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Dos indios

La primera vez que lo vio, llegó al café con una guitarra y pidió que lo dejara tocar por unas cuantas monedas. Tenía las piernas muy largas y el pantalón muy corto. Era demasiado flaco, el saco le quedaba muy mal. Llevaba el cabello largo, una barba mal crecida y la ropa raída. Parecía un vagabundo.

Rafael Rojas
30 de abril de 2026
11 min de lectura
Aún seguía lloviendo cuando lo vi entrar al café. Estaba mojado de los pies a la cabeza. Avanzó hasta la barra tambaleándose entre las mesas. El bastón que llevaba no le era de mucha ayuda, cuando lo vi de cerca me di cuenta de que era un paraguas. Al sentarse ordenó un whisky doble, tomó un par de servilletas y se secó el rostro. Estuve a punto de pedirle que se retire —obviamente ya estaba borracho— pero el día había estado tan flojo que me permití dejarlo beber para que esa noche pudiese cerrar la caja con algunos billetes. Después de tomarse el whisky de un solo sorbo, hizo un gesto de desagrado. Sacó un pañuelo del bolsillo y limpió sus lentes. Observó con detenimiento las botellas detrás del mostrador, señaló una de ellas —era un Macallan de 18 años— y me pidió que le sirviera de esa. Intenté no reírme mientras le decía cuanto costaba. «No te preocupes, mi amigo Pierre Corneille se hace cargo» dijo y me extendió un billete de cien francos. Mientras lo observaba a contraluz para constatar que no era falso lo escuché decir: «Tranquilo, está bien, lo acabo de hacer». Lo que sucedió después no sé exactamente cómo explicarlo. Colocó sobre el mostrador la fotografía de una chica y un pequeño perro de bronce. Sostuvo conversaciones con ellos mientras se acababa la botella. Les contaba sobre un tal Pedro Balbuena, alguien que nunca pudo negar a nadie. A la chica de la foto le pedía, con vergüenza, perdón por no amarla como se merecía y al perro, al que llamaba Malatesta, consejos para que hacer con su vida porque presentía que iba a terminar volviéndose loco. Yo lo miraba de lejos, vigilando que no haga algo fuera de lo normal, por si tenía que echarlo. A esa altura no importaba porque la cuenta ya estaba pagada. Lo extraño fue que, mientras se iba acabando la botella, lo sentía cada vez más cuerdo. Dejó de hablarle a la fotografía y al perro a los que guardó con cuidado en el bolsillo de su saco. Inició una amable conversación conmigo y los otros dos comensales que estaban en el café. Su francés era impecable, de alguna forma su acento despareció. Nunca antes me había ocurrido eso: que un cliente llegue borracho, se beba una botella entera de whisky y luego este fresco como una lechuga. Nos contó historias de su país, de su casa —al que se refería a un palacio—, del océano pacífico y sus playas de agua fría, de Chosica, de Tarma y sobre todo de sus amigos a los que extrañaba tanto y que no sabía cuándo los volvería a ver. Antes de despedirse, nos contó que él, diez años atrás, había estado en este mismo bar un par de veces, junto a otro peruano. Cuando ya estaba por cerrar, lo vi caminar entre las mesas sin tropezarse y en el umbral, antes de salir, abrió sin problemas el paraguas que usó como bastón. —¿Te acordabas de él? —preguntó uno de los comensales. —De él no, pero del otro, de su amigo sí. —respondió el dueño del café. La primera vez que lo vio, llegó al café con una guitarra y pidió que lo dejara tocar por unas cuantas monedas. Tenía las piernas muy largas y el pantalón muy corto. Era demasiado flaco, el saco le quedaba muy mal. Llevaba el cabello largo, una barba mal crecida y la ropa raída. Parecía un vagabundo. Le dio lástima. Le permitió tocar algo, para no parecer rudo. Luego le diría que no le gustó y le pediría que se retire. Solo se sabía un par de acordes y tenía la voz aguardentosa, típica de fumador. El dueño del café le invitó una copa de vino. A partir de ese momento empezó a frecuentar el café. Venía todos los días. Nunca dijo su nombre, él tampoco se lo preguntó. En el café lo conocían como el indien porque cuando por la radio sonaba L’été indien de Joe Dassin lo cantaba a viva voz. Solía sentarse en una mesa cerca de la ventana. Desde ahí podía ver a cuanta chica pasara. Al pagar siempre contaba las monedas con precaución. No quería que alguna se le deslizara entre los dedos. Cuando presentía que no le iba a alcanzar, se sentaba en la barra, sabía que ahí le iba a salir más barato el vino. Tenía la mirada perdida, como envuelto en sus propios pensamientos. Algunas veces lo veían derramar una que otra lágrima. Hablaba para sí mismo, muy bajito, como susurrándose. Nadie supo de dónde venía y que idioma hablaba. A todos se dirigía en francés con un acento que nadie podía descifrar. Uno de los ayudantes de cocina dijo que sonaba a español, pero que también podía ser italiano. Dejó de ir de un momento a otro. Nadie más lo volvió a ver. —¿Cómo se llamaba? —Creo que dijo Manolo, a secas, sin apellido. —¿Y el que se acaba de ir? —Alberto Bryce creo. —¿Bryce? eso suena inglés ¿de dónde dijo que era? —Perú. —Disculpa mi ignorancia, pero ¿dónde queda eso?

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