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Poeta fracasado
Como fue considerado en su momento una promesa, Óscar se niega a avanzar y prefiere alimentar el mito del poeta callejero incomprendido, al amparo de su héroe, el escritor modernista José Asunción Silva, quien llevó una vida trágica y murió por mano propia de un disparo en el corazón a la edad de 30 años.
Pedro Casusol
30 de julio de 2026
5 min de lectura
Recién pude ponerle pausa al mundo y sentarme a ver, el sábado, la película colombiana “Un poeta”, ganadora del Premio del Jurado de Un Certain Regard en Cannes. Para uno, que tiene cierta fijación por la figura del poeta como ese ser que cumple con la función de visionario o profeta en las sociedades modernas, el nuevo filme de Simón Mesa Soto generaba expectativa. Podríamos pasar horas discutiendo de si se trata de una sátira del cliché del “artista atormentado”, una burla al ecosistema del arte y las élites culturales, o una dura crítica a la situación del artista en el capitalismo tardío.
Óscar Restrepo es un hombre de edad madura, desempleado y alcohólico, que vive de la pensión de su anciana madre, atrapado en la ilusión de un pasado de juventud donde ganó un premio y dio al mundo un par de colecciones de poemas que ya nadie recuerda. Como fue considerado en su momento una promesa, Óscar se niega a avanzar y prefiere alimentar el mito del poeta callejero incomprendido, al amparo de su héroe, el escritor modernista José Asunción Silva, quien llevó una vida trágica y murió por mano propia de un disparo en el corazón a la edad de 30 años.
Desde el arranque, el filme se centra en la humillación silenciosa del fracaso. Asistimos a sus delirios alcohólicos: le grita a la noche algunos de los mejores versos de su ídolo y se emborracha en la calle hasta despertar a la mañana siguiente, avergonzado, a pleno sol. Su tragedia es sentirse poeta, aunque escribir parece algo que ha dejado atrás. Óscar utiliza la carta del poeta como una forma de justificar su rechazo a enfrentar la realidad. “Yo soy poeta”, dice. “Usted es un desempleado”, le responde su hermana.
El conflicto principal se dispara cuando el letraherido se ve en la situación de aceptar un puesto de profesor de secundaria, motivado principalmente por la esperanza de ahorrar y poder pagar la carrera universitaria de su hija adolescente. Óscar considera el colegio como una institución inferior a su estatus de poeta, pero es ahí donde conoce a Yurlady, una estudiante capaz de componer versos bellísimos. No sin cierto egoísmo, el profesor se proyecta: asume el rol de mentor autodesignado, cuando en realidad lo que busca es redimir su propia carrera a través del talento ajeno; es su última oportunidad.
Lejos de ser un monstruo, Óscar Restrepo constituye la fragilidad humana; es una suerte de bicho kafkiano. Eso es algo que logra con creces la película, en buena medida, gracias a Ubeimar Ríos, un profesor de escuela sin experiencia en la actuación profesional. Es él quien le da rostro, caja toráxica y gestualidad a nuestro poeta, así como una nobleza y dignidad genuinas. Mucho de lo que se ha destacado de la película de Simón Mesa Soto es la estética cruda, rugosa y muy natural, de cámara en mano, estilo documental, lejos de los estándares pulidos del cine de Hollywood.
Pese a que la obra encierra una burla directa a la pose del artista sufrido y a la hipocresía de las instituciones artísticas y culturales —hay una escena muy simbólica en donde dos autores comparan sus miembros viriles—, creo que el verdadero tema de la película es la identidad. Yurlady le regala a Óscar la lección más dura pero también la más liberadora de toda esta historia: una existencia sencilla y tranquila puede tener mucho más sentido que una carrera artística cimentada en el sufrimiento. Solo tras despojarse de esa coraza emocional y descolgar el retrato de su ídolo trágico, Óscar se permitirá ser vulnerable y escribir, por primera vez, un poema feliz.
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