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Abdúceme que soy realidad (Capítulo 6)

Amigo Wilson, soy Kenneth. Pertenezco a un grupo de contacto con los seres de Orión. Ellos son nuestros hermanos mayores. Nos cuidan desde años atrás, amigo Wilson. Ellos construyeron Kotosh, por ejemplo. Tome, aquí está la medicina que lo salvará a usted y su familia.

David Vidal
10 de agosto de 2026
18 min de lectura
Me quedé en silencio un momento. Ya no escuchaba la palabra VERDAD, pero los ojos de aquel desconocido me gritaban, en silencio, que nada de lo que había salido de su boca era mentira. —Me…¿me puede contar esa historia?—mi garganta estaba seca. La delgada voz con la que solicité escuchar sus historias fue temerosa y débil. El desconocido miró al vacío. Luego de un par de largos segundos se volvió hacia mí. —Sí, estimado. Pero tiene que escuchar, no como los otros periodistas que solo se ríen de nosotros, como si fuéramos locos… Asentí repetidas veces. —Sígame. Camino a la salida vi un gran tumulto de personas hacia el final del pasillo. Estaban amontonadas, gritando más que preguntando. Nos bloqueaban el paso, como si nos condenaran de ser confabuladores de la sentencia de Kenneth por solo haber estado en la sala. Mis acompañantes se escabulleron con pericia, y yo los seguí. En nuestra salida pude escuchar algunas declaraciones del fiscal Wenceslao que, orgulloso, se había plantado en medio de muchos micrófonos, cámaras y celulares. —Sí…estamos satisfechos de la sentencia en contra de Kenneth Villanueva, era lo que esperábamos por parte del colegiado… —¡FRAUDE! ¡Este juicio es un fraude! ¡¿Y cómo explica la radiación de la camioneta?!—Se escuchaba. No pude identificar quiénes lo decían. Los gritos venían de todos lados. El fiscal viró el rostro y cruzamos miradas por unos instantes. —¡¿Y la transmisión en facebook?! —¡No quieren que se sepa la verdad! —¡MOVNI PRESENTE! Wenceslao trataba de mantener el rostro imperturbable, pero pude notar sus mandíbulas tensionadas y una ligera arruga en el entrecejo. —Habiéndose declarado su contumacia esperamos que su captura lo esclarezca todo. Él se ha fugado de la justicia peruana, se ha…. —¡Fiscal vendido! —¡Kenneth es inocente! No pude escuchar más a Wenceslao. Cuando salimos del tumulto nos detuvimos. Al frente estaba la Plaza de Armas y alrededor de ella, más al fondo, en cada rincón, como imponentes escoltas se notaban los tres inmensos cerros: Rondos, Paucarbamba y, por supuesto, Marabamba. El compadre se despidió con una leve sonrisa y caminó en dirección hacia la catedral. —Ah, verdacito, mi nombre es Wilson Chávez. Mi Ballat está por allacito, por la municipalidad. Vamos pues, para la iglesia, para que conozca nuestros testimonios—hizo una pausa y me miró a los ojos—. Estimado, nosotros sabemos que el Kenneth está allá arriba, con los hermanos mayores— y señaló hacia el cielo. Mientras atravesábamos la plaza de Armas me preguntaba qué significaba Ballat. Me imaginé que quizás era un taxi con alguna particularidad, o una bicicleta motorizada. Tal vez un OVNI, y me reí para mis adentros. Llegamos al óvalo y esa fue la primera vez que observé la pileta con detenimiento. Podría haber jurado que era la misma de aquella foto de 1934. Sin embargo, esta vez no había un OVNI en los cielos: había muchos, decenas, esparcidos alrededor de los bolardos de la plaza. Eran pequeños platillos voladores, pero con plumas adosadas a la cúpula superior y colores rimbombantes. Una mezcla entre sombreros y OVNIs, con pequeñas ventanas en el borde del disco central. —A diez solcitos caserito. A diez solcitos nomás… Me agaché a ver uno de los platillos de cerca. —¿Qué son? —Son los OVNIs pues, caserito. Pero adornados como los sombreros de los Negritos de Huánuco. Está baratito, llévese uno casero, que al toque se venden. Miré a mi alrededor. Todos los ambulantes estaban repletos de esos peculiares y coloridos OVNIs. Había también pequeños marcianitos verdes de ojos grandes, y otros grises. —Compre caserito, que ya se