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Aniversario

Sale de la ducha. Se seca. Va a su casillero. Saca su mochila negra. Se viste rápidamente. Guarda su toalla envolviendo su suspensor en ella. Saca su vaporizador, le vuelve a dar un par de caladas y se dirige al mostrador. Entrega la llave con la placa setenta y tres, le dan su cuenta y paga con el celular.

Ricardo Flores
16 de marzo de 2026
22 min de lectura
¿Cuántas veces más será necesario volver? Se preguntaba Josué mientras empujaba la puerta de entrada y subía la misma escalera roja de todos los fines de semana. Donde encontraba el mismo mostrador con los mismos muchachos y la misma sonrisa cómplice estampada en sus rostros. —Hola, ¡Feliz aniversario! ¿Te registraste con el QR? Josúe ¿no? —Sí, Josué Rodríguez. El joven del mostrador revisa en la Tablet, le extiende las llaves del Locker y le roza la palma de la mano con las yemas de los dedos, un aroma cotidiano se percibe en el ambiente. Trajiste tus toallas hoy no damos el servicio, lo recordaste. —Sí, mi toalla, mi ropa interior, mis sandalias y mis condones. Sonríe mirándolo a los ojos, el muchacho suelta una carcajada y le dice: —Eres un terrible. Toma las llaves del casillero, se da media vuelta y camina unos pasos, mira de arriba abajo murmura entre dientes—setenta y tres. Se agacha lentamente, las rodillas le crujen, se tambalea y apoya las manos en el piso para no caerse. Se mantiene de cuclillas, pone su mochila delante. Abre el casillero. Deja la mochila dentro, saca la toalla primero y la deja colgada en la puerta del locker. Se incorpora, vuelven a crujir sus rodillas junto a un gesto de molestia en su frente. Se quita el short negro que llevaba puesto y se queda con un suspensor de tiras negras y camuflaje del ejército. Se queda con el culo al aire, había decidido usar el suspensor por primera vez en público. Se muere de vergüenza, pero está decidido a usarlo, un par de Gin-Tonics y toda la vergüenza desaparece, pensaba. Guarda su ropa en la mochila. Saca los condones del bolsillo delantero. Los mete en la parte delantera del suspensor. Coge su vaporizador de THC y le da un par de hits que lo llenan de alegría. Mete todo dentro del casillero se coloca la llave como un brazalete en el brazo derecho y empieza su periplo moviéndose lentamente, arrastrando los pies con las sayonaras marrones que le regalo su hermano en navidad. No le incomoda mostrar sus rollos, ni las cicatrices en sus pies, ni la de su vientre, más bien intenta mantenerse erguido mostrando su espalda prominente. Avanza en dirección al baño, llega al urinario y mientras mea, mira hacia las duchas y observa el panorama. Dos jóvenes con abdómenes de campeonato bajo las duchas de la derecha, frotándose el cuerpo, deslizando sus manos sobre sus miembros. En la ducha del frente un Tio grande, peludo con gesto adusto al que apenas se le pueden ver los testículos. Josué se acerca al lavatorio, se lava las manos, no deja de mirar el pene arqueado de uno de los muchachos y la panza del gordo. Lo excitan las dos cosas, se relame los labios, da la vuelta y se pone en dirección a la cámara seca. Cinco pasos después abre una puerta de madera que empuja con todo su cuerpo, entra y deja que la puerta se cierre detrás de él. Se siente observado, su osadía de usar un suspensor en él sauna le está resultando incomodo, mueve la cabeza de un lado a otro, mira a todos lados y se apoya sobre la pared tapándose el culo, está colorado como respuesta más a la vergüenza que al calor. La primera vez siempre es duro. Pensaba. De pronto se queda mirando fijo, sin pestañar, cómo si quisiera poseer la esencia del chico joven sentado delante suyo. Esta sentado en la parte de arriba, encima de la toalla con las bolas al aire y la mano agitando con ternura su acalorada criatura. Su pecho era lampiño como sus piernas y tenía una ligera panza cervecera. Josué no le sacó los ojos de encima. El chico ni lo miró, siguió en lo suyo, abriendo y cerrando los ojos, disfrutando de exhibirse frente a una sarta de tíos gordos que lo observan lujuriosos. Josué en un delirio intenta tocar al Muchacho, este le saca la mano de encima. Josué, se da media vuelta, abre la puerta y sale en dirección a la cámara de