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El encierro (3)
Me miró asustada por unos segundos con esos ojos grandes, redondos y marrones que la caracterizaban, su cabello lacio y castaño se escurría entre mis manos y algunos le caían por delante del rostro, todos desordenados por la rapidez de la maniobra que tuve que hacer para subirla al auto.
Julio César Jerí
16 de setiembre de 2026
18 min de lectura
—De acá no te vas, compare. —Dijo Luchito con una mano sobre mi hombro, mientras una sensación de frio recorría mi cuerpo.
—¡¿Que ha pasado?! —Dije, tratando de imitar una voz desafiante que no delate el miedo que sentía en ese momento.
—Nada, solo quiero seguir tomando con mi gente que ha venido a verme, quiero disfrutar un rato más. Además, si te vas lo más probable que el hermano de Erick nos bote de la puerta de su casa ya que solo te conoce a ti, más aún cuando Erick está ahorita borracho tirado en su cama.
—Bueno solo un rato más. —Conteste nuevamente tratando de simular tranquilidad.
—No te preocupes, no necesito más de veinte minutos.
Ya no dije más nada, solo seguí tomando, era lo único que podía hacer en ese momento, era claro que esos veinte minutos eran un mensaje, algo tenía preparado para mí. Lo que me parecía extraño era el hecho de que aquello que Luchito tenía preparado para esa noche haya coincidido con que Erick se haya emborrachado y pierda el conocimiento. ¿Estaría Erick involucrado en todo esto? ¿Tal vez Luchito lo tenía amenazado con algo? ¿O lo habría comprado? Me parecía algo imposible que mi pata de años, desde el colegio, accediera algo así.
Las cervezas seguían yendo y viniendo, había una caja casi llena puesta a mitad de la vereda y se bebía con un solo vaso, tirando la espuma a la pista. La velocidad con la que tomaban el licor estos seres indeseables, que habían traído la cerveza, era acelerada, como si algo los apurase o los mantuviera intranquilos. Mientras todo esto sucedía aprovechaban para contar sus hazañas de “grandes” hombres de negocios, las zonas en que se manejaban, la gente con la que contaban y como alineaban a los que no se ponían en orden con ellos o mucho peor lo que hacían si alguien los traicionaba. Siempre se cuidaban de no se específicos en lo que hablaban y eso me hacía pensar que tal vez sería una buena señal ya que hicieran lo que me hicieran significaría que de una u otra forma saldría vivo de ahí o por lo menos no tan maltratado, aunque luego repensaba y me decía que tal vez era solo su costumbre. En eso momento Luchito tomó el vaso de cerveza y mientras se servía se dirigió a mí.
—¿Qué piensa tú de la lealtad? ¿No crees que es más importante que el dinero?
—Creería que sí.
—Inclusive más importante que las mujeres, hembras hay un montón. —Esta vez ya no me miraba a los ojos como en la primera pregunta.
Por un segundo se me ocurrió decirle todo y explicarle que me había enamorado de su hermana, que no estaba jugando con ella y que mis intenciones eran sinceras, pero en esa situación hasta me pareció ridículo, además de exponerlo frente a los compinches de su costado que podrían o no saber lo que había pasado, es más, no sabía exactamente lo que sabía Luchito, pero antes de pronunciar palabra, Luchito me detuvo y me dijo: No contestes. Inmediatamente se dirigió al compinche del costado y le dijo: abre otra cerveza. Me quedé esperando la segunda parte del discurso, pero no llegó. Luchito siguió hablando de otros temas con los demás, mientras aceleraba el paso a la cerveza. Creo que estaba reuniendo valor, él y los demás para aquella cosa que yo imaginaba habían venido a hacerme.
Segundos después se apareció un patrullero de la policía, venia por el final de la calle con las luces apagadas y velocidad mínima, estaban haciendo alguna ronda tratando de picar algo. Al llegar a la casa de Erick se detuvieron frente a nosotros.
—¡Buena noches! Saben que está prohíbo tomar en la calle.
—¡¿Qué crees?! ¡¿Qué estamos en Surco o en San Borja?! —Dijo uno de los compinches.
—Ya ya, más respeto a la autoridad.
—Cual respeto, solo vienes a ver que nos pueden sacar, ya los conocemos. —Volvió a hablar el mismo compinche.