agotan. Compre, que está en Huánuco, la tierra de los OVNIs… Algunos turistas se acercaban, con mochilas en las espaldas. En el corto tiempo que me entretuve con los ambulantes vi que tres compraron los sombreros espaciales con una sonrisa en el rostro, mientras seguían a un hombre que gritaba a viva voz que conocía la ruta de los OVNIs. —Amigo, por aquí—me dijo Wilson. Antes de irme me compré un sombrero espacial y un alienígena gris. Cuando terminamos de atravesar la plaza nos detuvimos frente a la municipalidad. Al frente varios mototaxis se encontraban estacionados, algunos con sus conductores y otros sin ellos. —Por aquicito amigo, ese de allí es mi ballat. Tengo que admitir que me decepcioné un poco al descubrir que ballat era un neologismo huanuqueño para mototaxi. Sin embargo, me subí ansioso, esperanzado en que me llevara a descubrir esas historias que, tal vez, terminarían por demostrarme de una vez por todas que ellos sí existen. Y que existía una manera de contactarlos. *** —Yo no sabía nada acerca del Kenneth. Yo soy taxista, tengo mi ballat hace años, y en pandemia la desgracia…la desgracia llegó a mi familia. La segunda ola del COVID golpeó con fuerza. Durante los primeros días del 2021, mientras los médicos veían con consternación un incremento exponencial de infectados y fallecidos, detrás de los números, en cada vivienda, cada familia hacía lo que podía para no convertirse en parte de la estadística. Entre esas familias se encontraba Wilson Chávez, su esposa Felicia y su hijo Brayan. Ellos sabían del peligro, pero lo duro de la situación los conminaba a salir a diario y enfrentar a ese enemigo invisible. —Huánuco es tranquilo, pero feliz. Esos días, cuando llegó la segunda ola, se podían escuchar gritos, a la gente llorar, hasta maldecir. Huánuco…mi tierra parecía otra ciudad…y yo y mi esposa lo sabíamos porque salíamos a trabajar… El 4 de enero los estornudos de Felicia rompieron el silencio de esa mañana. Amaneció con dolor de cabeza y un picor extraño en la garganta. Ese día Wilson fue al mercado a hacer las compras y preparó el almuerzo. Felicia probó un poco de caldo verde y le reclamó por ser tan mal cocinero. Le falta sal, le exclamó. Wilson le añadió sal. Felicia seguía insistiendo en que le había colocado la cantidad insuficiente. Pese al dolor de cabeza se levantó de la cama, caminó hacia la cocina y añadió a la olla varias cucharadas de sal, mientras la espolvoreaba. Probó una vez más. —Allí es que ella se da cuenta…se da cuenta que no sentía los sabores—Wilson hizo una pausa. Suspiró—. Lo primero que hizo fue pensar en nuestro hijito. De frente, me acuerdo, me dijo que lleve al Brayan donde mi mamita. Allí estará a salvo, dijo Felicia. Protege al niño, no vaya ser que le contagiemos algo. Wilson obedeció. Al día siguiente Felicia amaneció con dolor en las articulaciones. La fiebre la cocía por dentro; sus diálogos eran cada vez más cortos hasta que sus respuestas llegaron a convertirse en meros monosílabos. Su respiración empezó a acelerarse, como si estuviera agitada. Wilson buscó ayuda y, recomendado por sus vecinos de toda la vida, fue a comprar hojas de matico, achiote, mocura, eucalipto y hasta hierba luisa. Hizo un menjunje hirviente con todos ellos, se persignó y rogó para sus adentros que fuera efectivo. Llevó la olla al cuarto e hizo que Felicia inhalara. Aspira, Felicia. Aspira, hasta el fondo, mamita… Sin embargo, Felicia no mejoraba. —Sé que me demoré, pero es que me daba miedo ir al hospital. Se decía que en allí a la gente se les mataba…que los médicos mataban a los más enfermos, o a los más pobres, a los que no podíamos pagar lo que pedían… Afuera del hospital Hermilio Valdizán las colas de personas evidenciaban lo que a diario se registraba en cifras. Cuando Wilson preguntó por camas, un médico lo miró con indiferencia. Fórmate en la cola con los demás, le dijo. Wilson regresó decepcionado y preguntó a cada vecino de la zona por ayuda. Una de ellos, la señora Rosalinda, le ofreció un balón de oxígeno vacío. Ella misma