vapor, se siente derrotado en su primer intento, frustrado, le gustaba mucho esa pancita lampiña. Ingresa a la cámara de vapor sin recordar que lleva el suspensor, de alguna manera su primera derrota, lo desenfoca de la vergüenza y reencausa a Josué en el propósito de su fin de semana en él sauna, sabe que tiene recursos para conseguir lo que desea, si no es a un chico lindo, al menos una buena verga, siempre hay alguien que quiere comerse un culo viejo y experimentado pensaba. En la sala de vapor el olor a eucalipto se mezcla con el olor de los sudores de los distintos especímenes que pululan la fauna saunífera, tiene imágenes de cuerpos desenfocados. En el vapor se delinean perfiles etéreos de formas y matices de colores e intensidad diversos. Un conglomerado de carne en medio del vapor, buscando diversión y quisa, porque no, también algo de cariño. Unos minutos después de sufrir los vapores, los humores y empezar a morirse de calor, decide ingresar a la cabina de al lado, empuja la puerta de madera con portillo, dentro el vapor se disipa la temperatura desciende. La sala es más pequeña. Hay una banca que termina donde comienza la ducha. Un par de regaderas. Josué se mete debajo de una de las duchas cuelga su toalla en la del costado y un chorro apretado de agua empieza a caer sobre su espalda. Ésta mostrando el culo, esta vez ya sin ninguna vergüenza. Hay dos individuos sentados en la banca al lado de las duchas se masturban delante de todos los que entran. Josúe los observa desde las duchas, ninguno le resulta atractivo. Sale de la ducha y se coloca enfrente de los dos onanistas. Se queda mirando los movimientos de sus falos rectos y delgados parecen que quieren decir algo. De pronto un muchacho ingresa a la sala. Los dos Onanistas se tapan en el acto. Él muchacho se coloca al costado de Josué. Los onanistas retoman sus actividades grotescas. De pronto el muchacho se descubre, lleva una erección hermosa, luminosa. Voltea la mirada hacia Josué mirándolo con los ojos fijos, sin pestañar, cómo él. Josué se arrodilla sin importarle que vuelvan a crujir sus coyunturas y se precipita a iluminar su garganta. Sale de la sala de vapor frotándose la boca con la mano derecha. Detrás suyo va el muchacho con una toalla tapando sus atributos. Josué avanza hacia las escaleras del segundo piso. Sube haciendo un movimiento raro con la cintura, como si estuviera bailando, moviendo con gracia el culo mientras avanza estirando las piernas velludas. Llegan al descanso y sobre la derecha esta la barra. Tres mesas altas, pequeñas y apiñadas junto a unas bancas altas una al lado de la otra. Todo en blanco. Tres comensales desnudos cubiertos con toallas perlas, cada uno en una mesa diferente, tomando algo, mirando y escuchando el video de Daddy Yankee que suena: “…suavemente, un merenguito dulce para mí, tú me tocas, tú me tocas, tú me tocas, con un toque sobre natural…”. Josué ojea la barra sin darle importancia, mira sobre el hombro a los tipos en las mesas y sigue su paso, el muchacho va detrás. Llegan al final del pasadizo. Una cortina de tiras de cuero negras con muy mal gusto divide en dos el ambiente. Detrás de la cortina de tiras hay un pasadizo horizontal con cubiles de dos por tres metros uno al lado del otro, las puertas negras con vidrios pintados de rojo para que no se pueda ver lo que pasa dentro. Hay dos puertas abiertas las otras tres están cerradas. Josué, entra en la primera que encuentra abierta, el muchacho lo sigue, mira para atrás como si estuviera buscando a alguien se queda así unos segundos y cierra la puerta. * Veinte minutos después de la encerrona, Josué está sentado en la barra tomando un Gin-Tonic, está solo, el muchacho se fue terminando la faena. Se despidieron cómo si no se conocieran. —Buenazo, brother—. Se enroscó la toalla mientras se limpiaba. Le dio la espalda, abrió la puerta y desapareció para siempre, como una sombra blanca que nunca estuvo dentro, pero sí. Josué tomó casi de golpe todo su Gin-Tonic, miró la copa llena de hielo y le pidió al barman que le preparara otro. —¿Tu número de casillero? —preguntó el barman. —Setenta y tres— respondió Josué. Mientras el barman apuntaba los datos en la Tablet. Acto seguido le preparo otro Gin-Tonic y se