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Bicho raro

No sé cuánto tiempo había pasado desde que llegamos, pero la música del restaurante había subido muchos decibeles y solo nos entendíamos leyéndonos los labios. Había un tumulto de gente que caminaba entre las mesas y se paraba a nuestro lado con una copa de vino. Los roces en nuestros hombros y brazos empezaron a aparecer.

Valeria Sandoval
09 de marzo de 2026
23 min de lectura
—Esta noche es la fiesta de fin de parciales —dice Pamela con una sonrisa y dando saltitos de alegría. —¡Qué divertido! ¡He estado contando los días para ir a esa discoteca! ¿Qué te vas a poner? —pregunta Cindy con su voz chillona. —Un short blanco y mi top negro, el sexy. Y obviamente mis súper tacos favoritos —responde Pamela mirándose los senos. —Yo mi falda floreada y mi polo escotado rojo para estar “ya no ya” —agrega Cindy con una amplia sonrisa. —¡Me encanta! ¿Tú, Lucía? —dice Pamela, volteando a ver a Lucía, quien trataba de mantenerse ajena a la conversación. —Ni idea, algo cómodo supongo… —responde con una curvatura en sus labios, en lo que parece un intento de sonrisa. —¿Y tú, Gabriela? —pregunta Pamela, penetrándome con sus ojos verdes. Las palabras caen como una aguja en el medio del espacio más silencioso de mi cabeza. Escucho su pregunta como un eco infinito. Para ellas es una frase ligera, lanzada con normalidad. Para mí es una puerta que se abre sin permiso y chirría muy dentro de mí. El silencio se vuelve eterno, mi respiración se detiene unos milisegundos, mi corazón bombea a mil por hora, mis manos sudan. Miro a otro lado mientras pienso lo más rápido que puedo: “mi buzo gris es demasiado informal, mi pantalón negro ya está viejo, mi polo azul marino me lo ven casi a diario, solo tengo zapatillas. Si me compro algo nuevo y me arreglo, parecerá que quiero llamar la atención; si no, pensarán que soy aburrida”. Siento que el pecho se me contrae y que todos los ojos se vuelven a mí. Trato de esquivar las miradas, pero percibo gestos minúsculos, milimétricos en sus caras expectantes que no solo hacen que el estómago me dé vueltas, sino que me sienta juzgada. Pamela levanta una ceja, Cindy sonríe de costado y Lucía se desentiende de la situación mirando alrededor. Lo único que anhelo es desaparecer. Solo atino a decir casi en un susurro que irrumpe desbocado: “Aún no lo sé”. Las tres se miran entre ellas, con una risa nerviosa y cambian de tema. Yo me sumerjo en mi cabeza con una seguidilla de preguntas que me hacen cada vez más diminuta: ¿Por qué no inventé un atuendo? ¿Por qué me quedé callada tanto tiempo? ¿Por qué tengo que ir a la discoteca? Mi cuerpo se encorva, como queriéndose hacer un ovillo. Luego el tiempo se detiene mientras veo que todas se despiden y se alejan. Noto que los movimientos de las personas se ralentizan a mi alrededor, huelo de un momento a otro las hamburguesas que se están friendo en la cafetería y siento asco, percibo el algodón de la manga de mi polo que empieza a fastidiarme porque me queda un poco larga; todo esto me abruma más y hace que mi corazón se agite. ¿Otra vez la misma sensación de siempre? Qué inoportuno. Camino hasta el paradero arrastrando los pies, respirando profundamente y tratando de centrarme en los árboles, evitando mirar a los micros que hacen carreras, y a sus choferes que gritan y tocan la bocina sin cesar. No entiendo cómo otras personas se acostumbran a esto. Para mí siempre será algo fuera de lo común. * Veo a Gabriela a lo lejos. Tiene un gesto extraño de fastidio en el rostro, como un puchero, se tapa una oreja disimuladamente. Sacude la cabeza. Cuando todas la interrogaron hace unos minutos, sentí empatía por ella. Percibí la tensión en su cuerpo, su divagación de un momento a otro… * Llegué a casa y para variar, la música se escuchaba a todo volumen. Mi mamá estaba aspirando y esa cosa hace un ruido que me vuelve loca. Solo quiero estar sola para procesar lo de hoy, pero ella se acerca, apagando el monstruo