le dijo que conocía a una enfermera que podía ayudarlo a armar una estación UCI en casa, pero a un costo elevado. No importaba, Wilson estaba más que dispuesto a gastar todo de lo poco que tenía. —El balón pesaba harto. Todavía me acuerdo, buischa como pesaba, lo teníamos que rodar. Me ayudaba el esposo de la señora Rosalinda, diosito los bendiga. Fuimos en mi ballat a llenar el balón de oxígeno. Lo pusimos en el asiento trasero, en diagonal, porque no entraba. Tenía miedo que se volteara… Manejó hasta la avenida Túpac Amaru, en el distrito de Amarilis, para recargar el balón. Era el único lugar en toda la ciudad en donde podía hacerlo. Por suerte no quedaba muy lejos, pues durante el recorrido sentía, tramo a tramo, que el balón cobraba vida, bamboléandose, haciendo temblar el mototaxi y, en especial, a Wilson. La estatua despintada de un cóndor con las alas abiertas le anunció que ya había llegado. La sensación de éxito duró poco, pues al costado de los sardineles amarillos del parque, pegados unos tras otros, una cola de balones de oxígeno se encargó de borrarle todo resquicio de esperanza. No tuvo otra opción que esperar hasta que llegara su turno. Cuando regresó a casa habían pasado casi 6 horas y ya era de noche. La enfermera ya se encontraba con Felicia. La mamá de Wilson se había encargado de abrirle la puerta. Ni bien llegó el balón de oxígeno la enfermera armó la estación UCI con fría destreza. Al balón le colocó una válvula reguladora, luego le acopló un vaso humidificador. El oxígeno atravesaba el agua burbujeando y llegaba a través de una mascarilla con reservorio a la nariz y boca de Felicia. El pulsioxímetro en su dedo marcaba 84. Necesita otro balón, amigo. Ahora mismo debería de partir e ir recargando otro, porque este se va a acabar en 12 horas, le dijo la enfermera. A Wilson le sorprendió ese dato. No conocía a nadie más con un balón de oxígeno. Yo le puedo pasar el contacto de alguien que tiene, pero le va a costar, le sugirió la enfermera. —No me importó. Yo…yo me gasté todos mis ahorritos—Wilson hizo una pausa. Sus ojos estaban húmedos.—Y no lo había dicho, pero yo tampoco reconocía olores. Yo también estaba mal, pero solo me dolía la cabeza. No quería confesarlo, no quería que mi Felicia se preocupara. No tenía tiempo para estar enfermo. Yo…yo soy fuerte, estimado. Cargué bolsas de papas en el campo, he hecho de todo, y no dije nadita, pero en el fondo tenía miedo… La nueva rutina de Wilson consistía en ir a recargar oxígeno, mientras la enfermera vigilaba a Felicia. Cada vez que llegaba, rodando el balón, tenía la esperanza de que el pulsioxímetro marcara otra cifra. Pero no. Seguía disminuyendo, hasta que llegó a 82. Wilson iba presentando más síntomas: tenía fiebre y el dolor de cabeza era un escollo que hacía insufribles a las colas diarias para recargar oxígeno. —Justito por esos días me llega un rumor. Cuando estaba esperando para recargar el balón escucho que los que estaban en mi delante hablaban de un profeta que iba a la Plaza de Armas todos los días por la mañana a repartir medicina gratis. Wilson escuchó esa noticia y preguntó si ya habían casos de éxito. Si varios se habían curado con tal fórmula. Para su sorpresa, los de la fila asintieron. Mi vecino dice que se curó, comentó uno. Mi tío también, dijo otro. ¿Entonces por qué están haciendo la cola?, preguntó Wilson. Tengo dudas, amigo. La prensa dice que es mentira, y la enfermera que trata a mi mamita me dice lo mismo… Cuando llegó ese día con el balón cargado colocó su despertador a las 3 de la mañana. No iba a perderse la oportunidad de conocer a ese profeta. Sin embargo, la alarma no fue necesaria: toda la noche investigó y leyó testimonios en facebook de ese tal Kenneth, el profeta de los orionitas, un grupo religioso que afirmaba estar en contacto con seres de otro planeta. Este último dato no espantó a Wilson, todo lo contrario, pues era un ferviente creyente en los OVNIs, a los que había visto en algunas ocasiones durante sus viajes nocturnos. —Llegué a la plaza