lo sirvió con una sonrisa en el rostro. Josúe le guiño el ojo y recordó con nostalgia cuatro aniversarios atrás: El Barman estaba solo en el cuarto oscuro. Esperando. Josué ingreso de pronto tambaleándose, a tientas, estirando los brazos hasta que tocó su cabeza y antes de decirse una sola palabra se enlazaron hasta chorrearse de placer entre las piernas. Josué suspiro recordándolo y se volvió a tomar casi de golpe el segundo Gin-Tonic. Se dio la vuelta de espaldas a la barra y empezó a sonreírle a la gente, el barman preparaba su tercer Gin-Tonic. Empezaron a aparecer más personas, todos desfilaban mostrando sus mejores o peores atributos. Los que andan en suspensores, algunos suelen esconder sus pequeñeces en este mundo de elogios a la grandeza, o su impotencia cómo es el caso de Josué, quien, a causa de una prostatectomía Radical, debido a un Cáncer de próstata que tuvo y luego de las treinta cinco sesiones de radioterapia, por un rebrote del mismo cáncer, todo esto acompañado de otras condiciones preexistentes cómo: prediabetes, hipertensión, problemas coronarios (los que le impiden tomar Viagra) y tiroides. Rara vez consigue resucitar a Josuecito y mucho menos cuando más lo necesita, al pobre se le para solo cuando caga o cuando duerme. Nunca cuando le es útil. Vuelve a beberse el tercer Gin-Tonic con la misma velocidad que los otros dos, pero esta vez no vuelve a pedir otro, abandona la barra cruza entre el tumulto de hombres desnudos que están parados entre las mesas, suena un video de Pink: “Right, right, turn off the lights. We gonna lose our minds tonight”. Llega a las escaleras y desciende en dirección a las duchas, se cruza con algunos que suben a la fiesta, Josué no se siente cómodo con la bulla ni con la gente que está arriba se siente muy solo. Va en dirección a su casillero, ahí saca su vaporizador, da un par de caladas que harán su existencia más agradable el resto de la noche. Omite el tour por la cámara seca y se va directo a la sala de vapor, el vapor esta menos denso, la temperatura ha disminuido un poco y se pueden ver los rostros de la gente, se queda parado en el centro unos segundos inhala profundo tose fuerte un par de veces. Se vuelve en dirección a la cámara pequeña dentro de la cámara y encuentra un grupo de gente divirtiéndose. Se queda observando, intenta acercarse a uno y le sacan la mano de una. Se incomoda y abandona la sala de vapor. Empieza a sentirse tonto, viejo y gordo. Ni su éxito temprano le devuelve la seguridad y empieza a cubrirse con la tolla, abandona de pronto su pose de autosuficiencia y vuelve al segundo piso a intentar confundirse con el tumulto. Se encuentra con un muchacho entendido con el que solía jugar, pero ya no le da bola —¿Cómo estás, bebe? —lo saludó tocándole el poto. Josué sonríe y se deja manosear. Se aburre rápido y entra al pasadizo de los encuentros, donde un muchacho parado en una de las puertas abiertas empieza a tocarse ni bien lo ve entrar. Josúe se acerca lo coge de la verga y se lo lleva dentro de la cabina y cierran la puerta. El muchacho abandona la cabina diez minutos después Josué se queda sentado en la camilla. Que mal viaje pensaba. Se paró con el rostro ensombrecido, empezó a caminar en dirección del bar. En el bar se pide una cerveza y se la bebe de pie mirando al barman, tan rápido cómo los Gin-Tonics. Deja la botella sobre la barra, trastabilla al empezar a caminar y baja las escaleras. Va directo a las duchas. Se lava bajo el flujo de agua fría que desciende por su cuerpo, se siente vacío, tonto, se refriega como intentando apagar un fuego interno intenso que no mengua con nada es irrefrenable y le palpita desde el ano. Sale de la ducha. Se seca. Va a su casillero. Saca su mochila negra. Se viste rápidamente. Guarda su toalla envolviendo su suspensor en ella. Saca su vaporizador, le vuelve a dar un par de caladas y se dirige al mostrador. Entrega la llave con la placa setenta y tres, le dan su cuenta y paga con el celular. Baja las escaleras rojas, aprieta el botón para abrir la puerta y sale a la calle. Una vez afuera pide un taxi por aplicativo y mientras tanto se vuelve a preguntar ¿Cuantas veces más será necesario volver?

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