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Apuntes de diario
El martes fui a encontrarme con Alberto. Nos citamos en el mismo restaurante donde, diez años atrás, junto a otros amigos del colegio tuvimos nuestro almuerzo de despedida. La tarde se pasó entre recuerdos, cervezas y muchas anécdotas. En un momento noté que dudaba en decirme algo. Cuando por fin lo hizo, no supe qué responder…
Rafael Rojas
13 de abril de 2026
13 min de lectura
Viernes 11 de diciembre de 2015
Mañana es el reencuentro de la promoción de mi colegio. Me alegra que haya coincidido con mi visita. Es la primera vez que vuelvo en mis casi diez años de vivir en el extranjero. La falta de dinero, los estudios y el trabajo impidieron que regresara antes. No puedo creer que hayan pasado quince años desde que terminamos la secundaria. A excepción de mis dos mejores amigos, quienes vinieron a visitarme, a los demás no los he vuelto a ver. Por lo que leí, la convocatoria ha sido un éxito. Me llamó la atención que casi todos confirmaran, porque mi promoción no se caracterizaba por ser muy unida. El cambio de actitud se debió a la carta que Carlitos —el más querido de la promoción— envió antes de fallecer de cáncer. «Olviden las rencillas», escribió, «nos conocemos desde que éramos tan solo unos niños».
Tengo curiosidad por saber de la vida de todos, pero en especial de Gonzalo, con quien mantuve contacto durante años, pero que de un momento a otro dejó de escribirme; Alberto, que ahora es un actor de moda; Andrea, la chica que siempre me gustó, pero que nunca me hizo caso y de Marianita, con quien tuve una relación secreta e intensa antes de viajar.
Domingo 13 de diciembre de 2015
Con Gonzalo nos saludamos, pero no pudimos conversar porque me evitó toda la noche. Se comportó con cierta distancia con algunos de nosotros. Me sorprendió su actitud porque él solía ser el huelepedos de la clase. Luego me enteré de que ha empezado su carrera política en un partido de derecha que, se rumoreaba, puede ganar las próximas elecciones. Dicen que a partir de eso evita tener contacto con aquellos de la promoción que piensan distinto a él.
Alberto, en cambio, apenas me vio vino a darme un fuerte abrazo. Me sorprendió que me recordase todas las veces que lo defendí cuando los demás lo molestaban. «¿Hasta cuándo te quedas? Tenemos que juntarnos para su respectivo ceviche» me dijo. Su vida era una telenovela. El gordito de la clase que se inscribió en el gimnasio —después de soportar tantos años de bullying—, y cual patito feo que se convierte en cisne, es ahora un famoso y cotizado actor. Todo empezó cuando, para superar su timidez, tomó unas clases de teatro y destacó en un casting.
Andrea seguía estando igual de guapa. No me reconoció. Mientras conversábamos me cambió el nombre un par de veces. Luego, cuando le contaba sobre mi vida, empecé a notar un cambio en su mirada, seguido de un coqueteo, al principio sutil, luego descarado. Me sentí halagado y confundido a la vez. «La huevona quiere largarse del país, le han rechazado la visa más de tres veces, ahora está buscando un gringo para darle agua de calzón», me dijo —muy pasada en tragos— su mejor amiga, horas después.
Con Marianita hablamos mucho en el poco tiempo que tuvimos, no podía quedarse hasta muy tarde. Me contó que está casada, tiene una hija y es socia en el bufete de abogados donde trabaja. Yo le conté sobre mi maestría, que me salió un ojo de la cara; el trabajo, que me hace viajar mucho; y mis —no pocos— tropiezos amorosos. Al despedirla después de un fuerte abrazo, antes de que subiera a su auto, me dijo al oído: «Lo nuestro fue muy especial. Te quise y quiero mucho. Nunca lo olvides». Supe que era verdad, sus ojos no mentían.
Martes 15 de diciembre de 2015
Aún no salgo de mi asombro. No sé si puedo escribirlo.
Miércoles 16 de diciembre de 2015
Hoy quise llamarla, enviarle un texto, no pude. ¿Vale la pena remover el pasado?
Jueves 17 de diciembre de 2015
Tengo rabia.
Viernes 18 de diciembre de 2015
El martes fui a encontrarme con Alberto. Nos citamos en el mismo restaurante donde, diez años atrás, junto a otros amigos del colegio tuvimos nuestro almuerzo de despedida. La tarde se pasó entre recuerdos, cervezas y muchas anécdotas. En un momento noté que dudaba en decirme algo. Cuando por fin lo hizo, no supe qué responder…
Sábado 19 de diciembre de 2015
Mañana sale mi vuelo. Pensé por un momento cambiarlo, pero nada tiene sentido. Creo que lo mejor es dejarlo así. Como si nada hubiese pasado.
Domingo 20 de diciembre de 2015
Estoy sentado en el avión. Me esperan nueve horas de vuelo. Espero que las pastillas me ayuden a dormir. Aún no despegamos. Tengo el diario en las manos. Esta vez tengo que hacerlo, tengo que escribirlo. Cierro los ojos y recuerdo lo que dijo Alberto:
«La noche del reencuentro, después de que nos despedimos, me fui a la barra a tomarme la del estribo mientras esperaba el taxi. En eso vi acercarse a Paty y Pili, tú sabes lo chismosas que eran en el colegio, por eso no sabía si creerles o no lo que escuché»
—Ya se fue Marianita, así que cuéntame —dijo Paty.
—¿Dónde me quedé? —preguntó Pili.
—En la clínica.
—Llegó con una hemorragia que casi no la cuenta. Pudieron salvarle la vida a ella, pero no la del bebé.
—¡Ay que horrible! ¿Cuándo fue eso?
—Calculo que hace diez años. Fue antes de que mi papá se jubilara.
«Tú siempre fuiste pata de Marianita ¿no? Recuerdo que te vi mucho con ella antes de que viajaras. ¿Sabías que estaba embarazada?» me preguntó.
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