atronador. Se lo agradezco dentro mío: —¿Cómo te fue hoy, hija? —Me da un beso en la mejilla. Siento su sudor en la cara y me lo seco con el dorso de la mano, tratando de que no se dé cuenta. —Bien, ma. ¿Y tú? —Bien también, limpiando la casa para la reunión de hoy. Es con mis amigos del colegio. —Ah, qué bien —digo sin mucho entusiasmo. —Me encantaría que estuvieras. —No creo que pueda; ya tengo planes. —Me lo imaginaba; siempre evitas estar en nuestras reuniones —me dice con tono suave, aunque percibo algo de descontento en su voz. Le doy una palmada fraternal en el hombro y me encierro en mi cuarto. Me echo en la cama. La cabeza me da vueltas, mis manos se humedecen y los latidos golpean mi pecho con ferocidad. Empiezo a pensar en la conversación de hoy con las chicas y en lo que me espera en la noche. Nunca he pisado una discoteca y no tengo nada decente que ponerme. ¿Y si no voy? * Estábamos en la puerta de Ángel, la discoteca de moda, esperando a que llegara Gabriela y pudiéramos entrar todas juntas. Temo que ella se arrepienta; aunque no sé si sea lo mejor. —¿A qué hora llegará Gabriela? ¿Les ha avisado? —pregunta Pamela, mirando su reloj y haciendo temblar su pierna izquierda. —No, nada —decimos al unísono Cindy y yo. —Entre nos, ¿no les parece un poco extraña? Ya son varias veces que veo que se pone nerviosa con nosotras y no nos quiere contar mucho —comenta Pamela. —Tienes razón, hoy se quedó ida cuando le preguntaste sobre lo que se iba a poner; encima siempre va a la universidad con lo mismo —agrega Cindy. —No hablen mal, chicas, yo la noto normal —respondo, tratando de calmar las aguas. Luego de media hora, veo acercarse a Gabriela, muy despacio, a una cuadra, pero distingo su atuendo: lleva unos jeans holgados y un polo manga corta suelto. Calza unos zapatos con tacón bajo y camina con dificultad. —Te estábamos esperando —le dice Pamela, mirándola de arriba abajo, cuando se acerca a saludarnos. —Gracias, me retrasé porque no pasaba el micro —responde Gabriela, bajando la mirada y casi murmurando. —Ah ok, ¿entremos, no? Que ya se está formando una cola larga. —Sí, dale. Nos internamos las cuatro en el recinto principal de la discoteca, al lado de la barra, y enseguida veo de reojo la expresión de desconcierto de Gabriela apenas se ve sumergida en la música a todo volumen, las luces multicolores intermitentes y la gente moviéndose enloquecidamente: es sorpresa y estrés al mismo tiempo. Incluso arrepentimiento. La entiendo. Le toco el antebrazo y le digo: “Tranquila, está bien. Si quieres vamos al baño”. No sé si logra oírme. * El sonido me llega de golpe como un portazo en medio de la noche. El bajo retumba en cada célula de mi cuerpo y me impide pensar con claridad. Las luces queman mi retina como si fueran lava: blanco, verde, azul, rojo; de nuevo, blanco, verde, azul, rojo. ¿En qué momento se detiene esta tormenta de colores y sonidos? El ambiente denso con olor a sudor, perfume y trago, invade mis fosas nasales. Parpadeo. Nada. Todo sigue igual, a una velocidad desgraciadamente rápida. La gente riéndose, moviendo sus extremidades, tomando alcohol, las luces centelleantes, el sonido ensordecedor. Todos parecen divertirse. Centro mi atención en una oruga que camina perdida y con dificultad cerca de mis pies. ¿Qué hace aquí? En cualquier momento la pisan. O quizás ya la pisaron y se quedó herida. Siento empatía por ella. Ya somos dos seres perdidos en este frenético espacio. Nadie se da cuenta de ella; tampoco de mí. Los dedos de mis pies aprietan la punta del zapato. Recuerdo que la talla de mi mamá es 37 y yo soy 38; no debí ponerme su calzado. Un empujón me saca de mi ensimismamiento: —Vamos a bailar, Gaby. ¿Qué haces ahí parada? —me dice Pamela, gritando en mi oído, con una botella de cerveza en la mano. —Ok —le respondo con una leve sonrisa. Pamela me hace una señal, levantando el brazo y acercándomelo a la cara para que tome su cerveza, mientras nos abrimos paso entre la gente. Yo la rechazo, pero me