Ya para esto el suboficial del vehículo se estaba empezando a calentar y bajó de la patrulla junto a su alférez, un muchacho que parecía recién salido de la academia. El suboficial tendría unos cuarenta y tantos años, alto y cobrizo, con la panza empezando a ganarle la batalla al uniforme. Se había afeitado bien esa mañana, pero el corte de cabello lo traicionaba, parejo, sin gracia, del tipo que se hace uno mismo frente al espejo. El uniforme ya desgastado y las botas cubiertas de tierra y polvo completaban la imagen de alguien que llevaba más años en la calle que detrás de un escritorio.
—¡Documentos!
—No te vamos a dar nada. —Dijo Luchito desafiante. —No sabes quién es mi tío, es el comandante Flores y si nos haces problemas, la vas a pasar mal.
El policía reconoció el nombre de inmediato y por un segundo dudó: ¿sería Luchito realmente el sobrino, o alguien se lo había memorizado para sacarle ventaja? Pero entre su propia terquedad y el orgullo herido de que le faltaran el respeto, prefirió no darle más vueltas al asunto. Era más fácil pensar que solo le querían tomar el pelo.
—¡A ver tú, pásame tus documentos! —Dijo el suboficial dirigiéndose nuevamente a Luchito. —En ese momento pensé que tendría alguna oportunidad de escapar. No pensaba delatarlos de alguna manera, trataría de librarme de la manera más digna posible, luchando contra el enemigo que Luchito y compinches veían como tal.
—¡No le des nada! —Grité. —Que se creen estos tombos que vienen hacer problemas de la nada, ya saben que eres el sobrino del comandante y no te hacen caso, te están faltando el respeto. —Vociferé de tal manera apelando a la debilidad numero uno de Luchito, sus deseos de ser respetado en mundo en el que vivía y por suerte funcionó. Luchito ni se movió para buscar sus documentos, más bien solo tomó una bocanada del humo del cigarro y se la lanzó al suboficial en la cara.
Esta es mi oportunidad me dije. Agarré el vaso de cerveza que tenía en la mano y lo poco que quedaba se lo arrojé al alférez, que estaba mi lado derecho, en la cara. —¡Ya les dijimos que no les vamos a dar nada cholos de mierda! —El alférez entre enfurecido y sorprendido me tomó de la mano derecha y quiso someterme colocando mi brazo por la espalda. Ante este acto el suboficial trató de hacer lo mismo con Luchito, con el objetivo de evitar que la situación escale a más. Atiné a tirarme al suelo, mientras el alférez estaba por detrás, logré coger una de las botellas de vacías que estaba en la caja de cerveza a mitad a la vereda y la golpeé contra el piso rompiéndola, amenazando defenderme con ella, mientras gritaba: ¡cholos de mierda! ¡policía corrupta hija de puta! Lo único que quería era escalar la situación de tal manera que sean los mismos policías que terminen sacándome de ahí.
Todos los demás se quedaron viendo la situación, hasta que Luchito, tal vez por instinto o porque más odiaba a los policías que no lo reconocían que a mí en ese momento, trató de zafarse del suboficial que ya había sacado su vara para amenazarlo y gritó: ¡Váyanse a la concha de su mare! Esa fue la señal para que los otros compinchen actúen y se unan a la “causa común” actuando rápidamente, tratando de alejar a los policías de nosotros. El alférez logró escapar unos metros de la situación y se refugió en su vehículo, tomó la radio y comenzó a llamar: ¡Refuerzos! ¡Refuerzos! estamos a la altura de la cuadra ocho de Canevaro cruce con Chepén, 6 borrachos están atacando a la autoridad.
En los tres minutos que tardaron en llegar las otras dos patrullas, Luchito y sus compinches se dedicaron a empujar a los policías, escupirles, esquivar los golpes de vara e insultarlos a gritos. Yo aproveché el caos para sumarme a la turba hasta donde pude, cuidando de no llevarme un golpe de verdad y, sobre todo, de no agredir en serio a ningún policía. Necesitaba parecer parte del desorden y de alguna manera ver si con este acto a Luchito le podría nacer algún sentimiento de reconocimiento de lealtad de mi parte. Por suerte nunca llegaron a sacar sus armas. No sé si porque efectivamente tenían miedo de que Luchito sea el sobrino del comandante Flores o es que no veían más que a unos borrachos faltosos que querían hacer desmadre.
Ya para cuando los refuerzos estaban encima solo quedó rendirse y esperar a que nos lleven a la comisaria a procesarnos. Nos pusieron en dos calabozos, dos grupos de a tres, por suerte no me tocó compartir celda con Luchito y pude evitar contacto con él mientras esperaba este nuevo destino.
