento Pedro, vio entrar a Nathalie al pub y la cara le cambió. Se la había cruzado varias veces en la librería “The Word” de la calle Milton y en “Drawn & Quarterly” de la calle Bernard donde solía comprar sus novelas gráficas. Le gustaba mucho, pero ni en sus sueños más locos, se hubiera atrevido a hablarle y menos aún a invitarla a salir. Jean-François al verla levantó el brazo saludándola, ella se acercó a su mesa y se sentó con ellos. Nathalie era la mejor amiga de la hermana menor de Jean-François, estudiaba medicina y al igual que Pedro era una lectora voraz. Hablaron por horas. Pedro no cabía de la emoción. Las cervezas lo habían desinhibido y se sentía con mucha más confianza. Antes de terminar la velada la invitó a salir, ella propuso ir al cine. Le comentó en el Cinema Du Parc de las galerías de La Cité habría un festival de cine latinoamericano y que quería ver una película argentina que estaba nominada al Oscar.
Empezaron a salir y en cuestión de días ya estaba perdidamente enamorado de ella. No solo admiraba su belleza sino también su inteligencia. Le sorprendía sus comentarios agudos sobre cualquier tema que discutían y su manera tan particular de ver la vida. Él era un pesimista acérrimo y ella una optimista por naturaleza. Le gustaba, y sorprendía a la vez, la manera como se complementaban. Curiosamente, no solo se enamoró de ella sino también de Montreal. Aquella ciudad que en un principio le resultó aburrida, donde la gente se la pasaba quejándose por todo, peleándose por el idioma, llorando por su independencia y odiando al resto del país. Todo eso cambió cuando de la mano de ella, redescubrió la ciudad: visitando librerías, cafés o restaurantes —con comidas que jamás se hubiera atrevido a probar—, o subiendo a pie al mirador del parque Mont-Royal —el ejercicio no era lo suyo—, o tomando largas caminatas por el viejo puerto, o comprando fruta fresca en el mercado de Jean-Talon o canolis en la calle Dante en el barrio italiano o simplemente perdiéndose por sus calles. Poco a poco, ese sentido de no pertenencia, desapareció. No podía sentirse más cómodo: tenía en Jean-François a un amigo incondicional, en Nathalie a la novia perfecta y a Montreal en su lugar en el mundo.
*
Esa mañana, antes de encontrarse con su director de tesis, no pudo tomar desayuno, la migraña le provocó náuseas. Buscó sus pastillas y maldijo cuando vio el pomo vacío. Se acordó que Jean-François tomaba unas parecidas, le tocó la puerta de su cuarto, él aún dormía. «Busca en el primer cajón, deben de estar por ahí» dijo señalando el mueble con un ojo medio abierto y el otro cerrado. El cajón estaba repleto de frascos, revisó entre todos y vio uno que tenía la misma composición de sus pastillas. Sacó dos de ellas. Una se la tomó de inmediato y la otra la tuvo solo en caso de que el dolor no le pasara.
Al salir a la calle se dio cuenta que el clima no estaba tan mal como creía. Su director lo había citado en su oficina que estaba cerca del viejo puerto. Miró el reloj y pensó que sería una buena idea ir caminando. Le tomaría una media hora llegar y quizás el aire le vendría bien para aclarar sus ideas. Aún no había decidido que hacer. Se sentía en una encrucijada.
Estaba a menos de dos cuadras cuando el dolor aún no desaparecía y decidió tomar la otra pastilla. Antes de hacerlo, reparó en el color de la pastilla. Era de un rojo intenso, no recordaba si la anterior era igual. No pasaron más de dos minutos cuando empezó a sentirse mareado. Se detuvo e intentó recostarse sobre una pared. Se preguntó que le pasaba. Nunca antes había tenido esa sensación. En ese momento empezó a ver todo distorsionado. Se quedo observando a un niño que hacía muecas llevándose ambas manos al rostro. Le hizo recordar el cuadro “El Grito” de Edward Munch. Sintió que era parte de esa película psicodélica de los Beatles “El submarino amarillo” que de niño tanto lo fascinaba.
En ese momento se dio cuenta de todo. «¡Maldición Jean-François! Que descuidado que eres» dijo. Se sentó en el suelo y esperó que, su primer viaje de ácido, pasara lo más rápido posible.
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