insiste, así que bebo un sorbo y luego otro. Es terriblemente amargo, no me gusta. Pero, ¿es lo que debo hacer? Paso el líquido con dificultad. Me uno a Cindy y a Lucía que bailan en medio de un torrente de personas. Muevo mi cuerpo como puedo, imitándolas, pero siento que todos me miran, dándose cuenta de que no sé bailar. Me siento ridícula. No puedo distinguir la melodía que se convierte en un zumbido en mis oídos, así que ni siquiera soy capaz de intentar seguir el ritmo. Ya solo miro de un lado a otro. Empiezo a sentir rozaduras constantes, cuerpos que invaden mi espacio. Un codo desenfrenado, una espalda húmeda, un brazo pegajoso. Escucho a lo lejos que me preguntan si estoy bien. No sé cuánto tiempo ha pasado. La cabeza me da vueltas, tengo náuseas, abro y cierro la boca para respirar mejor pero el aire es una masa tibia que se me pega en la garganta y no fluye hasta los pulmones. Un pitido agudo invade mis oídos y trato de alejarme de la pista de baile con pasos torpes. * Noto que Gabriela no la está pasando bien. Sigo bailando y cambio de sitio a Cindy para ponerme a su lado. Me doy cuenta de que se tambalea y que se esfuerza por respirar. Da algunos pasos alejándose del grupo y voy tras ella. Le pongo una mano por encima de su hombro y la dirijo a la puerta de salida. Ella no pone resistencia. Se deja guiar. Ya fuera de la discoteca, seguimos caminando una cuadra más, alejándonos del ruido, hasta que se apoya en la pared y cierra los ojos. Yo solo la observo. —Disculpa por haberte sacado de la discoteca —me dice tratando de articular las palabras. —¿Qué dices? Tú no me has sacado, yo he decidido acompañarte. —Te lo agradezco, de verdad. No sé qué me pasó —me mira con ojos vidriosos. —Yo sí sé. —¿Qué? —Ahora te cuento, pero primero estabilízate. —No quiero abrumarla. Esperamos unos minutos mirando la calle, sin decir palabras. Veo que saca su pie derecho del zapato y se lo soba. Luego me lanza una señal para caminar. —¿Cómo te sientes? —le pregunto, como restándole importancia a lo que sucedió. —Ya mejor, gracias, Lucía. —No hay de qué. ¿Ya te había pasado antes? —¿Qué cosa? —Este tipo de crisis. —Ah sí, pero no tan fuertes… —Entiendo. A mí también me pasa. —¿De verdad? —Me mira incrédula. —Sí, solo que he aprendido a gestionarlas hace un par de años. —¿Cómo así? —Verás, yo soy PAS “Persona Altamente Sensible”. Y creo que tú también. Hago una pausa para analizar su expresión. Me mira impávida, como si recién se enterara de que la Tierra no es plana. Continúo: —Somos demasiado susceptibles a sonidos, luces, olores, tactos, gestos, movimientos. Es como si nuestros sentidos estuviesen aumentados y con estimulación externa se saturan. —Dejo de hablar y respiro profundamente, mientras disminuyo el paso. —Me hace sentido… —Encorva los hombros y baja la cabeza. —¿Sí? —Sí, me pasa cuando mis papás hacen sus fiestas en casa. —Entiendo, mucho ruido seguro. —Sí, en ambientes de este tipo como el de hoy también… conciertos o reuniones con mucha gente —balbucea, como sintiendo vergüenza de lo que está diciendo. —Claro. Pero te cuento que hay ciertas técnicas que me enseñó mi psicóloga para estar mejor, como la respiración consciente y la sensación de estar con los pies en el piso. Es decir, enfocarte en tu cuerpo. Es más fácil practicarlo que explicarlo… —Interesante —resopla Gabriela y noto un breve brillo en sus ojos. Esa noche trato de explicarle lo que me pasa a mí a ver si se adecúa a su situación y si de algo le sirve. Siento compasión por ella, pues percibo que se siente enferma de algún modo, y que no encaja en ningún lugar, como me sentía yo hace no mucho tiempo. Caminamos hasta las tres de la madrugada por las calles de Barranco, hasta que el cansancio nos gana. Nos despedimos con un largo abrazo. * Diario de Gabriela – 10 de abril 2011 Luego de muchas conversaciones con Mariana, mi psicóloga, llegó a la conclusión de que sí soy PAS y se extraña de que recién me entere. Me ha recomendado meditar todas las mañanas y