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Culpa (5)

Intenté secarte un poco las lágrimas, volver a abrazarte y decirte que no te dejaría sola, pero mis palabras se sentían inútiles. Todo lo que encontraba eran gestos vacíos. Ni yo mismo sabía qué hacía.

Gabriel Granda
07 de agosto de 2026
15 min de lectura
Tus ojos corrían sobre mi rostro en la huida de la degradación. Ellos indagaban mis facciones para descifrar si yo también era un Mendizábal con cara de muerto enfermo. —Hay Jugo de uva, Lucía —comenté intentando también correr por tu rostro, con una mirada que se mostrara tranquila, ocultando el temblor que me carcomía por dentro. Había salido disparado a más de cien kilómetros hasta llegar a la suite del hotel donde nos habíamos hospedado. Mis dedos habían estrangulado el volante durante todo el trayecto hasta dejar la marca de mis uñas sobre el forro de cuero. Para mí, esa casa nunca fue un salón de fiestas; siempre fue un claustro de enfermos mentales. Creí que irme de Lima era un para siempre hasta que la fecha de expedición llegó hace dos días con la mano que desconfiaba colocar la llave en la puerta blanca de la habitación en la que intentaríamos desinfectarnos. Toda esta locura se aferraba a mi nuca, arqueando la espina dorsal desde el techo hasta el suelo en segundos. El dolor físico me hacía sentir la certeza de que el único hombre en mi familia capaz de mezclar su piel con la piel de la servidumbre siempre había sido el tío Josephus Mendizábal. Aquello siempre había sido un ardor anómalo en la sangre. Lo veía muchas veces cuando era niño, desde la rendija de un armario de la lavandería en la casa de la Tía Lucrecia: Él solía acorralar a las empleadas y después de unos largos bufidos contra el cemento, corría al baño a frotarse las manos con bencina y cepillos de cerdas duras hasta rasgarse la dermis, como si la piel de las muchachas fuera una roña cobriza que le infectaba la sangre azul. Antes de llegar al hotel, pensé en detenerme en un market pues la sed y las náuseas me poseían; sin embargo, preferí no parar. Mi único objetivo era encerrarme en el baño de la habitación, bañarme bajo el agua hasta hervirme la piel, arrancarle la ropa a Lucía como un perro hambreado, hacerle el amor, y vaciar todo ese terror heredado y no salir de allí hasta la hora de partir hacia el aeropuerto. Solo entonces, como un zombi entre las nubes, me preguntaría en qué momento había empezado todo. Aquel virus me había perseguido hasta Río, materializándose en una insistente invitación nupcial que me acompañaba desde la mañana hasta la noche insomne, bajo un viejo remordimiento en el que la muerte asomaba su mirada. Al ver el lugar en el que se realizaría la fiesta del matri, recordé la mansión de la Tía Lucrecia, no sólo como un ambiente de encuentros familiares, sino como un antiguo manicomio clausurado y abandonado desde los setentas. Mi tía adquirió el inmueble en el año en el que falleció mi madre, condenándome a vivir entre su casa y la del tío Josephus. Hoy, al salir de ahí, con el pie sobre el acelerador a fondo, comprendí que, aunque el velocímetro marcara más de cien, uno nunca puede escapar de las paredes de su genética. Al entrar a la habitación abrí el refrigerador y atiné a preguntarte si deseabas algo. Al escucharme, tu mirada giró levemente hacia mí, para luego volverse sobre la cama con la necesidad de encontrar un cobijo bajo las almohadas: —Invítame lo que sea Francis. —Solo hay esto y una botella de agua. —Lo que sea. Elegí el jugo porque sentí que el sabor de la uva podría refrescarte un poco. Mi celular empezó a timbrar y por dentro mis pensamientos empezaron a desfigurarse hasta lograr transformar mi rostro: —¡No contestes! —No, no lo haré —comenté titubeando con la caja del jugo aún en una mano. —¿Quién podrá ser? —No sé. No quería dar aclaraciones y puse el celular en silencio. En la pantalla se podía leer: Spam. Esperé un par de segundos, me deshice de la caja de uva y puse el vaso sobre la mesa de noche, al costado de la cama. —¿Ya lo sabrán Franz? —Tal vez sí, pero no quiero hablar del tema Lucía. —¿Qué haremos? —Por favor no quiero recordar lo que pasó. —¿Entonces solo lo olvidaremos y no diremos nada? —Solo descansemos para alistarnos luego. —Está bien. Ven conmigo, abrázame. Te abracé y te besé dentro del refugio de