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Pequeña, herida y miserable

  • pedrocasusol
  • 13 mar
  • 4 Min. de lectura

Escribe: Thalía Correa


-Mamá, no creo que este pantalón me quede. ¿Puedes traerme una talla más grande?


-¿Grande? Ese que te pase es 28, ¿cómo que más grande?


-Se ve pequeño, pero lo intentaré.


-Será mejor que le pongas mantequilla entonces. Me avisas, estaré viendo vestidos.


No me quedaría, el último mes había subido tres kilos. Empecé a usar ropa holgada para que no se diera cuenta. Conjuntos deportivos en negro, gris y azul, me sentía segura con ellos. Además, ella se la pasaba muy ocupada con su trabajo, no lo iba a notar tan rápido. Solo nos veíamos en las mañanas para desayunar antes de irme a la universidad. Me faltan tres años para terminar psicología. Odio la carrera, pero ser pastelera no es opción para ella. Así que mamá me escogió una “buena carrera”.


En momentos como este me gustaría tener un hermano o hermana en quien apoyarme, pero no en esta vida. Solo somos ella y yo. Mientras crecía me daba cuenta porqué papá nos había dejado. Yo también lo hubiese hecho. La carrera militar de mamá no solo la había hecho fuerte, y desposta, sino que le había quitado la oportunidad de ser empática, ni siquiera lo era con su familia.


Agarre el pantalón y ya en el probador, me voy mirando en el espejo, tampoco es tan grave. Mi peso actual es de 66 kg, mido 1.66 mt, o sea estoy rayando el límite de lo adecuado. Respiro. A veces me gustaría haber nacido hombre, así sería fuerte como mamá quiere, y no tendría problemas a la hora de comer. Hay menos restricciones y más poder, definitivamente. Tengo ojeras, estoy tan pálida como Gasparín, y si tomamos en consideración mi largo cabello negro y rizado me parezco cada vez más a la Llorona. No es que sea fea, pero en mi rostro llevo impreso todo el estrés y cansancio que tengo.


Me hago una cola, me vuelvo a mirar, me pongo de lado, de espalda, de frente. Puede que me quede el pantalón, con un poco de fe. Me quito el buzo, no me gusta lo que veo, empiezo a probarme el pantalón. Sube, sube, perfecto. Pasó las caderas. Respiro. El cierre no colabora, mi paciencia tampoco. Empieza a sudar, hace calor y detesto sentir la tela nueva en mi piel. No cierra.


-Quiero verte, sal.


Espero unos minutos antes de salir, buscando una solución rápida. Salgo ansiosa y con el pantalón en mano.


-Amo este pantalón. El blanco me va muy bien. Me lo llevo.


-¿Por qué no me mostraste como te quedaba? Quería verte. Te pregunté y no contestaste.


-¿Si? No te escuche. Pero tranqui, ya te muestro en casa. Lo voy a combinar con el chaleco gris y las botas blancas que nunca he usado. Necesito accesorios también. Vamos.


Empezó a revisar su teléfono mientras escogí todos los accesorios plateados que pude. Detesto venir al centro comercial con ella. Siempre es incómodo y hoy no era la excepción.


-Ma, ¿Podemos comer un postre al salir de aquí? He visto unos que son bajos en calorías.


-¿Con café?


-Sí.


-Solo piensas en comer. Sabía que me dirías algo así, pero no te preocupes. Toma, te traje una manzana y también tengo almendras.


La agarré con una sonrisa, mientras mordía la manzana se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no iba a llorar. No hoy. Ya iba a ser nuestro turno para pagar. Empecé a pellizcar mi pierna derecha para concentrar mi dolor en otra parte. Quería llegar a mi cuarto, quería romper cosas y lo más importante quería desaparecer de su vida. Pagamos y regresamos en silencio como de costumbre.


Me alisté para dormir, le di las buenas noches y me encerré en mi cuarto. Escribo y dibujo mis emociones en un diario desde que tengo memoria. Nadie sabe tanto de mí como él. Garabatear en hojas blancas es algo que me tranquiliza, pero no cura mis heridas, ni me quita lo miserable y pequeña que me siento todos los días.


A la mañana siguiente me preparaba un sándwich mientras ella entraba a la cocina, me dijo:


-¿Por qué no te has peinado?


-Ahorita que termine de hacerme el sándwich me peino.


-Contigo la comida siempre es primero. No pensarás ponerle otro pan, ¿no? Dame la bolsa.


-No, pero me falta una rebanada más.


-Olvídalo. ¿Quieres rodar? Dame la bolsa ya con eso tienes ¿o cuantos sándwiches pretendes comer?


-Uno, pero me falta la rebanada de arriba.


Por fin se dignó a ver que solo tenía una rebanada de pan y me dio la otra rebanada. Por un momento pensé que no volvería a comer sándwich, o por lo menos no en casa. De ahora en adelante me correspondía comer un solo pan. Estaba procesando la información. Ella sí que sabe cómo arruinar mi día.


-Disculpa, pensé que querías hacer un sándwich con tres panes. Igual debes comer primero la fruta, ya después comes el sándwich. En la nevera hay papaya picada. Deberías agradecerme a mí y a la escuela naval que no seas una bolita de grasa, porque si fuese por ti… No quiero ni pensarlo. He pensado en poner un candado a la nevera, porque el queso se está acabando muy rápido. Tampoco puedo ser guardiana de la nevera.


-Gracias, pero sabes, ya no tengo hambre. Hoy no voy a desayunar. Me tienes reventada con el tema de la comida que, si me das que, si no, estoy cansada de depender de tu estado de ánimo para comer. Te puedes quedar con el sándwich ya no lo quiero. Pon toda la seguridad que consideres necesaria, de igual forma no volveré a tocar la cocina. Gracias por preocuparte por mi peso, y por destruirme por dentro. - Grité y por fin me sentí valiente, y aliviada. No podía creer lo que estaba pasando.


Fui al cuarto a definirme los rulos. Detestaba verme al espejo, pero ese día no fue así. Vi a una muchacha fuerte, alguien nuevo que era capaz de defenderse de su propia madre. Ese día en la universidad me comí dos hamburguesas con papas y bebidas. Comí lento, disfrutando cada mordisco y sonreía mientras recordaba a mamá.



 
 
 

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