seguir escribiendo en mi diario. También observar qué personas disparan en mí la ansiedad previa a una crisis y evitar los lugares con demasiados estímulos. Esto es difícil pues todo mi grupo de amigos quiere ir a discotecas, reuniones, conciertos, y siempre me invento excusas para no ir. Siento que me siguen mirando como bicho raro, pero cada vez me importa menos… eso creo, o quiero. La única que me entiende es Lucía. Nos reunimos todos los martes en su casa que es más tranquila que la mía y conversamos de todo. Me siento a gusto con ella. * El restaurante es pequeño, con luz cálida y un murmullo amable, de esos que no invaden. Me transmite tranquilidad, pues las voces ajenas parecen quedarse a una distancia prudente, como si respetaran el espacio entre nosotras. Observo el vapor que sube de mi plato cuando pregunto: —¿Te acuerdas de cuando me sugeriste que quizá yo podía ser una Persona Altamente Sensible? Digo… como condición. —Fue en la universidad —dice Lucía—. Entraste en crisis en esa bendita discoteca. —Lo recuerdo como si fuera ayer. Sentí vergüenza e incomodidad. Creía que estaba arruinando esa noche tan esperada por las chicas. —Lo sé… —Pero tú me miraste como si no hubiera nada que arreglar y me sacaste de ese mar de estimulación como mi salvavidas —le aprieto el antebrazo con una sonrisa y mirada profunda. Lucía me devuelve la mirada, con esos ojos pardos en los que confío plenamente. —Cuando te vi, fue como verme a mí misma unos años antes. Te sentí como mi espejo y quería aportar mi granito de arena… ya sabes cómo soy. —Gracias, amiga. Por primera vez no sentí miedo al nombrarme. Y me percibí menos…distinta. Divisé una posibilidad de no estar enferma como creía. Después la psicóloga confirmó lo que tú me habías sugerido y de alguna forma fue un alivio. —Nombrarte fue el comienzo, Gaby —dice Lucía—. Después vino el permiso para aceptarte y trabajar en ti. —No sabes cuánto me cambió eso. Dejé de obligarme a estar en ambientes que me hacían daño y a gestionar la sobreestimulación cuando no podía evitarla. —Un gran paso para que tu vida sea más tuya, soy consciente de eso —agrega Lucía, asintiendo con la cabeza. —Y aprendimos juntas a elegir quién nos sumaba y quién no. Brindamos, como quien celebra algo íntimo, con copas llenas de agua. —Al final —concluyo— no fue la universidad lo que más nos enseñó. —No —responde Lucía—. Fue reconocernos sin pedir disculpas. Y no avergonzarnos por ello. —Aceptarnos siendo diferentes, bichos raros o como quieran llamarnos —agrego remangándome mi suéter preferido, el más cómodo de todos. Percibí que Lucía empezaba a moverse en su silla y a mirar alrededor como buscando una aguja en un pajar, con los ojos muy abiertos. Reconocía esa expresión. No sé cuánto tiempo había pasado desde que llegamos, pero la música del restaurante había subido muchos decibeles y solo nos entendíamos leyéndonos los labios. Había un tumulto de gente que caminaba entre las mesas y se paraba a nuestro lado con una copa de vino. Los roces en nuestros hombros y brazos empezaron a aparecer. —¿No se suponía que este lugar era tranquilo? —pregunto observando las caras de la gente que conversa gritando a nuestro lado. —Sí, pero ya sabes cómo es todo: al final lo que más vende es la bulla y el mar de gente. Nosotras somos los bichos raros. —Para variar… entonces es hora de irnos. ¿Qué te parece si seguimos conversando en mi departamento? —Me gusta la idea; es la costumbre de siempre. —Al final terminamos haciendo lo mismo cada vez que nos reunimos en lugares públicos —comento soltando una risotada sarcástica. Pedimos la cuenta y salimos. Mientras caminamos hacia mi departamento, una mariposa anaranjada con puntos negros vuela cerca a nosotras. Sonreímos y entrelazamos nuestros brazos en silencio. Y es que el mundo sigue siendo ruidoso, apurado, agresivo, poco cuidadoso con lo frágil. Nadie baja el volumen. Nadie hace espacio. Pero nosotras sí. Lo aprendimos.

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