almohadas. Nuestros cuerpos eran sombras iluminadas solo por la luz mortecina de una lámpara esquinera ubicada cerca a la puerta. Nos quedamos mirando el techo con la seguridad de que el peor lugar para sobre pensar las cosas es la cama. Te ibas a dar una media vuelta para abrazarte y el teléfono del hotel timbró. —¡Mierda! —gritamos, casi por instinto, y nos miramos sin parpadear. —No hagamos ruido —ordenaste, tapándome la boca. Ambos dejamos de respirar. Luego empezamos a hablar bajito: —¿Le dijiste a alguien dónde estamos? —No, no, creo que no. —¿Creo que no? ¿Estás seguro Francis? —¡No lo sé, Lucía! Salimos muy rápido de la fiesta. Tomé un poco. —¡Dios mío! ¡No contestes! El teléfono dejó de timbrar. —Iré a la recepción a ver qué pasa. Necesito caminar un poco. —Estás loco, no me dejes. —Puedes quedarte sola un momento. La fruta fermentada del jugo de uvas detonaba un olor rancio que se esparcía por toda la habitación. El borde del vaso se veía viscoso. —¡Todo ocurrió porque me dejaste sola idiota! El silencio de la habitación se rompió antes de terminar de atar los cordones de las zapatillas: —¿Sola? Vi que hablabas con él —solté, y las palabras me supieron a: «mierda la cague», dentro de mis pensamientos. —¡Estuve sola porque estabas entretenido, cobarde! —pujaste, deslizándote sentada hacia el lado más oscuro de la cama, en busca de un tacho donde arrojar tu propio asco. —¿Cobarde? ¡Te salvé Lucía! Fui yo quien lo enfrentó. —Sí, eres un cobarde. Un cobarde y un huevón que necesita creerse un héroe para no volverse loco. Mírate las manos, te están temblando, idiota. Aun no puedes terminar de ponerte las zapatillas. Das lástima. —¿Lástima? Lástima das tú que bailaste con él y nunca me dijiste que él era el idiota con el que... —¿El idiota con el qué?, ¿qué? ¡Dilo completo cobarde! —¿Sigues?, ya dejémoslo ahí. —Si sigo, qué más. ¡Dime! —¡Lo besaste! Lo tenías encima cuando saliste del baño. —Necesitaba que al menos por unos segundos la culpa fuera tuya— ¡No te defendiste! —¡Me estaba asfixiando idiota! —gritaste, y tu voz se desgarró, ardiendo en el pánico que intentabas controlar desde que fuiste embestida por ese cerdo —. Me tenía sujeta de las manos contra la pared. Apestaba a pisco, Francis. Sus dientes chocaban entre ellos como si quisiera destrozarme los labios. No pude sostenerte la mirada. Ni quería recordar lo que hice para evitarlo. —Perdóname. No debí… —¿No debiste? ¿Es lo único que sabes decir? ¿Dónde estabas tú? Riéndote con esa estúpida de rojo. Mirando hacia otro lado, como siempre hace tu maldita familia cuando sus perros rabiosos hacen de las suyas. —Lo sé —dije, y el «te amo» que intenté pronunciar se me quedó atascado en la úvula, espeso como un esputo lleno de flemas muertas. —Ya no sé quién eres —magullaste y te recostaste al borde oscuro de la cama. Tus lágrimas brotaron levemente. Intentabas no sentir y tu espalda se puso rígida como la postura de quien busca contener un llanto que diga: Maldita sea carajo. Intenté secarte un poco las lágrimas, volver a abrazarte y decirte que no te dejaría sola, pero mis palabras se sentían inútiles. Todo lo que encontraba eran gestos vacíos. Ni yo mismo sabía qué hacía. Llegué a verme como un muérdago entre tus brazos inertes. Tu abdomen estaba ligeramente descubierto y con el instinto de un animal, hundí los dientes en el centro de tu vientre canela, buscando mojar tu ombligo con la punta de la lengua. Necesitaba sentir lo que el puto muerto te hizo. Tu sudor era frío y salado. Ni siquiera te quejaste, solo empujaste mi cabeza a un lado como se espanta a una mosca. Me detuve hasta que mis manos se deslizaron por el revés de tus antebrazos. Por un breve instante creí verte sonreír. Mis labios creyeron compartir los mismos gestos; sin embargo, la contusión que punzaba y moroteaba mi mejilla imposibilitaba mostrar cualquier gesto nítido. El maxilar me crujía y a pesar de haberme presionado con una lata de bebida energizante que extraje del refrigerador, no logré liberarme del sabor de la sangre en las encías. La sangre bajaba por la garganta como un veneno espeso hasta instalarse en el estómago como un gusano que reclama el derecho de propiedad sobre mi cuerpo. Me recosté de bruces sobre la cama, afiebrado por el peso de mis acciones, como si al morderte el vientre hubiera succionado también el aliento