a las 4 de la mañana. Ya había una cola de gente, y decían que el profeta llegaba a las 6 en puntito y comenzaba a repartir la medicina. Los paisanos eran de todititas las edades. Había viejitos, y también jovencitos, todos a la espera del Kenneth y los orionitas. Llegaron puntuales. Muchos se emocionaron y aplaudieron, otros gritaban vítores. Salvador, le decían unos, profeta, le decían otros. Kenneth iba vestido con camisa blanca y jeans azules. En esos años tenía la contextura delgada, aunque el pelo ensortijado y la barba perfilada le daban un aire casi mesiánico. Iba sin mascarilla, solo con un gorro que decía MOVNI. Se detuvo en la pileta y cruzó las manos frente a su pecho, formando una X. Esa era la señal. La cola empezó a avanzar. Wilson lo miraba, cada vez más cerca. Kenneth no era muy alto, pero algo dentro de él, algo inexplicable agigantaba su presencia. Cuando lo tuvo al frente, Kenneth le sonrió y, sin respetar el distanciamiento social, le dio un fraternal abrazo. Amigo, ¿cuál es tu nombre? Wil…Wilson, señor. Amigo Wilson, soy Kenneth. Pertenezco a un grupo de contacto con los seres de Orión. Ellos son nuestros hermanos mayores. Nos cuidan desde años atrás, amigo Wilson. Ellos construyeron Kotosh, por ejemplo. Tome, aquí está la medicina que lo salvará a usted y su familia. Wilson lloró movido por la inercia de esas últimas palabras. Era como si le hubiera leído la mente. Kenneth le dio una botella grande de color oscuro, con una etiqueta de MOVNI y un instructivo de uso. Aparte le regaló dos botellitas de ivermectina. Cuando llegó a su casa abrió el contenido de la botella. El líquido era de un amarillo verdoso, similar a la orina. Lo mezcló con agua y un poco de ivermectina a través de una jeringa. Cuando lo tomó no sintió nada, su sabor era similar al del agua. En unos minutos empezó a sentirse mejor, y con esa esperanza fue a darle una dosis de esa medicina a Felicia. —Me fui a recargar de nuevo el balón y, pese a no haber dormido nadita, me sentía bien. No…no sé cómo explicarlo, amigo. Me sentía renovado, como nuevo. Esa noche tomamos otra dosis y me fui a dormir temprano. Al día siguiente Wilson se levantó y lo primero que notó fue que su cabeza ya no le punzaba tanto. Tomó otra dosis de la supuesta medicina de Kenneth y notó cierto sabor agrio, similar al de una piscina con cloro. Con temor midió su saturación y estaba en 93. Suspiró, aliviado. Había tenido pánico de registrar su saturación durante esos días y era la primera vez que lo hacía. Felicia pareció recuperarse, pero su saturación solo subió hasta 84. Wilson continuó administrándole el mágico medicamento. Sin embargo, veía con horror que mientras él recuperaba su sentido del olfato y dejaba atrás a ese insoportable dolor de cabeza, la saturación de Felicia no subía más allá de 84. Wilson dio un largo suspiro. Me miró directo a los ojos. Solo cayó una lágrima y no habló hasta que esta se perdió detrás de su mandíbula. —Nadies sabe como es perder a tu esposa. Solo yo y unos cuantos vecinos. Lo normal es que el hombre parta primero. Así el hijo se siente tranquilo, porque, seamos sinceros, el hijo prefiere siempre a la mamita. Pero…pero un día, un día ella me habló— otra lágrima cayó.—Me dijo cuida al brayancito. Ay papito, qué tristeza. Yo creía que se había recuperado, pero no. Ese día, más tardecito, sus ojos…—sollozó, y yo con él.—sus ojitos ya no volvieron a abrirse. Hubo un silencio. Me limpié las lágrimas con la manga de mi camisa y él hizo lo mismo con la suya. —Si tan solo, amigo, si tan solo le hubiera dado la medicina más antes a mi Felicia ella estaría aquí. Para prevenir le dije a mi mamita que vaya a la plaza a recibir la medicina también y le dé a mi Brayancito. Así lo hizo y no les dio COVID. Nadita, sanitos estuvieron. Hasta ahora siguen sanos. Lo miré y esperé unos instantes antes de hablar. No quería interrumpir su relato. —¿Y así se hizo orionita? Me sonrió. —Así es, amigo. Así es… Y yo también le sonreí.

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