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El contrapunto de la vida (Prólogo)

Agotado por el esfuerzo, finalmente se calla. Sé que solamente una fantasía puede tranquilizarlo en este tramo final de su vida: reencontrarse con su propio padre en el nuevo mundo y decirle que, aunque no pudo cuidar de su madre, ahora le trae la esperanza de la resurrección.

David Sarmiento
09 de setiembre de 2026
8 min de lectura
Llevo apenas unos minutos observándolo. Las sillas del hospital se sienten cada vez más rígidas. En una tétrica cama metálica, duerme. El suero a su costado gotea con parsimonia a la manera de una clepsidra; ese tintineo es el único sonido que disipa el silencio de este lúgubre recinto. Así tendido, su imagen se detiene en mi mente. No quisiera recordarlo de aquella manera. Su respiración es agitada; de cuando en cuando sacude la cabeza, como ofuscado por un sueño turbio ¿Soñará acaso con la muerte? Sabe que le queda poco tiempo para enfrentarse a aquello que esperó durante toda su vida. La vio siempre tan lejana, que nunca se detuvo a pensar si realmente llegaría, sobre todo, de aquella manera tan banal: postrado en un hospital público, sin el merecimiento ni la gloria de su fe. La escritura que tantas veces leí en las reuniones y en las revistas decía que el fin sería como en un abrir y cerrar de ojos. El Armagedón, la vetusta pesadilla, era para él su salvación. Su esperanza ahora se consume en esa camilla arellanado con todo ese peso de la enfermedad que lo desploma. Todo lo que aprendió en años, las promesas del nuevo orden y las profecías apocalípticas, simplemente fueron, como el susurro de la cordura le exigía: una patraña, una broma cruel del destino. —El fin de este sistema de cosas está próximo —dictaminaba desde el estrado, con esa voz profunda y engolada de los ungidos—. La venida de Cristo, el día de la cólera de Dios. Y ahora, abatido, con sus casi ochenta años, sus ojos grises se abren de golpe, fijos en la ventana. Mirando la niebla densa de Trujillo que empieza a disiparse afuera, como buscando a través del vidrio la revelación de la vieja profecía. —No puede llegar el nuevo orden sobre la tierra sin antes destruir el viejo sistema que ya está acabado —pronuncia de pronto, levantando un dedo tembloroso, impostando esa misma cadencia solemne y teatral con la que conducía a su congregación. —Si Dios va a destruir este mundo, entonces ¿qué va a ser de nosotros? —Mi repregunta cae certera, disparada por el peso de un cansancio que ya no puedo sostener—. ¿Qué va a ser de ti, de la gente que se mantuvo leal a sus dictados? ¿Qué pasará con nosotros, los enlutados? Mi padre baja el dedo lentamente. Su mirada se vuelve casi transparente, pero arrastra la beligerancia del orador desde el estrado que no tolera réplicas. —La Biblia no es explícita al respecto —responde, entornando los ojos con severidad—. Se sobreentiende que el Creador protegerá a su pueblo mientras castiga a los inicuos. No nos corresponde indagar más sobre los propósitos divinos. Debemos tener fe. Recuerda a Moisés, a quien se le negó pisar la tierra prometida; cuarenta años vagando en el desierto y jamás pudo ver el suelo de sus antepasados. Un señor, tan anciano como él, de levita y sacón, con mirada desorbitada lo escucha desde cerca. —Quizá tú alcances a verlo —añade, y su voz adquiere la misma pesadez gris de la niebla que allá afuera anuncia las lluvias inevitables del Niño Costero. —No, padre. El día que tú dejes de existir, se acabará esta historia. Una chispa se enciende en sus pupilas. Su mirada se desvanece entre el reproche y la frustración. —Espero que se te acabe ese orgullo enfermo y vuelvas la vista a Dios —sentencia, modulando la voz en un susurro—. Él es el único que puede rescatarte. Sé humilde y entrega tu vida. ¿Acaso no tienes pena de tu propio padre? Mira a tu madre, que también enferma está. Y aun así persistes en la insolencia de negar a tu Creador, revolcándote en el pecado. Sus palabras se sienten como un trago amargo; entran raspando mis oídos con el eco de una vieja reprimenda. Aquel murmullo punzante que pasó años hostigándome, regresa hoy convertido en un ruido que ya parece no alcanzarme. —Estoy muriendo, hijo —insiste, y estira la mano como buscando una reconciliación en un ademán histriónico—. Prométeme que volverás a la organización y que serás el enlutado que prometiste ser. No puedes huir a tu destino, ¡acaso no lo comprendes! Recuerda al profeta Samuel cuando niño; Dios mismo le