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El archivo de las personas perdidas (Capítulo 1)
Tenía un libro abierto junto a la taza y una costumbre curiosa: nunca desayunaba sin leer al menos una página.
Anya Velásquez
02 de julio de 2026
10 min de lectura
Cinco minutos antes
Hay preguntas que llegan sin hacer ruido.
No aparecen de golpe ni interrumpen la vida como una tormenta. Se instalan despacio, casi con delicadeza, hasta que un día descubres que llevan años viviendo contigo.
La de Alma era siempre la misma.
¿Y si hubiera sido diferente?
No recordaba cuándo empezó a hacérsela. Quizá cuando dejó pasar la oportunidad de participar en un concurso de escritura porque creyó que no era lo bastante buena. Quizá cuando vio a una antigua amiga mudarse a otra ciudad y se preguntó cómo habría sido su vida si hubiera tenido el valor de despedirse. O quizá mucho antes, cuando todavía era una niña y el mundo parecía un lugar donde todo era posible.
Solo sabía una cosa: aquella pregunta siempre llegaba en los momentos de silencio.
Cuando el autobús avanzaba lentamente entre el tráfico. Cuando apagaba la luz antes de dormir. Cuando veía a alguien reír con una libertad que ella sentía lejana.
Entonces imaginaba otra versión de sí misma. Una que hablaba sin miedo. Que tomaba decisiones sin pasar noches enteras pensando si eran las correctas. Una que parecía haber encontrado su lugar en el mundo.
Y después volvía a la realidad…
Porque la realidad siempre terminaba ganando.
El despertador sonó a las seis y cuarto.
Alma abrió los ojos antes de que sonara por segunda vez.
El techo de su habitación seguía siendo el mismo de siempre: una pequeña grieta cerca de la ventana, un rincón donde la pintura comenzaba a desprenderse y la luz gris del amanecer entrando con timidez entre las cortinas.
Permaneció acostada unos segundos más. Había algo extraño en las mañanas. Eran el único momento del día en que todavía parecía posible empezar de nuevo.
Se incorporó despacio. Sobre el escritorio descansaba un cuaderno de tapas color azul oscuro. No tenía dibujos. Ni frases motivadoras. Solo una pequeña etiqueta blanca donde había escrito una palabra con tinta negra.
Preguntas.
No era un diario. Nunca escribía lo que le ocurría.
Escribía lo que no entendía…
Lo abrió por una página cualquiera.
"¿En qué momento dejamos de convertirnos en quienes queríamos ser para convertirnos en quienes los demás esperaban?"
Leyó la frase durante unos segundos.
Después cerró el cuaderno.
Todavía no tenía una respuesta.
—¿Vas a llegar tarde? —preguntó su madre desde la cocina, con una mirada algo seria pero con ternura reflejada en su rostro.
—No.
—Entonces baja antes de que el café se enfríe.
Alma dejó el cuaderno sobre el escritorio y salió de su habitación.
Su madre ya estaba preparada para ir al trabajo. Tenía un libro abierto junto a la taza y una costumbre curiosa: nunca desayunaba sin leer al menos una página.
Su padre, en cambio, apenas levantó la vista del teléfono para saludarla.
No era una mala persona.
Simplemente parecía estar siempre pensando en el siguiente problema que debía resolver.
—¿Dormiste bien? —preguntó él.
Alma dudó un instante.
—Sí.
Era mentira.
Pero también era una respuesta suficiente.
A veces las personas no preguntan para conocer la verdad.
Preguntan porque esperan escuchar la respuesta de siempre.
Llegó al colegio cinco minutos antes de que sonara la primera campana.
Como todos los días.
Le gustaban esos minutos en que los pasillos todavía estaban medio vacíos. Cuando el edificio parecía respirar despacio antes de llenarse de voces.
—¡Reyes!
Alma sonrió antes incluso de girarse.
Solo una persona pronunciaba su apellido con ese entusiasmo.
—Buenos días, Nico.
Nico apareció con la mochila mal cerrada y un mechón de cabello cayéndole sobre la frente.
—Tengo una teoría.
—Eso nunca empieza bien.
—Escúchame primero.
Alma cruzó los brazos.
—A ver.
—Estoy convencido de que tú llegas temprano porque en realidad eres una espía.
Ella arqueó una ceja.
—¿Una espía?
—Sí. Necesitas revisar que todo siga en su sitio antes de que lleguen los demás.
Alma soltó una risa breve.
—Qué imaginación tienes.
—No lo niegues. Nadie llega cinco minutos antes todos los días porque sí.
Ella estuvo a punto de responder.
Pero algo llamó su atención.
Al otro lado del patio, una mujer mayor cruzaba lentamente el pasillo. No llevaba uniforme de profesora. Tampoco parecía una madre esperando a su hijo. Vestía un abrigo gris, demasiado elegante para una mañana de colegio.
Cuando pasó frente a Alma, levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron apenas un segundo. La mujer sonrió con una mezcla extraña de alivio y nostalgia. Como si acabara de encontrar algo que llevaba mucho tiempo buscando.
Y entonces dijo, con una voz tan baja que casi se confundió con el viento:
—Pensé que esta vez tampoco llegarías.
Alma dio un paso hacia ella.
—¿Perdón?
Pero la mujer ya seguía caminando.
No se giró.
No respondió.
Desapareció al doblar el pasillo.
—¿Qué pasa? —preguntó Nico.
Alma siguió mirando el lugar donde la había visto desaparecer.
—Nada...
Aunque sabía que no era verdad.
Porque había algo imposible.
Aquella mujer había hablado como si la conociera.
Y Alma estaba completamente segura de no haberla visto nunca en su vida.
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