alcohólico de Josephus. Dormí un poco, pero de pronto la culpa de sentirte recostada sobre mis hombros me despertó. No quería moverme y abrir los ojos, temiendo que el más mínimo roce rompiera la intimidad de aquel silencio. Sentía que tus cabellos me acariciaban. El frío de la noche ingresaba hasta helar las sábanas. «Maldito Josephus, siempre comprendí que estabas involucrado en la muerte de mi mamá, pero no en las perradas de Lucía». —No quiero volver jamás *** —Tampoco quiero volver. La habitación estaba con una de las ventanas abiertas. Al verte dormido me acosté sobre tu espalda pues ese calor era lo único que deseaba para sentir si su temperatura podía expiar la culpa que llevaba por años. Apoyada sobre tu piel, cerré los ojos y noté que el viento helado llegaba hasta mi vientre para secar tu saliva. Mis manos frías habían abandonado su color y la capacidad de dialogar con tus manos. Mi respiración empezó a silbar contra tus hombros y sonaba como el zumbido de una concha marina que recordé arrojar hace muchos años, cuando había decidido abortar el último rastro Josephus. Caminaba sobre los pequeños muros del malecón Cisneros, alternando los pasos hacia el borde del acantilado. Desde allí, contemplaba al sol que se sepultaba en el mar. Fue entonces que comprendí que, gracias a Josephus, mi vientre era un cementerio de cuatro cruces. Daba igual que el fuego aún alimentaba la pasión para sostener la farsa de una aventura que me enorgullecía y me volvía irresponsable. Todo ese tiempo ya había sido demasiado puñetero. Sabía que era carne de la intriga casquivana y se me castigaba con desidia y dolor. Fui por una caja de cigarros y unos caramelos. Escuché el sonido de la concha marina una vez más y la percibí vacía al igual que yo. La arrojé con fuerza hacia el barranco y escuché el crujido lejano de su fractura entre las rocas. Crucé el puente de los suicidas y caminé por una avenida hasta notar que los cigarros se habían acabado. Al llegar a casa te conocí Franz. Mi padre había montado un estudio de música en el primer piso; allí, muchos músicos ensayaban e intercambiaban latas de cerveza y Red Bull. Tú practicabas un solo de guitarra con una púa, bajo un póster de Freddie Mercury con un traje de rombos negros. Abrí la puerta, con la tristeza desaliñándome el rostro. Noté que también tenías el mismo insomnio que me había contagiado Josephus, y eso nos empujó a intercambiar un «hola». Ninguno sabía que ese saludo me conectaba, de golpe, con el sobrino del hombre que me había dejado vacía, hasta que la boda a la que no querías venir reveló todo. Te paraste de prisa ahogado por la culpa. Fuiste a mojarte la cara. Sentí el temblor de tu espalda al tensarte y deshacerte de ese breve alivio que nos acongojaba. Te vi algo encorvado. Ya no eras el joven que tenía cara de niño y mi vientre seguía siendo un desierto de cal viva. Volver a Lima y conocer a tu familia era un intento de sostener unas columnas que se nos venían abajo entre pruebas de embarazo negativas, sábanas frías y noches sin dormir por sentir el vacío infinito de un cuarto en el que nunca va a llorar y reír un bebé. La invitación y el viaje eran un simple esparadrapo sobre la gangrena. El silencio dentro del dormitorio empezó a volverse ruidoso. Respiré y me dirigí hacia la ventana deshaciéndome de las almohadas que dejaste sobre mi vientre al pararte. Intenté cerrar la ventana, pero la dejé medio abierta y vi la avenida. Abajo, los faros de los autos cortaban de tajo el aire de la madrugada, revelando un polvillo iluminado que no se puede palpar. En el reflejo oscuro del vidrio apareció tu rostro, profanado por el puñete que Josephus te había dejado antes de morir. Al menos hay alguien que puede sangrar entre los dos. Yo ya no, desde el legrado en el que aniquilé el último rastro de tus genes antes de que naciera con las mismas manos enfermas y deformadas de tu tío. Nos acostamos de espaldas. No teníamos nada de qué hablar. La cama era una fosa dividida por las almohadas. El frío de la medianoche nos lamía el cuerpo. La única cortina que se balanceaba contra la ventana semiabierta parecía un cordón umbilical moribundo, meciéndose en la penumbra de un cuarto donde nuestras manos se habían vuelto estériles e incapaces de buscar la mano del otro.

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