habló, le reveló sus dictados. Entendió que era un elegido de Dios. Esas historias infantiles fueron las lecciones con los que crecí desde niño. Acepté estas verdades como irrefutables a las que asentía con el dócil vaivén de un perrito autómata que adornan los autos: doblando la cerviz hasta el cansancio. —Está bien —le contesto, solo para calmar así su agitación. —Solo espero verte en el paraíso —suspira. Confío en la bondad del Padre. De pronto sus ojos se desvían encendidos por una lucidez febril. Sus pupilas se entornan, fijas en un punto invisible, suspendidas en un arrobamiento casi místico. —Imagínate poder conversar allí con Noé y nos cuente cómo construyó el arca... —musita, y una sonrisa infantil le tiembla en los labios—. O con el rey David que derrotó al gigante filisteo, o con los apóstoles que conocieron a nuestro Señor Jesucristo, o con Pablo… * —No, padre, con Pablo no —le corrijo de inmediato, incapaz de contener el mantra, el chip que llevo incrustado en la mente—. A él Dios le propuso la esperanza celestial, no la terrenal. —Tienes razón —concede, reacomodándose en la almohada. Una sombra de alivio le cruza el rostro, al descubrir que bajo nuestras distancias aun conservo su mismo discurso —. Entonces con Abel, el primer hombre nacido de mujer; con Matusalén, que vivió casi un millar de años. Imagínate hablar con los hermanos de todas las épocas. ¿Te puedes imaginar las cosas que podrán contarnos? * Suelto un suspiro largo. Conozco de memoria cada rincón de esas fantasías; he pasado la vida entera habitando el reverso de ellas. —Padre, tú no me verás ahí. Llegarás al paraíso y lo primero que deberás hacer es conservar un poco de tristeza por mi ausencia. Si todo lo que dices es real, mi lugar no será ese paraíso terrenal. Mi esperanza estará en otra parte. Estoy seguro de que Él me quiere para otros propósitos. El tono compasivo que hasta ahora parecía reinar, se evapora de golpe, reemplazado por la rigidez tan propia de los enlutados. —¡Cómo puedes proferir semejante blasfemia, hijo, si no estás tocado por la gracia! —me increpa, y su voz recupera por un segundo la potencia de la reprimenda—. Ya lo ha aclarado el superintendente en la última asamblea: esa es una pesadilla de tu mente. Aléjate de esos pensamientos perniciosos que obnubilan tu juicio. No es el Espíritu Santo el que se te presentó en esos sueños: es Satanás mismo que te hace caer en la mayor de las tentaciones. Agotado por el esfuerzo, finalmente se calla. Sé que solamente una fantasía puede tranquilizarlo en este tramo final de su vida: reencontrarse con su propio padre en el nuevo mundo y decirle que, aunque no pudo cuidar de su madre, ahora le trae la esperanza de la resurrección. Cree ciegamente que al cerrar los ojos despertará en un mundo ideal donde gentes de razas distintas convivirán en una abundante naturaleza, un paisaje idílico donde se vea a sí mismo cazando monos y osos, como en su infancia en su natal Cusco. Aceptó todo este rollo dogmático con el único fin de reencontrarse con sus seres queridos. * —Arrepiéntete — me susurra como una súplica. —¿De qué voy a arrepentirme? —Has desobedecido. —No he desobedecido a nadie. —Has pecado. Y yo mismo estoy desobedeciendo las normas de nuestro Padre al aceptar tu visita y tener esta conversación. Me estás haciendo pecar; es por eso que no llega la bendición a nuestra casa. Escucho en silencio, sintiendo cómo una congoja me aprieta el pecho. Un hombre viejo nunca cambia. Mi padre fue un tipo callado que guardó sus tristezas dentro. Lo sufrió todo, como si todo el dolor indio pesara sobre sus hombros. Afuera, entre las rendijas del hospital, cruzando la densa niebla de Trujillo, se filtra la melodía difusa de una canción callejera. Sube desde la vereda, arrastrada por el rasgueo tosco de una guitarra acústica y la voz rasposa de un músico ambulante que le canta en la concurrida avenida. Es un reggae viejo y lento que acompasa un ritmo junto al calor del ambiente, una lírica vieja, tan vieja como mis días con los enlutados: «Llaman a la puerta... quién será». Cierro los ojos. El calor de las lágrimas vela mis mejillas mientras una enfermera empuja su camilla y se adentra en la sala de hospitalizados, rodeado de sueros y de moribundos, entiendo que para descifrar mi propio laberinto primero debo escarbar en el suyo. Deslizo la mano en mi mochila, busco el cuaderno, tomo el lápiz y me hundo, preso, en el primer recuerdo.

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