A la media hora de estar en la comisaria se pareció el comandante Flores. Era un hombre expresivo, de mirada penetrante, cejas negras y pobladas que se unificaban en una sola, nunca sonreía y miraba a todos como si fueran sus vasallos en dicha comisaria, y para qué, todos ahí se comportaban como tal, le tenían miedo y respeto, los más antiguos conocían muy bien su carácter y su manera de trabajar y los nuevos solo las historias que se hablaban de él. El primero en acercarse al comandante fue el suboficial que estuvo enfrentándose directamente a Luchito esa noche.
—¡Mi comandante! Tuvimos que intervenir a su sobrino, lo siento no sabíamos quién era.
—¿Y no se los dijo acaso?
—Sí, pero la situación se descontroló porque empezaron a agredirnos entre todos.
—No me interesa, lo que me llega al pincho es que me hagan a venir a altas horas de la noche por las huevadas que hace mi sobrino, no pueden manejar eso ustedes.
—Lo siento es solo que…
—¡Cállate! Que no entiendes lo que te acabo de decir, sácalo de ahí de una vez y a los demás ya sabes como es el trato con ellos, depende que tengan o no, ves como los jodes… me haces hablarte como si fueras nuevo…
Cuando el comandante Flores llegó al calabozo donde estaba Luchito lo miró con desprecio y resignación, como ya conociendo sus andanzas y carácter que le hacían perder el control y llevarlo a situaciones similares.
—¿Qué has hecho huevón? Me haces perder el tiempo con tus estupideces. —Luchito solo miraba para abajo. Sabía que su tío lo ayudaría, pero también que ya se estaba cansando de que cada cierto tiempo le saliera con algún nuevo problema. —Ahora hablo con tu viejo, juegas a ser el delincuentito de San Juan cuando en realidad solo eres un huevón más… Te espero afuera para llevarte a tu casa y contarle todo a tu viejo, que ni se imagina las cosas en las que te metes.
Luchito salió a los cinco minutos, luego lo demás compinches fueron saliendo uno a uno del calabozo según la orden que tenían del comándate, ya habían pasado como 5 horas cuando salió el último de ellos, pero nadie se había acercado a decirme algo, ni si quiera a ofrecerme una llamada de teléfono la cual había reclamado sin que me hicieron caso. Durante las siguientes horas me quedé pensando en que estaba sucediendo, en porqué ningún policía se acercaba a decirme algo, será que Luchito le contó a su tío el comandante y a toda la familia lo que había pasado entre Alexandra y yo, será que la venganza de golpearme o peor se había vuelto en algo más atroz, pensaban denunciarme, y si fuera así porque no lo hacían ya.
Ya habían transcurrido veinticuatro horas y no sabía nada, seguía en ese calabozo sucio y obscuro con algunas cucarachas visitantes que para ese momento ya se habían vuelto unas compañeras silenciosas que amenizaban el momento. Las horas seguían pasando y nada tenía sentido, luego me golpeó un miedo repentino, esta demora se debería a que seguro estaban juntando las pruebas para procesarme en flagrancia ¿habrían sacado al fin alguna confesión explicita de Alexandra? No podía creer que ella me traicionara así, o tal vez lo hizo porque la manipularon de alguna forma. ¿Quizás fueron con Erick y lo quebraron?, no creo, no tenían nada contra él, pero porque no sabía nada de él hasta ahorita o aún peor, fueron al hotel a sacar las pruebas que registraban el delito, tal vez hasta ya tenían las grabaciones de las cámaras y les estaba tomando tiempo recabar todo para asegurarse que no volviera a salir en libertad en muchos años. Esa era la venganza de Luchito y su familia.
Durante las siguientes horas comencé a pensar en vida, en aquello que estaba punto de perder, una carrera prometedora, volver a ver a mis padres y hermanos, ver crecer a mis sobrinos, viajar, y porque no conseguir una esposa y tener hijos, aun cuando esto último lo había comenzado a imaginar con Alexandra… Tal vez si le ofrecía a la familia mi intención de quedarme con ella me perdonarían o hasta me obligarían a casarme; y no es que no haya pensando en hacer eso con ella en algún momento, pero en realidad esta familia era tan caótica e impredecible que no sabría en lo que me estaba metiendo, tal vez hasta el encierro sea mejor que esa realidad… ya divagaba demasiado, ya no tenía idea de las horas o de lo que estaba sucediendo, ya era una disociación de la realidad total, ya cuando estaba a punto de enloquecer se apareció un policía en la puerta del calabozo y me dijo. —Tienes una llamada. —Me sacaron de ahí enmarrocado con un guardia siguiéndome todo el tiempo. Tomé el teléfono y solo escuché una voz de mujer.
—¡Ya te cagaste! —Seguido del tono de teléfono colgado, pero no pude reconocer bien la voz.
Luego me devolvieron a mi celda a empujones de manera inmediata y agresiva, pero yo ya casi ni reaccionaba, ¿Era Alexandra la que habría llamado? Y si fuera así porque dijo eso, era un mensaje para que comience a accionar una defensa y contacte un abogado de buen nivel, no entendía el mensaje ¿O será que la familia de Alexandra le hizo llamarme? Y el mensaje era que estaba solo en esto. Me quede horas dándole vuelta, pero la peor alucinación que tuve fue que su familia le inventó que me vieron engañándola con otra chica y que lo hicieron para que ella confiese todo y puedan tener las pruebas, esa llamada de Alexandra era para dejarme en claro su odio y desprecio hacia a mí, esa era la venganza final. Solo me tumbé en el suelo sintiéndome que me estaban quitando todo y ya cansado de no haber dormido y comido durante casi dos días desfallecí.
A las dos horas vino el oficial de turno, abrió la reja y me dijo: Puedes irte. Ya habían pasado cuarenta y ocho horas y al final no había ninguna denuncia en la comisaria, me entregaron mis cosas y salí de ahí, vi el nextel rápidamente y no había ninguna llamada de Alexandra, solo llamadas de Erick y algunas de mi madre. Me dirigí a casa y llamé a mi madre, inventé alguna historia de que dejé el celular en algún lado y tuve que salir de viaje por trabajo urgente o algo parecido, aunque no me creyó del todo solo le reconfortaba saber que estaba bien. Luego llamé a Erick y me dijo que no tenía idea de nada de lo que había ocurrido, que no había hablado con Luchito, que él solo pensó que yo estaba ocupado o algo parecido por lo que no le había contestado, pero a pesar de todo lo único que en verdad me preocupaba era porque no tenía llamadas perdidas de Alexandra.
Pasaban los días y no tuve noticias de Luchito ni de su familia, menos de Alexandra, a pesar de todo lo único que me preocupaba era saber cuál era la situación con ella, que sabía y que no, que le habían dicho, porque no me había llamado o si fue ella detrás de la voz del teléfono de la comisaria. Decidí idear un plan para poder encontrarme con ella y sacarme de dudas, aun cuando sabía que corría un gran peligro, pero la paranoia no me dejaba tranquilo.
Yo sabía que todos los sábados después de almuerzo Alexandra solía pasar el tiempo con su mejor amiga y siempre era ella quien la buscaba en su casa, la cual estaba a unas pocas cuadras de la de ella, por lo que con suerte nadie me vería esperarla. Así que el siguiente sábado tomé prestado el auto de mi padre, un Honda Civic del 98, el cual no conocía Alexandra, ni Luchito ni su familia y que además tenía lunas polarizadas.
La esperé al frente de la casa de su amiga sin saber exactamente qué haría ni cómo la encararía. Solo tenía una certeza, no la iba a dejar irse sin respuestas.
Luego de unos minutos de espera la vi por el vidrio posterior del auto, que por suerte no era tan polarizado como el resto. Se acercaba a su destino con un vestido de algodón color crema, ligero y fresco —lo recuerdo bien porque ese día había salido el sol, y el brillo hacía contrastar el color del vestido con el gris del resto de la calle. Caminaba despreocupada, sin saber que yo estaba ahí, tan cerca. Hasta sentí celos y rabia de que pudiera caminar tan tranquila e indiferente por la vida, como si nada de lo que estaba pasando le perteneciera también a ella.
Me pasé por dentro del auto al asiento del copiloto y cuando Alexandra estaba a punto de tocar el timbre, salí de él con una velocidad silenciosa. Por una fracción de segundo dudé, una parte de mí todavía podía llamarla por su nombre, dejar que se sorprendiera, que gritara si quería pero ya no había tiempo para hacerlo bien. La tomé con un brazo de la cintura desde atrás y con el otro le tapé la boca con la mano para que no gritase. En ese instante supe que ya no había vuelta atrás; la cargué hasta el auto que tenía la puerta del copiloto abierta para poder meterme con ella con facilidad y me quedé en el mismo asiento para que no pudiese escapar.
Me miró asustada por unos segundos con esos ojos grandes, redondos y marrones que la caracterizaban, su cabello lacio y castaño se escurría entre mis manos y algunos le caían por delante del rostro, todos desordenados por la rapidez de la maniobra que tuve que hacer para subirla al auto.
Antes de retirarle la mano de la boca, mirándola fijamente, le dije:
—¡Nos vamos a escapar!
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